Luis Muñoz Fernández.

¿Qué nos hace humanos? ¿Qué influye más en lo que llegamos a ser y desarrollar? ¿Son los genes (el ADN) que heredamos de nuestros padres o es el medio ambiente en el que nos criamos? He aquí una de las controversias más antiguas y duraderas de la biología. Lo que los angloparlantes llaman nature (los genes) versus nurture (la crianza, el medio ambiente, el entorno).

Con la secuenciación completa del genoma humano, el material genético contenido en nuestras células, se pensó que la controversia había llegado a su fin. Pero no fue así. La primera lectura de nuestro genoma en 2001 arrojó resultados inesperados. En lugar de los 100 mil genes que esperábamos tener los seres humanos, la realidad es que sólo tenemos unos 20 mil. Muchos menos que otros seres vivos que consideramos “inferiores”. Sin ir más lejos, el genoma del ratón tiene 26 mil genes, el de la humilde pulga acuática 31 mil y el de la planta del arroz 42 mil.

Cuando se supo de nuestra modesta dotación genética, algunos interesados en el estudio de la naturaleza humana concluyeron, no sin cierta precipitación, que era el medio ambiente lo que más contribuía a convertirnos en seres humanos. La crianza, y no los genes, definía nuestro destino divino: Y los bendijo Dios diciéndoles: Creced y multiplicaos, llenad la tierra y sometedla; dominad sobre los peces del mar, las aves del cielo y todos los animales que se mueven por la tierra.

La verdad es que desde que Watson y Crick descifraron la estructura del ADN, endiosamos a la doble hélice, elevándola a la máxima categoría entre todas moléculas que forman nuestro cuerpo. La instalamos en un altar para adorarla, lo que, hay que admitirlo, es muy característico de los seres humanos, tanto ignorantes como instruidos. El propio Crick, ebrio de la gloria que veía venir, entró aquel 28 de febrero de 1953 en The Eagle, el tradicional pub de Cambridge, para interrumpir el lunch de los distinguidos parroquianos diciendo: Hemos descubierto el secreto de la vida.

Estábamos equivocados. Ya no lo vemos así. Hasta ponemos en entredicho la mismísima existencia de los genes. Así lo señala Evelyn Fox Keller, la profesora de Historia y Filosofía de la Ciencia en el Instituto Tecnológico de Massachusetts: Por ellos mismos, las entidades que llamamos genes no hacen nada; no tienen voluntad ni capacidad de acción. Estrictamente hablando, la misma idea del gen como un elemento autónomo, una entidad que existe por sí misma, es sólo una ficción.

Hoy hemos caído en la cuenta que ambos, los genes y el entorno (gestación en el vientre materno, ambiente psicosocial en la infancia, educación, alimentación, hábitos de vida, etc.), indisolubles e interactuando mediante varios mecanismos químicos que llamamos epigenética, son los responsables de nuestra esencia y devenir. Ninguno de los dos existe de manera independiente, pues ambos se definen mutuamente. Sólo nuestra mente cree percibirlos separados.

Dicho lo anterior, analicemos lo ocurrido tras el triunfo de dos mexicanos en la reciente entrega de los Premios Óscar concedidos por la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas (AMPAS, por sus siglas en inglés). Como ya es del dominio público, Emmanuel Lubezki obtuvo su tercer Óscar consecutivo a la Mejor Fotografía y Alejandro González Iñárritu (o Alejandro G. Iñarritu, como lo llaman los estadounidenses, incapaces de pronunciar correctamente su segundo apellido que en euskera significa “la casa del brezal”) consiguió su segundo Óscar como el Mejor Director.

Apenas fueron galardonados, los medios de comunicación resaltaron su nacionalidad de origen, celebrando por todo lo alto que dos mexicanos obtuviesen un triunfo tan contundente en el competidísimo medio de Hollywood, la meca del cine mundial. En este lado de la frontera se desató el júbilo, poco faltó para que una muchedumbre acudiese al Ángel de la Independencia para celebrar el extraordinario logro de nuestros paisanos. Ni tardo ni perezoso, el licenciado Enrique Peña Nieto, Presidente Constitucional de los Estados Unidos Mexicanos, publicó los siguientes tuits:

Muchas felicidades Alejandro González Iñárritu, por otro Óscar por Mejor Director. Eres un orgullo para tu país.

Muchas felicidades Emmanuel Lubezki por un tercer Óscar consecutivo. Celebro este nuevo reconocimiento a tu gran talento.

 

No puede negarse el gran mérito de ambos cineastas, pero, ¿es válido arrogarse su triunfo solamente por el hecho de ser mexicanos y convertirlo en una especie de prueba del valor de nuestra “raza” o de nuestro país? ¿Debemos pensar que su triunfo es el de todos los millones de mexicanos pobres y sin futuro que son la mayoría de nuestra población? ¿O es acaso volver a sacar un provecho indebido para distraernos con ensoñaciones vanas mientras el país atraviesa por una de las crisis más graves de los derechos humanos de toda su historia, tal como lo acaba de señalar la Comisión Interamericana de los Derechos Humanos, aunque nuestras autoridades se empeñen (nunca mejor dicho) en negarlo?

Si “El Negro” Alejandro González Iñárritu y “El Chivo” Emmanuel Lubezki han alcanzado la gloria y el reconocimiento mundial por sus indudables méritos artísticos, ello se debe a que, siendo mexicanos, viven desde hace años en los Estados Unidos de Norteamérica, en un entorno que los estimula a sacar lo mejor de sí mismos y que los reconoce y premia por ello. Lo que debemos pensar es que, de haber seguido en México, seguramente estarían rumiando su frustración.

En este caso, parafraseando aquella frase utilizada por William Clinton durante su campaña por la presidencia norteamericana, podemos decir: “¡es la epigenética, estúpido!”.

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