CDMX.- A las 6 de la mañana, en los vagones del metro se buscaban entre caras largas, listos para soportar la lluvia para honrar a su ídolo Juan Gabriel. Ellos, los madrugadores, querían ser los primeros en entrar al tributo al Divo de Juárez.
Pero al bajar del metro se llevaron una sorpresa porque ya había cola atrás de la estatua de Beethoven: ¡Hubo quien se atrevió a pasar la noche afuera del Palacio y de la Alameda Central!
Enchamarrado y con lentitud, el pueblo ejecutó el mantra de su cotidianeidad: formarse; como lo hace en las tortillas, en el transporte público y, ahora, para celebrar a uno de los suyos.
De luto no tenía nada el evento. Los asistentes se dedicaron a cotorrear como si el lunes fuera una extensión del fin de semana; con ropa de cualquier color, que sólo respondía a la comodidad para guarecerse del clima.
Cantaron y bailaron a capella, acompañados de los dobles de El Divo, mientras las cámaras de video y foto agasajaban sus memorias con las coloridas postales.
Juanga detonó la emoción universal, al convocar a fans de varios rincones del mundo, como Maritza Carrizales, mexicana radicada en Houston, Texas.
“Me habría encantado que se hubiera muerto en su tierra”, dijo con voz entrecortada, “fue un fuerte gasto, dejar mi trabajo y mis hijos. Pero no fue mucho. Lo escucho desde los ocho años, nunca me perdí un solo show suyo y cómo no le iba a decir adiós”.
La Policía no permitió la entrada de vendedores ambulantes; pero tampoco hicieron falta para mitigar el hambre, ya hacia la tarde, porque la Secretaría de Desarrollo Social dispuso comedores populares cuyo platillo costaba 10 pesos.
La calle Doctor Mora se pobló de hambrientos que, en un principio, no podían salir de sus lugares porque los agentes del orden impedían su paso.
Pero ya una vez afuera, gracias a la intervención de los empleados de la Secretaría, los estómagos quedaron repletos de pollo con mole, tacos dorados de papa, tacos de pastor y hasta filetitos de pescado, los más populares entre los fans y los boleros de la zona.
En las tres filas que se hicieron para entrar al recinto la unión sirvió para cantar y bromear para aligerar la espera. Después de incontables porras hacia el ídolo, sus seguidores unieron fuerzas para impedir que otras personas se colaran en las diferentes líneas.
Las personas se apartaban los lugares por turnos para salir a comer o a los sanitarios, aunque su regreso se dificultaba debido a la aglomeración y a los filtros de seguridad.
Las decenas de pantallas situadas en la Alameda transmitieron la llegada de las cenizas de Juanga, aunque con algunas fallas por momentos.
Gracias a la desorganización y a los colados, que no faltaron, algunos esperaron hasta 12 horas para acceder, mientras otros corrieron con la suerte de entrar en apenas seis horas.
Pero todo ese tiempo no importó, ni siquiera porque sólo caminaron unos 10 segundos frente a la urna, pues el objetivo de decirle adiós al divo había sido cumplido.
“Nunca voy a volver a vivir esto. Por mí, valió totalmente la pena”, opinó Graciela Ramírez, alrededor de las 18:00 horas, después de contemplar por un momento la caja con los restos de Juan Gabriel. (Manuel Tejeda/Agencia Reforma. Con información de Fabiola Santiago)

Vale oro
La gente vivió la jornada con paciencia.

12 horas de espera promedio para entrar al homenaje
10 minutos en entrar y salir de Bellas Artes
10 segundos de estar frente a la urna de Juan Gabriel