Prepárense para el apocalipsis más light de la historia.
Como se trata de una adaptación a una novela de Dan Brown, sabemos que la trama será una menudencia narrativa, pero ni la pobreza argumental de “El Código Da Vinci” o la perezosa “Ángeles y Demonios” nos prepararon para el antagonista más mequetrefe y disparatado que haya confeccionado el bullicioso y disparatado Brown: Bertrand Zobrist, un magnate metido a bioterrorista convencido de que en tan solo pocas décadas la humanidad se verá sumida en una situación digna de “Cuando el Destino Nos Alcance” -sobrepoblación, merma en recursos financieros y alimenticios, personas procesadas como galleta verde, etc. -, por lo que ha decidido utilizar sus vastos recursos financieros no a  mejorar la calidad de vida en el planeta, ni a donar sumas cuantiosas a la reforestación y subsecuente mejoramiento de zonas agrarias para garantizar el aumento en el abasto de comestibles o siquiera al rescate de zonas urbanas en países con problemas de sobrepoblación mediante intensas campañas de concientización de control natal, sino a desarrollar un virus anaeróbico que elimine a la mitad de la población mundial. Hasta ahora, esto semeja un argumento sacado del archivero de ideas malas de Ian Fleming para una novela de James Bond, pero al menos los villanos megalómanos que suele enfrentar el 007 operan en las sombras, aguardando hasta el momento oportuno -preferentemente cuando el héroe se encuentre cautivo y torturado al gusto del antagonista- para revelar mediante obligado monólogo la naturaleza de sus planes malévolos. Zobrist manda comunicados de prensa a nivel internacional. Esto provoca la inquietud de la Organización Mundial de la Salud quien trata de localizarlo, mas la única pista es un curioso tubo de diminutas proporciones denominado Proyector Faraday que se encuentra en posesión del famoso simbolista estudioso del arte clásico e intelectual aventurero de ocasión Robert Langdon (Tom Hanks), quien se encuentra en Florencia. El único problema es que Langdon fue atacado de alguna forma y ha perdido la memoria, por lo que no recuerda cómo llegó ahí ni cuál es el propósito del proyector. Lo asiste una bella médico (en este tipo de historias, simplemente no existen otras) llamada Sienna Brocks (Felicity Jones) quien lo atendió durante su estadía en el hospital y, cosas de la vida, resulta ser no sólo una fanática de los trabajos de Langdon (leyó su primer libro a los nueve años, lo que explica su estirada y antipática personalidad) sino una entendida de los trabajos de Dante Alighieri, autor conocido por sus poéticos relatos sobre el cielo e infierno y que está relacionado con todo este embrollo. Langdon y Brocks irán de museo en museo descifrando frescos de Botticelli y analizando la obra de Dante para encontrar las claves que los llevará a la resolución del misterio, mientras son perseguidos por agentes de la OMS (quienes parecen más operativos de la CIA que de la salud con sus automóviles negros, armas y agentes muy malotes. Ojalá y así contraatacaran el zika).
La película muestra una vez más que los oficios autoadjudicados no muestran la genuina vocación de las personas, pues Ron Howard no es ni será un director relevante por más que se empeñe en malgastar millones de dólares en sus caprichos posmodernos y Dan Brown jamás será un escritor respetable mientras se empecine en desarrollar relatos con corazón de serie B pero apariencia lujosa y petulante, ya que ni los bellos escenarios italianos o la recitación constante de datos históricos que son más que nada trivia disponible en cualquier búsqueda de Google suplen la necesidad de cualquier trabajo narrativo de contar con situaciones de mínimo interés y personajes bien trabajados. “Inferno” es casi una trama digna de los Hardy Boys hilada por Hanna-Barbera, así que el resultado evoca términos como “fantoche” y “anodino”.  Una película más a ese particular círculo del infierno que aún no tiene nombre, pero que ya debe registrar sobrecupo al alojar tantos proyectos miserables con delirios de grandeza.

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