Prof. Flaviano Jiménez Jiménez

Con profunda preocupación y tristeza se debe reconocer que, en las últimas décadas, las  normales rurales se han caracterizado por ser ingobernables; y por ingobernables se entiende ser indisciplinadas, rebeldes, intransigentes, intolerantes, renuentes, obstinadas, intratables, desobedientes, incorregibles, entre otros sinónimos. ¿Siempre han sido así? No; las normales rurales han tenido épocas de grandeza y esplendor cuando de ellas egresaron notables, extraordinarios, excelentes educadores y educadoras que dieron prestigio al sistema escolar; gracias a que éstos destinaron lo mejor de su vida y tiempo estudiantil en la preparación para la docencia. ¿Por qué, entonces, hoy son ingobernables? Porque algunos políticos, con su intromisión en estas instituciones por intereses mezquinos, las hicieron renuentes; porque algunas autoridades, por falta de visión y oficio en el quehacer educativo, las condujeron hacia la desobediencia; porque los catedráticos, por frustraciones y la incapacidad de formar docentes de calidad como los demanda el país, las indujeron a la rebeldía; porque los propios alumnos y alumnas han preferido, hasta la obstinación e intolerancia, enarbolar banderas anquilosadas, en lugar de otear futuros promisorios para la educación de México; y porque los padres de familia, de estos alumnos, se han hecho los desentendidos.

Como consecuencia de lo anterior, en las normales rurales (como en la “Justo Sierra Méndez” de Cañada Honda) los directores (en turno) son meramente figuras decorativas, pues los alumnos y las alumnas hacen lo que quieren y, para colmo de males, las autoridades educativas (locales y federales) los dejan que solos enfrenten los problemas de todos los días. Ante la anarquía, el desorden y el desgobierno imperante en estos planteles, los esfuerzos académicos de los catedráticos se desvanecen, se nulifican; por eso cuando sus egresados presentan examen de oposición para ingresar al servicio docente, más del 70% reprueba. Y éstos, los no idóneos, son los que después presionan a través de marchas y actos vandálicos para que les asignen, graciosamente, plazas.

Los tiempos actuales y los nuevos retos del país, en materia educativa, requieren una profunda transformación de las escuelas normales. Inicialmente, habrá que hacer un estudio para saber cuántos maestros, de cada nivel educativo, necesita el país por ciclo escolar; y, más específicamente, cuántos docentes se requieren por entidad federativa, para formar esos maestros que se necesitan y formarlos en cada estado. Y para garantizar la formación de docentes con calidad, entre otras cosas, se debe evitar (en el período de inscripciones) que las propias autoridades o los alumnos integren grupos con estudiantes recomendados; se debe dar certeza que ingresen a las normales estrictamente los estudiantes con vocación magisterial, que tengan un soporte académico satisfactorio, así como ética en su desempeño personal; el proceso de su formación, invariablemente se debe sujetar a los perfiles pedagógicos y didácticos establecidos en la Reforma Educativa; se debe garantizar que los catedráticos de las normales, en servicio, se actualicen en corrientes pedagógicas innovadoras y que los de nuevo ingreso ya se sujeten a exámenes de oposición, con el fin de asegurar la contratación de los mejores formadores.

Un estado, en particular, difícilmente puede hacer transformaciones en las normales; porque estas instituciones, normativa y presupuestalmente, están soportadas por la Federación. Los severos problemas que a diario afloran en estas instituciones necesitan grandes soluciones; y para ello se requiere, invariablemente, presentar propuestas y tomar las mejores decisiones,  mancomunadamente, entre las autoridades federales y  estatales para acabar con los problemas de raíz. De no ser así, los grandes males tan sólo seguirán atendiéndose con aspirinas, con paliativos, que sólo sirven para empeorar la gravedad de la situación prevaleciente. Y, cada año, se repetirá la misma historia: normalistas protestando, vandalizando, obstruyendo las vías de tránsito y provocando caos, entre otros desmanes, hasta lograr doblarle las manos a la autoridad y ridiculizarla, como ha sucedido por años.  Y lo que se ve en Aguascalientes, no es nada comparado con lo que pasa en Guerrero, Michoacán y Oaxaca.

Hay ideas, experiencias y estrategias para solucionar parte de los problemas locales, pero ¿habrá interés y capacidad para ello?