Por J. Jesús López García

Varias personas tienen conocimiento que de modo ortodoxo, la arquitectura antigua propiamente dicha y en términos muy generales, es la anterior a la Edad Media, y por ello se menciona ya que utilizamos este adjetivo calificativo a los elementos arquitectónicos ejecutados en épocas anteriores al fin del siglo XIX, que en el caso particular de Aguascalientes, se caracterizó por mostrar amplias referencias a la industria moderna, tal el caso de la utilización del acero, del concreto, del vidrio e incluso del ladrillo.
Por lo anterior expuesto, podemos afirmar que aquello que nos parece vetusto en la arquitectura aguascalentense -aunque bastante de ello realmente es de ya muy entrado el siglo XX, baste mencionar que la mayoría de la obra de Refugio Reyes tiene esta peculiaridad-, muestra rasgos muy característicos: paños alineados al paramento, vanos verticales, muros anchos de adobe o de piedra, la presencia de jambas y dinteles pautando rítmicamente la composición, y la presencia de patios y zaguanes, que en un sinfín de ocasiones, son sólo el esbozo de ello.
En apariencia la radicalidad de la arquitectura moderna, con sus materiales y formas -desprendidas del empleo de los mismos-, con maneras de organización espacial abiertas al exterior y la amplitud de los espacios, es opuesta a la introspección casi natural de la arquitectura del pasado. Afortunadamente los espléndidos edificios si bien expresan en sus características aquello que constituyen o lo establecido por la época de su fábrica, son también atemporales y la excelsa propuesta moderna tiene en esa bondad su mejor carta para entablar un diálogo con vecinos añejos y al tiempo manifestar lo mejor de la época.
Existen ejemplos sublimes de esa articulación moderna del tiempo de la arquitectura con un contexto comprometido, tal es el caso del Centro Nacional de Arte y Cultura Georges Pompidou (1977) por los arquitectos Renzo Piano y Richard Rogers, conjunto cuya estructura y sistemas de instalaciones son plenamente visibles, mostrando las «entrañas» del edificio en un lugar donde se manifiestan fincas del viejo París; hay otros que gracias a su acoplamiento como icono al sitio, terminan siendo un referente por derecho propio, como la Torre Eiffel en la misma ciudad, no obstante los clamores de su tiempo por parte de varios parisinos connotados, fueron en el sentido de «echarla abajo» inmediatamente.
Existen también intervenciones precisas de la arquitectura moderna en estructuras anteriores, como ejemplo podemos citar la Maison de Verre (1928-1932) por Charles Chereau, ampliación de una casa decimonónica que terminó por otorgarle una originalidad que de forma paradójica, en su inicio no tenía. Es innegable que la arquitectura, simplemente no puede dejar de expresar su momento, y a la vez el instante no puede prescindir de la arquitectura, que incluso operando en viejos inmuebles o sitios ya consolidados habrá de caracterizarle.
Uno de los edificios modernos mejor logrados en nuestra ciudad, involucrando la presencia adyacente de obras pretéritas en Aguascalientes es el original Edificio Polivalente, en el bloque donde ahora se dispone el Museo Nacional de la Muerte de la Universidad Autónoma de Aguascalientes, a un costado del templo de San Diego, vetusto convento franciscano de dos patios, cuya fábrica se remonta hasta el siglo XVII, uno de los inmuebles aún en pie más tradicionales de la metrópoli acalitana.
La obra está ubicada al cierre posterior del segundo claustro y es un edificio de concreto armado con losas reticuladas que van organizando de manera ascendente en un gran contenedor de forma cúbica, dinámicos espacios con alturas sencilla, doble y triple, permitiendo a través de los amplios ventanales una atrayente vista del patio, donde se aparece la masa del Camarín de la Virgen -fines del siglo XVIII- y los barrocos vanos mixtilíneos de la sacristía del templo de San Diego.
Por el lado exterior, sobre la plazoleta que da a la calle General Álvaro Obregón, la composición del edificio de concreto y vidrio es incuestionablemente moderna, que al compartir paño con el Camarín resulta una propuesta más deferente con su ilustre vecino, que el resto de su contexto -mucho de él, incluso más viejo-, pero sin perder en nada, su calidad de actualidad.
De la autoría del arquitecto Javier Sánchez Alfaro, es un referente a la arquitectura moderna en contextos históricos y también a la arquitectura moderna local en su totalidad. Edificio mesurado, bien compuesto, proyectado y construido, muestra el rigor y disciplina de su creador.
La honestidad del edificio con sus funciones -pues ha mostrado a lo largo de treinta y nueve años, su versatilidad-, los materiales, la composición, el contexto y el tiempo, es muestra clara de lo que una verdadera integración arquitectónica con su entorno debe ser. Sin concesiones a nostalgias dudosas, sin sobre-elaboradas referencias o interpretaciones rebuscadas de episodios arquitectónicos lejanos, el edificio posee una sencillez, que lo mismo es fiel a su tiempo y a su contexto, respetando a ambos sin perder su originalidad y entronizándose como testimonio de la forma de ser y de pensar de la sociedad que lo produjo.