Por J. Jesús López García 

Es indudable que la arquitectura y el resto de las artes nacieron como respuesta a una serie de necesidades prácticas, intelectuales y espirituales; en ocasiones esos menesteres sucedían de modo simple y en la mayoría de las ocasiones se mostraban combinadamente. Es conveniente mencionar que en su definición inicial la palabra arte designaba a todo quehacer humano que conjuntase medios materiales, conocimientos y habilidad técnica para producir algún artificio u objeto que solucionase un requerimiento. Las artes eran pues las propias de los constructores, los herreros, carpinteros, panaderos, orfebres, alfareros y en fin, prácticamente cualquier actividad que produjese un bien.

Por otra parte, las llamadas «bellas artes» son una categoría que gestada en el siglo XVIII, buscó enaltecer en esa clasificación las disciplinas proclives a producir deleite puro a través de la sofisticación de sus recursos intelectuales. No es que anteriormente no se produjesen de esta forma, sin embargo es de suponer que con la industrialización y la mejora paulatina en los niveles de satisfacción en la cobertura de las necesidades básicas de la población llana, las élites -entre ellas una naciente burguesía fortalecida-, pudiesen acceder a objetos que no poseyesen como principal enfoque un fin práctico, esto es: la quintaesencia del lujo, colocando con ello al arte en un pedestal inusitado llevándolo a ser concebido como suntuario.

El panorama así y buscando llevar al arte a las concepciones originales de las que surgió para volver a democratizarlo, a fines del siglo XIX iniciaron una sucesión de tendencias con el propósito de hermanar a las artes y los oficios tradicionales con los recientes procedimientos industriales. El movimiento Arts & Crafts o Artes y Oficios, fue el más icónico de los esfuerzos por reconciliar pasado y presente para armar vías futuras y al tiempo regresar al arte a su estado original, donde el proceso era tan importante como el objeto producido, rescatando su valor comunitario y haciéndolo asequible a toda la sociedad.

Después de éste surgieron otros tantos más en ese espíritu; las «vanguardias» tenían un aire de militancia y buscaron a través de sus trabajos y su línea intelectual, no una conciliación sino una ruptura del presente con lo que existió jamás. De esta manera aquellos movimientos sociales y políticos que abogaban por una revolución encontraron en esa neutralidad exenta de formas pasadas, un asidero funcional y estético de alguna manera «desinfectado» de todo mal pasado. Esa radicalidad conceptual originó el Movimiento Moderno, respaldado por una industrialización que más que por las cargas económicas y políticas, se buscaba por su aire de experimentación.

De esas corrientes por venir puede verse el asentamiento finalmente de la radicalidad de las primeras propuestas de los ismos abstracto-figurativos -como los denomina Bruno Zevi-: de la estridencia del Futurismo italiano, la utopía tecnificada del Constructivismo ruso o la emocionalidad del Expresionismo alemán, finalmente surgieron tendencias que consolidaron concepciones y las hicieron posibles y duplicables. La Bauhaus y otras tantas escuelas de arquitectura y diseño comenzaron a levantar una estructura más fuerte, sobre la cual soportar los conceptos de esa radicalidad que les dio inicio, pero ésta vez, perfectamente bien hilvanados al tejido social, económico e intelectual de su momento y lugar.

Ya para la posguerra en los años cincuenta, esas tendencias de ruptura se aclimataban como las propuestas del momento, consolidándose como parte de una nueva tradición, misma que una vez ganado su lugar entre otras tantas tradiciones -incluso como la dominante en muchos casos, por la relativa sencillez de sus procesos de fábrica-, dejó de tener el cariz de confrontación y rompimiento y comenzó a establecerse en la normalidad arquitectónica de las ciudades contemporáneas.

En nuestra ciudad aguascalentense, en los años cuarenta comenzaron a surgir algunos modelos modernos; baste citar el excelso edificio del Sindicato Ferrocarrilero, y es hasta las décadas de los sesenta y setenta cuando esa arquitectura moderna finalmente se constituyó como parte de nuestra tradición constructiva. Varios profesionales cultivaron esos repertorios formales y tectónicos, ayudados probablemente por una difusión más amplia en medios de comunicación que daba cuenta de tendencias similares a lo largo y ancho del mundo.

Uno de esos arquitectos fue Jaime Rubén González Blanco quien dejó su impronta en múltiples instituciones tales como el Colegio de Arquitectos de Aguascalientes como uno de sus miembros fundadores; la Universidad Autónoma de Aguascalientes como docente en la carrera de Arquitectura y por supuesto en su práctica profesional cuyo inicio data de 1965. La nota aparecida en un periódico local da fe de lo mencionado: “En la calle de Allende 110 interior 107 y 108, se llevó a cabo anoche la ceremonia de bendición del despacho profesional del joven arquitecto Jaime Rubén González Blanco, por lo que ha estado recibiendo infinidad de felicitaciones de parte de sus amistades, familiares y personas conectadas con su ramo profesional… Muy conocido es el arquitecto Jaime Rubén González Blanco, por su interesante tesis sobre La Penitenciaria para Aguascalientes… En la reunión con la que se festejó la inauguración, estuvieron presentes entre otros… el arquitecto Mario García Navarr e elingeniero Gonzalo González…”.