Analine Cedillo Agencia Reforma

CIUDAD DE MÉXICO.- Atesorar detalles de un destino, poseer la belleza del camino y compartir los descubrimientos son motivos que durante siglos han llevado a los viajeros a escribir.
Legendarios cronistas como Marco Polo o Hernán Cortés, y contemporáneos como Anthony Bourdain o Juan Villoro han plasmado con letras sus travesías y enfrentado con palabras lo desconocido, con fines tan terrenales como comunicar hallazgos, hasta más intangibles como reconstruir el propio pasado. Quienes actualmente viajan por placer, también siguen la tradición.
“Cuando escribo un diario estoy guardando la experiencia para el futuro. Muchas veces sirve también de pasatiempo en las horas muertas”, cuenta Maya Ávila quien que en los últimos meses ha recorrido Marruecos y Croacia. “Me encanta leer diarios de hace bastantes años, me recuerdan cosas que había olvidado”.
Escribir un diario de viajes propicia que se pongan en práctica ciertas habilidades cognitivas que modifican la experiencia, señala Laura Valdéz, psicóloga.
“Habilitas tu memoria, tanto a corto plazo como tu memoria remota, tu nivel de atención, de concentración y vas como mucho más atenta a los detalles y mucho más atenta a lo global”, explica. También se desarrollan otras habilidades como la capacidad de escucha, la capacidad verbal o de análisis y síntesis.
Al escribir también se manifiesta la capacidad de sublimación, o de ser creativo, indica Laura. Así, algunos transmitirán su andanzas en prosa, de forma epistolar, o incluso con poesía; añadirán recortes, boletos, fotos o ilustraciones, o apostarán por añadir información útil para otros viajeros.
“En los viajes un cuaderno me es imprescindible, desde para anotar recetas, datos, contar las historias de las que soy espectadora o para describir los espacios que visito y mis emociones”, dice Dayanna Velarde. Su búsqueda se ha convertido en una suerte de ritual para sus recorridos.
“La tinta y el papel tienen una magia que ningún aparato electrónico tiene, creo que yo asocio el movimiento de mi mano con mi proceso de pensamiento para repasar mi día e hilar las historias que quiero contar”, destaca esta mexicana que ha recorrido América, Europa, India y Medio Oriente.
Como cualquier ejercicio, la escritura requiere de práctica para conseguir cierta maestría. No queda más remedio que viajar mucho y escribir más, motiva la especialista.
Manos a la obra
El autor, pintor y viajero inglés John Ruskin (1819-1900) -escribe Alain de Bottom en “El arte de viajar”- llegó a la conclusión de que las personas tenemos una tendencia innata a responder a la belleza y a desear poseerla, lo que durante un viaje se manifiesta en el deseo de tomar una foto o comprar un recuerdito.
Sin embargo, de acuerdo con Ruskin, la única forma apropiada de poseerla es ser conscientes de los factores (psicológicos y visuales) que son responsables de ella y la manera más efectiva de aspirar a esta comprensión consiste en intentar describir los enclaves bellos por medio del arte, dibujándolos o escribiendo sobre ellos, independientemente si se tiene talento o no.