Carlos Reyes Sahagún
 Cronista del municipio de Aguascalientes

Posiblemente lo primero que viene a la mente de quienes conocieron al profesor J. Refugio Esparza Reyes, quien falleció el 12 de noviembre de 2015, sea su sencillez, porque quien fuera Ejecutivo estatal entre 1974-80 no andaba por la vida diciéndose a sí mismo y haciéndoselo sentir al prójimo, que era El Señor Gobernador… Todavía deben quedar por ahí algunas placas de obras que se realizaron en ese tiempo, en las que se invocaban las figuras de Morelos, Juárez y Zapata, y no en primer lugar la del gobernante en turno.
Uno de los gestos de esta sencillez estuvo dado por su gusto por presenciar los ensayos del Ferial de Aguascalientes, lo cual me recuerda las ausencias de otros, no únicamente del ferial, sino de muchas otras actividades públicas, en cumplimiento de una “abultada agenda”, o de “compromisos adquiridos con anterioridad, que le impiden estar aquí”, etc. En cambio ahí estaba el ‘profe’ Cuco, quizá recargado contra una columna del segundo patio del Palacio de Gobierno, o sentado en la gradería en la que horas después haría lo propio Juan Pueblo, viendo el ensayo de la fiesta artística sanmarqueña…
Gestos como este lo hicieron despreciable a algunos sectores de las élites locales, que tal vez necesitan de alguien que de veras se instale en lo alto del olimpo político, para así poderse inclinar más a gusto ante el poder; quizá por ahí surgió el mote con el que se le conoció: Huarache veloz.
Algunas obras construidas durante su administración fue el Palacio de Justicia, la Villa Charra que luego otros destruyeron, y que por decisión del gobernador Otto Granados Roldán (1998-2004) recibió el nombre del profesor Esparza Reyes.
Ciertamente el fin de su administración, o más bien el inicio de la siguiente, del señor Rodolfo Landeros Gallegos, marcó un parteaguas en la historia contemporánea de Aguascalientes, al abrir las puertas de la gran industria que ligó el destino del estado con la industria automotriz de origen japonés, pero también habría que decir que algunas cosas ya venían de la época de Esparza Reyes, como por ejemplo el aeropuerto capaz de recibir naves de gran radio de acción, el mismo que hoy lleva el nombre del prócer Jesús Terán, o la empresa electrónica Texas Instruments, una de las primeras que hicieron la diferencia en el devenir de la entidad.
Pero, por otra parte, su lapso de gobierno tampoco fue tan terso como se pretende hacerlo aparecer. En este sentido es preciso recordar el diferendo que el profesor sostuvo con el periódico “Momento”, dirigido por el licenciado Jorge Varona Rodríguez, que culminó con el cierre del diario. Me acuerdo de alguna edición alrededor de un informe del Ejecutivo estatal, la gente dormida en plena lectura del trascendental documento, así como para demostrar lo irrelevante y aburrido del acto. Para contrarrestar las publicaciones de “Momento” se fundó el periódico “Opinión”, que tuvo su sede en la esquina de Juan de Montoro y Cosío, y que apenas sobrevivió a la administración de Esparza.
También fue entonces cuando ocurrió aquella invasión de tierras al ejido La Huerta, que andando el tiempo dio lugar a la Colonia Insurgentes. La ilegal ocupación fue realizada por gente afiliada al Partido Socialista de los Trabajadores, que algún poderoso malqueriente le preparó a Esparza, aprovechando una legítima necesidad de vivienda. (Por cierto que nunca entendí por qué los pesetistas invadieron tierras de hermanos de clase, los ejidatarios; por qué los lastimaron a ellos, y no de pequeños propietarios, algún rancho que luego, con el crecimiento de la urbe, fue convertido en fraccionamiento residencial).
Este problema de la invasión se arregló de manera sospechosamente mágica nomás se fue el ‘profe’ y llegó el siguiente Ejecutivo estatal, el señor Landeros, en cuya administración se atacó a fondo la carencia de vivienda, un foco rojo en el desarrollo de Aguascalientes.
A mí el sexenio del ‘profe’ Esparza me pasó prácticamente de noche, los dos primeros años porque no tenía yo ni tiempo ni conciencia para andar siguiendo gobernadores, aunque fuera a través del periódico, y los otros cuatro porque andaba yo metido en el Ombligo de la Luna, completando mi proceso civilizatorio, pero recuerdo un hecho que, como diría Perogrullo –o el gallego–, no se me ha olvidado. Eran unas vacaciones, y entonces, con alguna frecuencia salía con mi amigo inolvidable, Pedro González Ponce, a andar en bicicleta. En uno de estos paseos mañaneros convertimos en pista de carreras la Avenida José María Chávez, y fuimos a dar hasta la Empacadora de Chihuahua ahí, frente a Plaza Vestir, al sur del entonces aeropuerto, hoy parque Rodolfo Landeros.
En esas andábamos cuando escuchamos el sonido; la música maravillosa, alada, del motor de un avión. Entonces, para dar libre curso a mi pasión por todo lo que vuela, le propuse a Pedro que nos apersonáramos en ese lugar, para ver el aparato.
En esa época uno podía ir al puerto aéreo, transitar entre los dos o tres hangares que había, e ingresar en la plataforma. Incluso era posible acercarse a los aviones, poner las manos contra el plexiglás de las ventanas para mitigar el reflejo, y observar los instrumentos; los asientos. No hicimos tanto Pedro y yo. Más bien nos recargamos contra la pared de uno de los hangares, a observar el aparato que rugía. Entonces salió el ‘profe’ de una de estas instalaciones. Salió solo y su alma, y se dirigió a la aeronave. Pasó junto a nosotros y nos saludó como si fuera nuestro pariente; nuestro tío, algo así, con una familiaridad conmovedora.
No tuve la oportunidad de ir al homenaje de cuerpo presente que se le organizó, aunque sí vi la fachada del Palacio de Gobierno con algunas coronas fúnebres recargadas, pero estoy seguro de que si el ‘profe’ hubiera escuchado todo lo que ahí se dijo, de seguro; segurito, habría echado mano de una de sus expresiones favoritas: “me están dando cambio de más”.(Felicitaciones, ampliaciones para esta columna, sugerencias y hasta quejas, diríjalas a carlos.cronista.aguascalientes@gmail.com).