Carlos Reyes Sahagún

Cronista del municipio de Aguascalientes

He tenido la oportunidad, el privilegio, de ir a San Juan de los Lagos en varias ocasiones. Lo he hecho con el fin de participar en Aquí entre nos, el programa que transmite XHBI con la firme conducción de la doctora Maricarmen Romo, a quien los sábados seguimos sus excelencias los maestros María Antonia Montes, Jorge Campos Espino, y Jorge Ramos Herrera, y este peregrino de la belleza; este que soy, un buscador de la palabra certera.

Ir a San Juan, acercarse a la basílica, observar el entorno, entrar en el templo, contemplar a la Mariquita de San Juan y más aún a quienes van a verla; a dar gracias y/o a derrumbarse ante su altar como si se tratara de creaturas desamparadas, es una experiencia inagotable, digna de remembranza, dadas las incontables emociones y matices que genera.

Estoy; estamos, en el atrio, en la esquina… ¡Rayos, resulta difícil orientarse sin estrellas a la vista y sin observar el curso del Sol cuando menos una hora! Bueno. Digamos que visto el edificio de frente, nos encontramos a la izquierda, a un lado de la estatua de Juan Pablo II te quiso todo el mundo, un monumento levantado en honor de quien visitó este lugar el 8 de mayo de 1990. Estamos entre la balaustrada y el enorme castillo de pólvora que se quemará en la noche del día de la fiesta; tan grande como para que doña Mariquita de San Juan lo pueda ver desde el cielo, cómodamente instalada en su nube.

Mis ojos se llenan de imágenes que si pudiera convertir en palabras ocuparían un libro de buen tamaño; si pudiera. Por ejemplo yo, que he visto montones de danzantes, de danzas de matlachines; que me he fijado detenidamente en sus atuendos, en sus rutinas, en San Juan encuentro algo que no he visto en Aguascalientes, como esa que está allá; esa que realiza sus evoluciones en la parte amplia del atrio de la basílica, que en verdad es enorme, y que en este día, víspera de la fiesta, está tan lleno de personas que resulta imposible ver la piedra de que está hecho. Y sin embargo la danza se ejecuta sin mayor estorbo. Es un baile de apaches y soldados, que parecería de Coahuila, pero que es de Querétaro. Los soldados son -como diría Tres Patines: ¡asómbrate chico!- franceses. De hecho llevan una bandera de este país, aunque con el color azul falto de energía; bastante claro. Es, según el estandarte que portan, la “Auténtica danza de apaches y soldados de la Virgen de los Remedios de San Pablo, Querétaro”. Virgen de los Remedios, de San Juan, de Guadalupe, de la Asunción, del Rosario, de Lourdes, de Zapopan, de Talpa. ¡Vírgenes por todas partes, y el mundo tan poblado!…

La danza forma un círculo, y ambos contingentes giran en sentido contrario, los apaches dentro. Traen machetes y van chocándolos con los franchutes conforme se encuentran. Los indios lucen un traje que incluye un pantalón blanco y la faldilla roja. Los soldados, que de seguro recuerdan a aquellos que el tal por cual de Napoleón III envió para fastidiar a México, lucen un kepi como de la Legión Extranjera. El capitán de la danza trae un penacho y un escudo con una fotografía de un apache. Todo esto; este conjunto me llama la atención porque Querétaro no es zona de esta etnia, que más bien se ubica en el norte. Otra diferencia con nuestros danzantes es que estos acompañan su danza con una tarola y un bombo.

Con ellos vienen hombres y mujeres cuyas cabezas están coronados de espinas o de flores, como si se tratara de coronas de novia, aparentemente hechas de azahares. Me dicen que en algunos casos la mujer porta una blanca porque es la primera vez que trae al niño de brazos. También ocurre que alguien traiga una diadema de flores debido a que es la primera vez que viene, en tanto que quien porta una corona de espinas ya ha venido varias veces.

Otros grupos de personas se abren paso por un lado de la danza, y conforme se acercan a la puerta central del templo se apretujan. Quien los encabeza trae en andas una imagen de bulto de la Virgen de San Juan, pequeña, guardada en un capelo. El grupo canta alabados, esas piezas lacrimosas, de voces llenas de candor, que pronto se confunden con la música que interpreta un mariachi cuyos elementos cantan Las Mañanitas con extrema seriedad. Como prácticamente todo el mundo alrededor, las expresiones de los músicos están colmadas de cansancio, la vigilia acumulada en la espalda. Cantan Las Mañanitas, y curiosamente en lugar de utilizar el familiar tuteo; el que todos conocemos, usan el solemne, respetuoso y un tanto distante usted, algo que no había escuchado… “Qué linda está la mañana, en que vengo a saludarla; venimos todos con gusto y placer a felicitarla. Ya viene amaneciendo, ya la luz del día nos dio. Levántese de mañana, mire que ya amaneció.”

La luz del día nos dio… Siempre la luz; siempre esa obsesión que nos impulsa a buscar la luz, esa que simboliza la que emana de la luminaria diurna; luz y calor para generar la vida y sostenerla, aunque no esa, material, sean ondas o corpúsculos, sino aquella otra, difusa, escurridiza, más invisible que la solar, la luz interior, la que ofrezca claridad para el camino; aquella que ilumine el lado oscuro de la vida.

Fiesta de la Candelaria; celebración de la luz; de las candelas… Fiesta de la Virgen de San Juan…

Todos necesitamos la luz. Unos la buscan en la religión; en lugares como este. Otros en los libros y otros más entre las estrellas, en lo más recóndito de sí mismos. Finalmente no deben faltar quienes cuando escuchan la palabra han de pensar en la que genera la CFE. O sea que la luz es tan misteriosa, tan necesaria, tan deseada, que da para entender un sinfín de cosas. (Felicitaciones, ampliaciones para esta columna, sugerencias y hasta quejas, diríjalas a carlos.cronista.aguascalientes@gmail.com).