RÍO DE JANEIRO, Brasil.- Un triple salto mortal lanzó el mensaje de que nada es imposible.
La ceremonia de apertura de los Juegos Paralímpicos Río 2016 inició ayer con el patinador estadounidense Aaron Wheelz volando con su silla de ruedas tras lanzarse por una gigantesca rampa en el Estadio de Maracaná.
Era el comienzo de una fiesta en la que participaron 4 mil 350 atletas portadores de deficiencia visual, física, intelectual o parálisis.
De entre los 176 países presentes, México brilló sobre todo por la gran sonrisa de su portabandera, la nadadora Nelly Miranda. Entre los 69 atletas el toque de color lo pusieron los inevitables sombreros de mariachi.
Si en los Juegos Olímpicos los atletas cargaban semillas para formar un futuro bosque, esta vez los protagonistas de los Juegos formaron un gigantesco mosaico, ideado por el artista plástico brasileño Vik Muniz.
Cada delegación entraba en Maracaná acompañada por una pieza de rompecabezas, con el reverso lleno de fotos de los atletas, que acabaron por formar un gran corazón. El propio artista fue el encargado de colocar la última pieza, justo antes de que el corazón tiñera de rojo el Maracaná y empezara a latir llenando el estadio de vida.
La ceremonia, más austera que la olímpica, fue igualmente animada, y dejó de lado las referencias a la historia del país para concentrarse en los valores relacionados con el deporte paralímpico, como la superación y la importancia de la tecnología como apoyo para mejorar la vida de las personas con deficiencias.
La atleta estadounidense Amy Purdy, bronce en Sochi 2014 con snowboard, bailó un original dueto con una brazo robotizado.
Ellas perdió sus dos piernas a los 19 años debido a una meningitis, pero bailó como nunca al ritmo tropical de Sérgio Mendes lo que los brasileños rápidamente bautizaron como la “samba de la prótesis”.
La única concesión más explícita a la cultura local fue un gran homenaje a las playas cariocas al principio de la fiesta, con cientos de bailarines emulando a los bañistas de Ipanema. No faltaron ni siquiera los vendedores del té frío matte Leão y del biscoito Globo, unas galletas saladas: dos productos que están en el ADN de todo carioca y que no faltan en una jornada de playa. (Joan Royo/Agencia Reforma)