Por J. Jesús López García 

En todo asentamiento humano existen una o más edificaciones que por su valor arquitectónico, artístico, histórico, patrimonial o testimonial –en ocasiones presentándose sólo una de esas cualidades, en otras incluso todas–, destacan como hitos en la memoria de sus habitadores; fincas estimadas por representar no sólo a los  residentes  verdaderos –presentes o pasados– en un  momento determinado o a un sector socio-cultural, sino a toda la comunidad, de tal manera que conlleva las costumbres, tradiciones, experiencias, anhelos y aspiraciones.

No cabe duda que esos inmuebles deben ser salvaguardados, ya que más que objetos estrictamente materiales, son instrumentos para alcanzar fines trascendentales casi intangibles, llámense identidad, carácter, personalidad, y además una serie de significantes para otorgar sentido o valor a un lugar habitado.

A ese respecto basta ver cualquier película sobre catástrofes de todo tipo, natural, bélica o alienígena, donde parte del impacto del inminente fin para los humanos recae en la destrucción de bloques icónicos para su metrópoli y para el mundo entero: la Torre Eiffel, en París, el edificio Chrysler en Nueva York, la Torre Latinoamericana en la Ciudad de México o el Hotel Burj Al Arab Jumeirah en Dubai, Emiratos Árabes Unidos. Desafortunadamente, la realidad en ocasiones hace trágica sombra a la ficción, a veces nos presenta casos similares –todo de la mano del mismo hombre– como las Torres Gemelas del World Trade Center de Nueva York, o las ruinas de Palmira en Siria.

Sin embargo, y traduciendo todo esto al contexto cotidiano y menos mediático o de cinematografía, en nuestra ciudad también poseemos obras icónicas, ganado tal atributo por el aprecio sucesivo de generaciones y por la vigencia de su simbolismo. Es difícil que esos edificios sufran algún daño del tipo mencionado, no obstante su contexto permanece vulnerable.

¿Qué constituye ese entorno? Lo constituyen edificios, estructuras urbanísticas e incluso tipos de habitar el espacio y la ocupación en el sitio que no corresponden al producto de la denominada <<alta cultura>>, o por la cotidianidad de su cercanía, no comportan funciones asociadas a cierto ceremonial cívico o religioso sobresaliente. Aun así ese contexto debido a su relativa poca importancia, posee un peso específico al momento de valorar las fincas notables de las inmediaciones; su papel es reflejar brillo en la arquitectura de valor que le es contigua.

Es por ello que generan un ambiente que permite interpretar mejor la importancia de los monumentos que se ubican en su inmediación. El soporte del contexto arquitectónico es invaluable, sin él la arquitectura que actúa a la manera de una <<prima donna>> simplemente pierde fuerza en su representación y transmite exiguamente su mensaje. No habría asideros a los cuales recurrir para que ese sitio sea un lugar con <espíritu>> tal y como se estilaba en la mitología romana: el genius loci, el alma que protege el sitio.

Alrededor de la Plaza de Armas en Aguascalientes, de carácter fundacional para nuestra ciudad, se ubican monumentos de cuatro siglos distintos, con edificios de estilos antagónicos como el barroco de la Catedral y el Palacio de Gobierno, neoclásicos como el Palacio Municipal o la columna central, ambos de inicios del siglo XIX, o en su caso la Exedra de los años cuarenta del siglo XX; eclécticos como los originalmente hoteles Francia y París –actualmente con distintas actividades–, el primero utilizado como restaurante y tienda de regalos, y el segundo como sede del Palacio Legislativo;  ejemplos tardo-modernos de los años sesenta, el Edificio Consvill; ejemplares posmodernos, y de reciente fábrica contemporánea como el Patio de las Jacarandas.

Todo lo citado conformando un contexto, sumándose a él otro contingente de fincas con estilos y temporalidades no muy definidas ya que han sido intervenidos a lo largo de las décadas. Son inmuebles discretos sin grandes alardes compositivos o formas muy ostentosas, siendo uno de ellos el Hotel Imperial, que siguiendo las pautas de construcción tradicional alineada al paramento de los demás edificios del lugar, fue realizado con piedra de matacán en parte de lo que fuese el presidio original que dio pie a la fundación de Aguascalientes y dentro del cual aún sobrevive un pequeño torreón en el interior y parte de los muros de aquella construcción militar.

Sin embargo, el conjunto no solamente ofrece lo anterior, ya que si uno se desplaza por los espacios internos se encontrará con elementos de la arquitectura ecléctica neogótica de arcos ojivales y conopiales, con pinjantes y demás rasgos del estilo, además de su excelso espacio central. Por el exterior, durante un tiempo funcionó un casino y en sus paredes ha exhibido múltiples comercios.

Localizado en el primer cuadro de la plaza principal acalitana, posee desde sus balcones vistas privilegiadas al contexto que el edificio mismo ha ayudado a configurar. Acompañante íntimo de los grandes monumentos, el contexto sea natural –como las arenas del desierto que son absorbidas por el cercano El Cairo y que han sido inherentes al recuerdo de las pirámides de Gizeh en Egipto– o urbano, es a la vez testigo y vocero de la dimensión simbólica en su ilustre vecindario.