Por J. Jesús López García

De acuerdo con la modernidad arquitectónica «la forma sigue a la función» -postulado del arquitecto Louis Henry Sullivan (1856-1924)-, donde el edificio debe adaptar el diseño de sus partes a las reglas o modalidades de ocupación que son las que van a condicionar la pertinencia de esa misma forma. El estado de la arquitectura es que deja una forma, aún cuando las funciones que le dieron origen ya dejaron de existir, o bien se dan de otra manera que en teoría deberían exigir otra forma, adaptándose sin embargo a la onstrucción ya realizada.
En este sentido, anteriormente la arquitectura moderna no se decantaba por las añejas estructuras precedentes relegándolas al baúl de los recuerdos -si bien les iba- cuando no, al catálogo de los objetos caducos próximos a descartarse. Los planes maestros para las ciudades de Bogotá y de La Habana a mediados del siglo pasado por los peritos Le Corbusier (1887-1965) y Josep Lluis Sert i López (1902-1983) respectivamente, contemplaban la demolición de lo existente que a partir de una tabula rasa, erigir las nuevas urbes. La modernidad ortodoxa de aquel tiempo no se tentaba el corazón y veía todo lo histórico o antiguo, como parte de un bagaje poco útil, un fardo donde la ignominia del poder tiránico del pasado amenazaba con contaminar el proyecto moderno del presente dedicado a la libertad y la igualdad de todos los hombres.
Ese rechazo de los maestros modernos de la arquitectura por lo realizado en épocas pretéritas, era con base en ideales nobles no cabe duda, sin embargo en sus prácticas y enfoques corría el riesgo de presentarse como un fenómeno tan autoritario y unilateral como el poder tiránico del ayer, y es que ello se agrava aún más con la relativa simplicidad actual de emprender un proceso constructivo, pues en los últimos doscientos años, la humanidad ha construido más que en los anteriores once mil años acumulados; tristemente y en su mayor parte, edificios que no tienen gran valor y que por la naturaleza de sus materiales, observan la capacidad de perdurar largamente en el tiempo.
En los periodos corrientes, una vez asentado el ánimo moderno de destruir lo antiguo y domesticado el entusiasmo posmoderno de abusar del historicismo y querer revivirlo a la menor provocación, aparece un nuevo enfoque que a la vez es pragmático y considerado con las fincas provenientes de épocas anteriores.
Una actividad propia de la conservación de bienes inmuebles denominada como reciclaje arquitectónico, es una práctica que busca dar nueva vida a los viejos edificios a través de una nueva habitabilidad y funcionamiento, sin embargo es preciso dejar claro que es una tarea compleja ya que los espacios de las edificaciones añejas poseen dimensiones y características -tales como la iluminación, la contigüidad de sus dependencias y la ausencia de componentes actuales de uso extendido, como en el caso de los estacionamientos-, que requieren ser adaptadas a las funciones contemporáneas sin excederse de sus modificaciones y considerando por una parte la constitución física del edificio, y por otra, las necesidades de su reciente empleo.
Las posibilidades del reciclaje de la vieja arquitectura son abundantes y pueden llegar a ser un referente urbano, baste citar los ejemplos del «Centro Cultural Los Arquitos» o la «Casa Jesús Terán», instituciones públicas dedicadas a las culturas alojadas en un viejo balneario y en una casona de abolengo respectivamente; más ¿qué hacer sin el respaldo financiero del Estado en inmuebles de propiedad privada, muchas veces catalogados por el Instituto Nacional de Antropología e Historia como bienes patrimoniales y por ello con restricciones en la modificación de los edificios? En ello como en tantas otras cosas, se requiere algo de creatividad no tanto en materia de diseño, sino en pensar en las capacidades de los viejos edificios para soportar nuevas actividades generadoras de una nueva industria que además, revalore la riqueza inherente a la arquitectura del pasado.
En el centro de la ciudad de Aguascalientes se ha dado el fenómeno del reciclaje de antiguas fincas para destinarles nuevas habitabilidades a medida que el territorio va acumulando potencial de rentabilidad económica. De repente edificios de siglos anteriores son vistos ya no como vejestorios estorbosos, sino como elementos dignos de insuflar aire nuevo a las maneras de vivir la ciudad -aunque llama la atención que esas obras hayan estado ahí en el tiempo que llevamos vivos todos los habitantes actuales de Aguascalientes-. Construcciones parcialmente abandonadas por décadas vuelven a «respirar», como en el caso de la que se ubica en la calle Galeana Norte No. 112, a un costado del Templo Ave María.
El nuevo reciclaje arquitectónico en Aguascalientes -siempre ha existido, aunque más por necesidad de adaptabilidad y adecuación económicas- por lo pronto se enfoca a buscar oportunidades de rentabilidad; es conveniente que hoy, propietarios, autoridades y arquitectos aprovechemos este momento para dar cabida a otras muchas más ocupaciones teniendo en mente que al demolerse los viejos edificios no sólo destruimos el adobe, las vigas, espacios o las piedras, sino ¡¡¡parte de nosotros mismos!!!