Josemaría León Lara

Cuando hablamos de la Revolución Francesa es preciso reconocerla como el acontecimiento político más importante de al menos los últimos tres siglos; misma que marcó un antes y un después en entender al gobierno y al Estado. Aunque es cierto que fue Nicolás Maquiavelo el que introdujo el neologismo de Estado como el ente conformado por territorio, población y gobierno, pero fue gracias a los idealistas franceses cuando éste comenzó a tomar la forma en la que es conocido hoy en día.

También es importante acreditar a los Padres Fundadores de los Estados Unidos, el retomar e implementar el sistema democrático originario de la Antigüedad Clásica, al adecuarlo a las circunstancias de buscar el gobierno del pueblo, para el pueblo, por el pueblo. Junto con las ideas filosófico-políticas de los galos en crear una real separación de poderes entre las funciones y facultades del Estado en el arte de gobernar.

Lo que se pretendía a finales del siglo XVIII era claramente cambiar la forma de concebir a la forma de gobierno que desde cientos de años atrás había adoptado la humanidad. Acabar con el absolutismo no significaba terminar únicamente con las monarquías autoritarias, sino que también buscaba darle al individuo como uno más de la colectividad la oportunidad de tomar decisiones públicas. A simple vista aparentemente cumplió con su objetivo, pero en ese proceso de determinar la forma de continuar, la manera de pensar de unos y de otros terminó por polarizarse.

Es en el momento donde surgen las dos caras de la moneda, la derecha y la izquierda, los liberales y  los conservadores. Que en un principio no era más que la pretensión de gobernar de manera tradicional o de una forma novedosa; unos buscaban volver al sistema monárquico y otros por otra parte creían en la real participación colectiva y suprimir los fueros para los nobles, el ejército y por supuesto el clero.

Pero con el paso del tiempo la situación entre ambos bandos dio pie a complicaciones más profundas, con la llegada de nuevos idealistas y sus revolucionarias formas de pensar, dio paso a que ambas corrientes cayeran en los extremos: el marxismo y el fascismo. Situación contraproducente puesto que se dio la bienvenida nuevamente a los gobiernos autoritarios.

El fascismo tuvo una fecha de caducidad considerablemente corta, mientras que el socialismo aunque parezca un absurdo sigue vigente. Sin embargo volviendo los ojos hacia el presente mexicano en apariencia es posible encontrar las claras diferencias ideológicas entre ambos bandos.

Mismos que claramente se han ido adaptando a las necesidades y circunstancias contemporáneas para poder permanecer en el juego. Queda en la obviedad que las políticas públicas sean del partido que sea y sin importar sus principios rectores, terminan por ser una mezcla de todo y de nada. Forma la hay, el problema es que el fondo está quedando en el olvido lo que resulta en que ya no se trata de izquierda ni de derecha, se trata de política.

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