Por J. Jesús López García

117. El Gato NegroEl concepto de identidad es elusivo, no obstante los esfuerzos por verbalizar en catálogos y clasificaciones sus características fundamentales y colaterales; posee una carga de ambigüedad que cae finalmente en interpretaciones subjetivas. En arquitectura se enarbola frecuentemente la bandera de la defensa de la identidad representada por los ejemplos más sobresalientes, edificios de fuerte presencia por su calidad, sus dimensiones y su cabida para aglutinar a una agrupación, sin embargo esos mismos inmuebles han sido modificados a lo largo del tiempo por necesidad o gusto hasta llegar a no parecer lo que eran, trayendo consecuencias ya sean positivas o negativas.

El punto es que esa protección de la identidad termina más que en el objeto defendido, en supuestos que a fuerza de repetirse, concluyen adquiriendo la calidad de verdades incontestables cuando aún hay margen para la duda y la sana discrepancia enriqueciendo el conocimiento sobre los objetos y dando mayor sustancia a la identidad misma.

Como caso baste citar nuestra Catedral que hasta inicios del siglo XX exhibía una sola torre, de nave única pues las laterales fueron integradas para dignificar el templo que emergió como parroquia, no como sede de la cátedra de un obispo; el atrio albergaba además un cementerio. La iglesia ahora se nos presenta a quienes la hemos visto en su estado actual como parte de la imagen de identidad aguascalentense, más esa percepción indudablemente ha cambiado y la identidad sustentada en ella también, pues lo digno del conjunto se ha desarrollado y su capacidad de representación social y comunitaria es mucho mayor que hace doscientos años.

Sin embargo existen fincas que sin poseer esa carga de representación y simbolismo sirven bien a los procesos de brindar una imagen a la identidad de las ciudades. Son inmuebles de uso cotidiano, creados para servir a propósitos prácticos donde la concurrencia se dedica a resolver los asuntos de su <<día a día>> o simplemente los utiliza por la simple disponibilidad de sus espacios. Lo mismo una tienda de abarrotes que una cantina, una botica donde el boticario también daba consejos de salud o una peluquería tradicional en que se reunían algunos personajes a platicar sin requerir el arreglo de su peinado o su barba; eran sitios de fuerte identidad para quienes los frecuentasen y además para quien sin acudir a ellos conocía de su existencia.

Algunos de los sitios mencionados no poseían un edificio acorde a la fuerza de su convocatoria, de ellos tal vez venga a la memoria cierto elemento, como algún anuncio por ejemplo; en otros el inmueble sí manifestaba algunos rasgos que lo definían por sobre las características del entorno o de otras fincas dedicadas a la misma función. Tal vez ciertas edificaciones no representen lo mismo para toda la población: en el caso de quien estudió en la escuela secundaria de la Universidad Autónoma de Aguascalientes, La Chatita, una fuente de sodas con elementos acristalados que invadía la banqueta sobre la Alameda puede poseer resonancias emotivas ajenas a aquellos que no asistieron a esa institución; sin embargo aún así, hasta su remoción hace algún tiempo, la construcción pequeña y algo improvisado era universal para muchos acaliteños.

Por ello no ignoremos a modestos edificios tildándoles de irrelevantes, pues esa ligereza es precisamente la que deja a la verdadera identidad comunitaria sin asideros construidos. Sin duda alguna también se requiere de grandes conjuntos para reforzar la identidad de una población, pero también son necesarios los inmuebles, que sin todas las importantes características de los monumentos consolidados, hilvanan un tejido de soporte, que sin ser protagónicos establecen el paisaje urbano que entraña usos y costumbres, asiduidades y ciertas maneras de vivir la ciudad que son esencial de una identidad. Así como en el habla y la literatura con las <<maneras de decir>>, su presencia continua va marcando una especie de pronunciación construida, unas maneras de vivir y aprovechar la ciudad.

Por la calle Alameda, frente al sitio que alguna vez ocupase la citada Chatita, se encuentra una finca tradicional con elementos que la distinguen de las demás: tal es el caso de una greca con influencia prehispánica dispuesta a través de la fachada y un coronamiento emulando ligeramente a las formas de una crestería de la arquitectura mesoamericana. Pero lo más misterioso es un gato negro pintado sobre el eje de simetría. El Gato Negro, nombre del establecimiento era uno de esos añejos comercios típicos que además de cumplir su función utilitaria, era una referencia de la zona. Actualmente cerrado, el gato solitario espera una nueva actividad que con imaginación y sentido urbano contribuya a dar sustancia a una identidad de la que sólo se quiere preservar el cascarón. ¡¡¡El Gato Negro ahí está!!!