Por J. Jesús López García 

El funcionalismo fue una corriente de la arquitectura moderna, heredera pragmática del racionalismo que surgió desde el neoclásico del siglo XVIII y la revolución tecnológica que le acompañó para luego continuar por su propio camino. La complejidad de los nuevos sistemas arquitectónicos y urbanos surgidos tras la Revolución Industrial tuvieron que establecer pautas de diseño centrados en la adecuación al uso; fue así como el funcionalismo se convirtió en una especie de adalid del racionalismo que en la arquitectura atañó en principio como la congruencia de la composición arquitectónica con la edificación y la paulatina exención de todo aquello considerado accesorio, clausurando así, el episodio precedente de la sobrerrepresentación barroca.

Las construcciones en donde se aplicó el funcionalismo incipiente fueron los puentes, así como estaciones de tren, naves industriales, y gradualmente a medida que los procesos pedagógicos fueron transformando, en las escuelas.

Desde siempre, la educación escolar se ha ido modificando a lo largo de la historia. Las edades mismas de los alumnos han mostrado mayor o menor atención cada una de ellas en ese fluir cronológico. En la primera escuela pública de Aguascalientes, la Escuela de Cristo nacida durante el siglo XVIII, por ejemplo, se aprecia el gran espacio en el que funcionaba como la única aula, dirigida a niños de edades disímbolas. En un solo recinto se instruía a grupos variopintos de niños.

Por otra parte, la pedagogía contemporánea entraña la clasificación de aquellos que habrán de recibir educación por edades principalmente, lo que provoca una necesaria separación de ámbitos de acuerdo al nivel de madurez mental, física e intelectual de los individuos.

La instrucción escolar hasta no hace más de doscientos años era un privilegio en lo que ahora es un derecho general a toda la población, pero aún así, las escuelas que hoy nos parecen cosa vieja apenas van a cumplir un siglo de haberse concebido de esa manera.

En materia arquitectónica los sitios tradicionales de la enseñanza se presentaban como edificios de cierto impacto urbano, en consonancia con su significación respecto a la comunidad. La mencionada Escuela Pía es una crujía de altura y media, y no obstante la desnudez de sus paramentos exhibe a manera de portada un acceso de dintel y jambas de piedra labrada; actualmente no son esos elementos formales los que dan presencia simbólica a las escuelas y otros conjuntos dedicados a la atención a infantes; ese tratamiento de casa principal con aires de edificio eclesiástico ha cedido el paso a una configuración espacial donde galerías de aulas se congregan en torno a plazas cívicas e instalaciones deportivas, sean los planteles del Estado laico o bien de particulares religiosos como el del patio del Hogar de la Niña “Casimira Arteaga”, proyecto y obra del arquitecto Francisco Aguayo Mora.

El funcionalismo en los centros escolares y edificios dedicados a concentraciones importantes de niños y adolescentes, es lo mismo una caracterización del racionalismo contemporáneo y un modo de representar una contemporaneidad racional. Esos inmuebles se erigen como volúmenes asépticos organizados para un uso práctico donde iluminación, ventilación, disposición de mobiliario, circulaciones, aislamiento acústico y proximidad de instalaciones complementarias tales como canchas de básquet y vóley bol, cafetería y plazoletas, se organizan en una especie de nuevos claustros donde el estudiante o el habitante experimenta la disciplina en una jornada normativa.

Existen ocasiones que esa relativa simplicidad resultante se pretende fracturar con alguna licencia de imagen formal, sin embargo debido a la intensidad de uso y lo pasajero de todo accesorio, se vuelve a la sencillez compositiva como una medida necesaria para evitar distractores y además abatir costos de mantenimiento. En estos casos la austeridad no refleja <<pobreza>> sino simplemente facilidad de empleo y versatilidad en su uso.

Los planteles escolares modernos tienen aún la influencia del modelo de Illinois que introdujo a mediados del siglo pasado el arquitecto Roberto Álvarez –el Centro Escolar “21 de Agosto” en 1945 y el Centro Escolar “Rafael Arellano Valle” en 1946-, pero también -y eso igualmente en edificios destinados a recibir a infantes en situaciones familiares o económicas adversas- se percibe aunque de manera indirecta, cierta filiación a lo que en la Alemania anterior a la Segunda Guerra Mundial se conoció como Nueva Objetividad, tendencia radicalmente funcionalista de la que Hannes Meyer, penúltimo director de la Bauhaus, fue representante de importancia, y que introducida a nuestro país por el mismo personaje en los años cuarenta del siglo XX, de alguna manera fue útil como una plataforma para crear el Comité Administrador del Programa Federal de Construcción de Escuelas (CAPFCE) que continúo vigente hasta relativamente poco tiempo y que hoy su semejante es el Instituto Nacional de la Infraestructura Física Educativa(INIFED).

Es conveniente mencionar que el autor del Hogar de la Niña “Casimira Arteaga” el arquitecto Aguayo Mora fungió como el primer titular de la delegación estatal del CAPFCE en Aguascalientes, cuyos lineamientos constructivos dio forma a un refugio para un sector social.