Por J. Jesús López García 

Con la revolución de la técnica en el campo de la construcción que dio inicio en el siglo XVIII, continuó en el XIX y se aceleraría en el XX, la tipología arquitectónica -esto es, los modelos de edificios- abandonó el catálogo tradicional en pos de nuevas edificaciones que a la par de ofrecer retos tecnológicos, tuvieron una resonancia simbólica de gran impacto en la sociedad mundial que en esos momentos se introducía en la globalización.

El desarrollo de la edificación utilizando el hierro y el acero, emanado de la adaptación a las nuevas modalidades de transporte -surgidas de la invención de la máquina de vapor-, que implicaban estructuras más ligeras y con una mayor eficiencia mecánica para salvar grandes claros. La industria del acero se ligó de manera contundente a la de la construcción, pero a ella siguió la del cemento que con la adición del armado de acero, renovó la técnica constructiva -proveniente desde la Antigua Roma- estableciendo renovadas pautas para el diseño arquitectónico, que con ello, contó con un material pétreo moldeable, en ese sentido diferente al trabajo edificatorio tradicional con base en el trazo y corte de piedra por medio de la estereotomía.

Los materiales establecen las pautas de los procesos de construcción y éstos a su vez hacen lo mismo con los patrones de la composición y del diseño en general, por lo que con el advenimiento de nuevos materiales tales como el vidrio, acero y cemento, además de las técnicas constructivas derivadas de ellos, la arquitectura del siglo XVIII -cuando esa revolución técnica se estructura en un desarrollo exponencial-, con más fuerza la del XIX y de modo definitivo en el XX, experimentó con formas inéditas, fuesen éstas implementadas en edificios de reciente aparición, baste mencionar las estaciones de ferrocarril, salas de conciertos o naves industriales, e incluso en recientes sistemas de larga tradición como palacios o templos.

En el siglo XX, despojada la arquitectura de su carácter habitual como soporte de otras manifestaciones artísticas, que por su representación analógica se constituyeron como parte de un programa no escrito de comunicación. Vitrales, frisos, pinturas murales en el siglo pasado ya no reclamaban a los muros de los edificios como sus lienzos. Los elementos constituyentes de la arquitectura empezaron a manifestar sus propias cualidades formales, materiales y espaciales. En las iglesias católicas formas de gran eficiencia estructural como los paraboloides simples y los paraboloides hiperbólicos levantados en concreto armado, empezaron a desplazar a las viejas cúpulas de piedra como las imágenes de la iconología litúrgica.

Esos formatos potentes eran elegidas además por su fuerza estructural representativa; Óscar Niemeyer utilizó el paraboloide para una de sus obras maestras, el templo de San Francisco de Asís en Pampulha, Belo Horizonte, Brasil, y en Aguascalientes, casi de manera contemporánea el arquitecto Francisco Aguayo Mora hizo lo mismo con la Capilla Mayor del Seminario Diocesano.

Afín a esa experimentación de elementos y técnicas constructivas, el templo de las Tres Ave Marías en la avenida José María Chávez, edificio de tradicional planta de cruz latina pero realizada con muros inclinados que a la vez se convierten en cubiertas apuntadas de forma triangular que obviamente hacen referencia a la trinidad divina y a la advocación mariana a la que el templo está dedicado.

La iglesia es de una sencillez compositiva compatible con el principio moderno de pureza geométrica y conceptual, sin embargo en esa sobriedad se vierten muchos significados y sentidos abstractos hasta cierto punto alejados del abigarramiento de las ideas analógicas de  tendencias pasadas tales como las del barroco de los siglos XVII y XVIII -el último en la Nueva España, pues en Europa el racionalismo neoclásico estaba cundiendo aceleradamente. Sin embargo y a pesar de lo mencionado, no sólo fueron los edificios religiosos los beneficiarios de la nueva forma moderna, pura y abstracta, euclidiana en su geometría -al principio. Edificios de todo género y tipo fueron materia de experimentación: centros escolares, viviendas, edificios públicos, mercados, estadios, todos se dirigieron hacia un campo fértil para ensayar materiales, técnicas y diseños actuales, modernos.

Por lo anterior en estos diecisiete años del siglo XXI pueda parecer la situación de la arquitectura como una carrera sin fin por lograr gran impacto visual: la «forma por la forma», al menos con propuestas volumétricas y de esquemas arquitectónicos cada vez más audaces, intrépidos e incluso en algunas ocasiones caprichosos.

Hace alrededor de quinientos años Miguel Ángel se quejaba que los arquitectos de su tiempo -para ese entonces él ya era considerado viejo-, se esmeraban en inventar formas cada vez más extrañas, sin preocuparles el hacer buena arquitectura. Curiosamente lo que provocaba la queja del maestro era la situación que él mismo, uno de los precursores del «manierismo» de fines del Renacimiento, había producido gracias a su intuición compositiva y su gran talento inventivo; quienes seguían su camino eran descalificados por Miguel Ángel. Lo que nos parece novedoso y original es entonces algo que está en el germen de la arquitectura de cualquier tiempo.