Por J. Jesús López García 

Los espacios de la educación han variado a lo largo de la historia. El enfoque de la humanidad respecto a los educandos ha ido evolucionando al transcurrir el tiempo, la concepción que tenemos de la niñez y adolescencia son recientes, por lo que los lugares educativos de los miembros más jóvenes de la sociedad han presentado cambios importantes hasta llegar a lo que son actualmente.

De los preceptores personales de las élites pasadas a la educación pública, la arquitectura ha podido dar cuenta de diferentes maneras de acondicionar ámbitos de acuerdo a las formas del proceso enseñanza-aprendizaje. Hace unos doscientos años bastaba una galería grande -como la Escuela Pía- para acoger discípulos de distintas edades e impartirles lecciones a lo largo del sitio conforme a avances sin diferenciación estricta de esos años.

Con los adelantos de la pedagogía, las edades se manejan ya separadas de acuerdo a los niveles cognitivos de los educandos, y los edificios tienen que reflejar características pertinentes a los usuarios de cada espacio. Las escuelas dispuestas en crujías bien iluminadas y ventiladas organizadas de acuerdo al nivel de instrucción llegaron a Aguascalientes en los años cuarenta del siglo XX con los planteamientos del arquitecto Roberto Álvarez Espinosa con los Centros Escolares Urbanos: el <<21 de Agosto>> en 1945 –ubicado en las calles Talamantes, Dr. Pedro de Alba y Rincón, en la Colonia San Marcos- y el <<Rafael Arellano Valle>> iniciado en 1946 e inaugurado hasta 1949 – se localiza en las calles Dr. Jerónimo de Orozco, Av. Héroe de Nacozari y Gral. Enrique Estrada, en la Colonia Gremial- donde con base en un esquema proveniente de Illinois y adaptado a la ciudad acaliteña, se favoreció un lenguaje moderno integrando sistemas constructivos y materiales nuevos, tal como el concreto armado, en disposiciones de planta libre, vanos horizontales y aleros generosos con parte soles, todo ello en una organización ortogonal pautada por plazoletas e instalaciones deportivas, retranqueadas las amplias fachadas respecto al alineamiento para darle una mayor dimensión en la percepción urbana.

Con el arquitecto Álvarez Espinosa, arquitecto en su tiempo muy reconocido a nivel nacional, en Aguascalientes y Zacatecas colaboró el arquitecto Francisco Aguayo Mora, quien poco después tuvo la oportunidad de organizar la construcción de escuelas públicas a través del Comité Administrador del Programa Federal de Construcción de Escuelas (CAPFCE) del que fue primer director en nuestra entidad y a través del cual se formarían algunas generaciones de buenos profesionales; las escuelas eran planeadas y erigidas con rigor constructivo.

A mediados del siglo XX la educación gozaba de un peso específico muy grande entre los objetos de atención del estado, y su arquitectura debía corresponder a ése ánimo.

Paralelamente a su desempeño en el CAPFCE, Aguayo Mora tuvo una prolífica y diversificada actividad profesional, y el campo educativo no sólo se concentró en la organización de edificar los conjuntos para la educación pública. Planteles como el Instituto Aguascalientes – inaugurado el domingo 14 de octubre de 1956-, Instituto Margil, la preparatoria de la Universidad Autónoma de Aguascalientes -la de <<Petróleos>>- también son parte del acervo construido del arquitecto. Edificios todos ellos inspirados por la lógica racionalista–funcionalista del momento, con amplias superficies al aire libre, bordeadas por andadores dispuestos perimetralmente -resabio de los deambulatorios conventuales tal vez-, esbeltas columnas soportando delgadas losas horizontales cubriendo los vestíbulos de acceso, canchas y jardines alternados para dar espacialidad a aquello de mente sana en cuerpo sano.

Los bloques modernos de la educación moderna de acuerdo a los planteamientos que el arquitecto Aguayo Mora consolidó en Aguascalientes, se manifestaron con una sana neutralidad formal donde la construcción, expresándose de forma clara sus rudimentos técnicos y materiales, permitiendo a lo sumo como gestos de ornato algún recubrimiento de piedra o mosaico, algún encuadramiento de vanos, pero nada más. Tal vez esa neutralidad formal era sólo parte de un discurso de inclusión donde el edificio era un recipiente sencillo de lo más valioso de la sociedad: la niñez y la juventud, fuentes ambas de la verdadera diversidad y riqueza expresiva.

Actualmente esos conjuntos continúan vigentes y los nuevos planteles no distan mucho de aquella organización, señal de la buena salud de la que goza el planteamiento de edificios pautados por áreas libres de cubiertas, organizaciones racionalizadas en crujías y un aire de neutralidad formal. Es difícil responder por cuánto tiempo más éstos esquemas de la arquitectura para la educación pública o privada puedan seguir siendo útiles, lo que es un hecho es que al cambiar las modalidades en que la pedagogía se despliegue, ahí estará la arquitectura para apuntalar sus lineamientos, y al tiempo validarlos o ayudar a su depuración.

No cabe duda que por parte de lo dejado en obra y proyecto del arquitecto Francisco Aguayo, la educación fue uno más de los campos en que, si bien de manera incidental, participó activamente, y como en tantas cosas que hizo, fundamentó la práctica de muchos arquitectos por venir. Lo vertido es una de las múltiples actividades en donde el arquitecto Aguayo dejó su impronta como un hombre conocedor de su espacio y de su tiempo!!!