“Lo que no ha muerto puede vivir eternamente.
Y al paso de extraños eones, incluso la muerte puede morir”
Fragmento de La Llamada de Cthulhu

La obsesión que padece la cultura contemporánea por incluir en su cotidiano las sempiternas muecas de contento que desfilan cautivas en prístinas pantallas LCD y jubilosas de pertenecer a una simulada vigencia, constituye el amargo pan que hemos de degustar diariamente para no extraviar nuestra supuesta identidad social, alejándonos de cualquier concepción reflexiva y analítica expresada por Nietzsche en sus textos para aproximarnos al etos ingestaSOMAS de “Un Mundo Feliz”. Ahora, la oscuridad existencial da paso a la cálida luz LED del conformismo y éste descarrío masivo apunta a un fatídico -por no decir patético- fin: muerte por Facebook (virtual, por supuesto). La apatía es el patógeno de nuestros días y tal vez la única vacuna reside en la exploración de los mensajes que mentes independientes e iconoclastas legaron y dejaron muy a nuestro alcance para la superación de tales pandemias meméticas. Es en este punto cuando creo pertinente resaltar a Lovecraft, quien a través de sus textos había descifrado lo que mora en el corazón de los hombres en una hierática pletórica de cosmogonía profana donde deidades adolecidas por el paso de los siglos combatían su suplicio atormentando a sus marionetas de carne y hueso, testificando la fe debilitada de la sociedad industrializada en el alba del siglo XX y probablemente no muy lejana a la nuestra. La creación de sus Mitos de Cthulhu y todo su pagano panteón de dioses antediluvianos fungían tan solo de motores narrativos para germinar una serie de relatos anclados a los miedos primigenios de la humanidad y darle una razón válida para volver a temerle a la oscuridad, con todo e incandescentes fuentes lumínicas en alta definición.
Howard Phillips Lovecraft era una bilocación andante, ya que mientras su cuerpo deambulaba en las bucólicas calles de Providence, Rhode Island en los años 10’s del pasado siglo, su mente se desplazaba por las retorcidas veredas de la ciudad de su invención, Arkham, donde las fantasías más oscuras paridas por su desdichada infancia -su padre falleció en un manicomio y su madre se empeñaba en vestirlo con atavíos femeninos mientras su abuelo le leía todas las noches horrendas leyendas europeas – encontraban aposento esperando su salida a nuestro mundo, lo que ocurrió una vez que sus textos comenzaron a ser publicados. Su prosa guardaba una similitud casi simbiótica con la de su gran ídolo, Edgar Allan Poe, colocando al frente de sus inquietudes anecdóticas la parte sombría del proceder humano con una narración eminentemente diegética donde los hechos suceden según la versión de un testigo factual, describiendo rituales, monstruosidades y acontecimientos tan pavorosos que usualmente resulta inútil su descripción, permitiendo que el autor construyera sus espacios oníricos en la imaginación de su lector. Pero más allá de sus influencias literarias, el trabajo de Lovecraft subsistió como un proyecto filosófico vanguardista donde la metafísica se alimenta del temor, la esotérica del enigma quebrantado y un misoteísmo entre líneas que revelaba su inadherencia a cualquier religión o dogma (de hecho, Lovecraft se denominaba a sí mismo como un “materialista científico”), todo contenido en el grimorio de su invención: el Necronomicón, titánico texto detentor de toda invocación y conocimiento oscuro. Tal mitología resultaba irresistible a cualquiera que la leyera, popularizándose y generando un culto que se extendió hasta sus colegas escritores y, por supuesto, Hollywood, que esperó a la década de los 60’s para aventurarse a adaptar en celuloide estos impíos textos.
La fase experimental inició con “El Palacio Encantado” (1963), un intento del legendario Roger Corman de incluir esta adaptación de Lovecraft en su ciclo de cintas sobre Poe, por lo que la confusión de los lectores del Príncipe de Providence resultó comprensible. Posteriormente los filmes “Muere, Monstruo, Muere” (1965) y “La Maldición del Altar Rojo” (1968) pondrían en claro dos puntos: 1.- Que los guionistas se limitaban a simplificar los maravillosos escritos de Lovecraft -en este caso “El Color Que Vino Del Espacio” y “Sueños En La Casa De La Bruja”, respectivamente- en humoradas de matiné serie “B”, y 2.- que el protagonista de ambas, Boris Karloff, sólo buscaba seguir trabajando. La otra adaptación de la época, “El Cuarto Cerrado” (1967), no mejoraría el panorama gracias en parte a la envarada interpretación del patoso Oliver Reed y una risible historia sobre monstruos sueltos en un castillo.
Fue a partir de “El Horror de Dunwich”(1970) cuando tanto público como realizadores se percataron de las posibilidades argumentales del universo generado por Lovecraft, respetando todos los aspectos de la obra original (incluyendo la presencia del Necronomicón y la Universidad Miskatonic) en una cinta atmosférica y macabra beneficiada por la seria dirección de David Haller y la centrada interpretación de Dean Stockwell como el brujo que pretende utilizar a Sandra Dee como sustentadora de engendros demoníacos. La cinta tuvo mucho éxito pero no detonó el esperado saqueo del compendio lovecraftiano, aunque sí tocó los núcleos argumentales de algunas cintas posteriores, como “ El Más Allá”(1981) y “La Casa En El Cementerio”(1982), ambas del maestro Lucio Fulci y la celebrada trilogía de “El Despertar del Diablo”, del ahora irreconociblemente vendido Sam Raimi. Hubo que esperar hasta 1985 cuando una modesta cinta de producción independiente logró acoplar la sensibilidad plástica y narrativa del cine moderno con las inquietudes ucrónicas de Lovecraft pero marinada en un humor negro inteligente y sagaz: “Resurrección Satánica” (“Re-Animator”), puesta al día de los relatos cortos sobre “Herbert West, Reanimador” que Lovecraft escribió sobre encargo para la mítica revista “Weird Tales” a principio de los 30’s. La película, dirigida con astucia por Stuart Gordon, explotó las cualidades mórbidas de su fuente literaria mostrando las correrías de su personaje principal (un Jeffrey Combs irrepetible) empeñado en resucitar cadáveres, dando excusa a los maquillistas para presentar un grotesco compendio de malformaciones y mutilaciones en bis de humor negro. La cinta triunfó en todos los niveles, erogando en un par de inferiores secuelas a pie de nota. Su director trataría de purgar su entendimiento sobre la obra de Lovecraft con otras adaptaciones más, la muy fallida y psicosexual “El Perfil del Diablo” (1986) y la mucho más fiel y evocativa “Dagon” (2001), la cual por cierto contiene la última participación del gran histrión Francisco Rabal.
La búsqueda subsecuente por localizar la voz de estas fábulas ocultistas desencadenó una serie de proyectos que fallan o triunfan según su honesta atadura a su compendio literario, dando resultados diversos como “La Maldición”(1987), una serie de salvajadas campesinas con Will Wheaton de protagonista; “El Innombrable”(1988), mescolanza de referencias lovecraftianas que falla al presentar a la innombrable y anónima criatura como un traje de látex; “El Resucitado”(1992), tibio intento del finado y generalmente solvente Dan O’Bannon por llevar “El caso de Charles Dexter Ward” al cine; “Necronomicón”(1993), entretenida cinta antológica con Lovecraft (Jeffrey Combs) como elemento nodal entre las historias presentadas; “En La Boca del Terror”(1994), tal vez la mejor adaptación cinematográfica de los conceptos planteados por Lovecraft bajo la dirección del diestro John Carpenter y “La Llamada de Cthulhu”(2005), logrado filme experimental que recrea la técnica y estética del cine silente.
Tales planteamientos pueden resultar desconcertantes al espectador que tan solo asocia a “Actividad Paranormal” como única fuente de escalofríos, pero si algo logra modificarse en la condición humana a través del horror cósmico, entonces tal vez la luz de la pantalla se apagará para siempre, y si no..¡Negotium Perambulans In Tenebris, N’ghaa, N’ghaa, Yog-Sogoth!
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