1ª Función
“LA CHICA DANESA” (“THE DANISH GIRL”)
Aunque ninguna batalla por cualquier derecho civil puede jamás darse por terminada, aún si los medios de comunicación -en particular el cine- procura fotografiar el entorno sociocultural con objetivos de color rosa homogéneo, algunas pueden resultar más perentorias de acuerdo a sus trazas evolutivas para la generación en turno. En el caso de los derechos para personas transgénero o incluso para la comunidad homosexual en general, se concreta una de las pugnas sociológicas más añejas que sólo logrará coronarse cuando la mente colectiva de los moral, dogmática y meméticamente presos de su relato nacional acepte y sume a su cotidiano la condición natural y milenaria de dos personas del mismo sexo osculando o copulando. “La Chica Danesa”, la más reciente cinta del director inglés Tom Hooper (“El Discurso del Rey”) conjuga esta visión asistido de la verdadera historia de Einar Wegener, uno de los pioneros en el tratamiento clínico mediante cirugía para reasignar su género y completar su renovación en Lili Elbe, un alter ego que no sólo produjo escándalo y polémica en la conservadora comunidad de Copenhague en 1926, también imbuyó de libertad y solidez existencial tanto a Einar como a su esposa Gerda, ambos pintores. El relato encuentra una tónica muy medida mediante una interacción orgánica y compleja entre estos dos personajes, viéndose el drama de esta cinta sostenido con mucha eficacia por esta dinámica más que por la “escandalosa” premisa. Einar (interpretado con excelencia por Eddie Redmayne) comienza su exploración y quebranto sobre su propia sexualidad cuando Gerda (Alicia Vikander en un papel rico y lleno de matices) le solicita posar para ella con vestimenta femenina. Al hacerlo, ambos abren su caja de Pandora, pues él descubre que dichas prendas al contacto de su piel se perciben naturales y reconfiguran la percepción que posee sobre sí mismo, mientras que ella, pintora en ciernes desubicada en cuanto a sus modelos de expresión artísticos, descubre que el plasmar en lienzo a su nuevo (a) muso (a) le provee un inusitado éxito en galerías. Gradualmente la relación entre ambos se transformará paralelamente a la metamorfosis de Einar en Lili, quien se presenta en sociedad bajo el amparo de la comprensiva y curiosa Gerda como prima de su esposo mientras la nueva dama experimenta la cercanía de hombres atraídos a su enigmática y peculiar belleza andrógina. El filme activa sus arcos dramáticos con resolución y los desarrolla con mesura, siendo filmados por Hooper con tal delicadeza y exquisitez que la narrativa bien pudiera ser un reflejo del mismo protagonista, explorando su tema sin estridencias melosas o maniqueas, estableciendo un delicado equilibrio entre la indagación psicosexual de Einar y la expansión emocional que representa Gerda, un personaje muy fértil en cuanto a psicología y condición humana se refiere al punto que, debido a su potencia y amplitud en la gama de emociones mostrada en el filme (madurez, firmeza, confusión, amor, lealtad, etc.), da la impresión que ella bien pudiera ser la Chica Danesa del título. La cinta es pródiga en cuanto a escenas reflexivas y honestas sobre la renuncia a un género sexual por otro y brinda la oportunidad para que su notable cuadro de actores nos obsequie con sus mejores interpretaciones a la fecha. “La Chica Danesa” es, sin lugar a dudas, la más guapa en cartelera esta semana.

2ª Función
“EL RENACIDO” (“THE REVENANT”)
Cada vez que se estrena una película de Alejandro González Iñárritu en nuestro país, es señal que a nuestra cartelera arriba un hermoso presente, de reluciente y primoroso aspecto que dedica una esperanza que anida en cualquier cinéfilo o narratófagos similares en forma de una promesa sobre una historia que trascienda al igual que las imágenes con que se cuenta. Y de igual forma, cada vez que abrimos ese centelleante obsequio descubrimos un vacío, una oquedad argumental ya característica en el idiolecto del director mexicano donde el estilo siempre será prioritario sobre la sustancia. “El Renacido”, su más reciente trabajo, no es la excepción, y si en efecto se trata del trabajo más pulido y detallado hasta el momento del cinefotógrafo Emmanuel Lubezki, su incomparable trabajo de belleza natural y plástica salvaje tan solo enmascara una trama plana y poco sustancial habitado por personajes unidireccionales como sacados de la línea de montaje de arquetipos, incluso si se basa en una historia real. La cinta comienza con la presentación del personaje principal, un trampero y cazador llamado Hugh Glass (Leonardo DiCaprio) quien, junto con su hijo mestizo producto de la cópula con una india Pawnee ahora fallecida debido a un ataque sobre su aldea, forman parte de una expedición dedicada a la recolecta de pieles animales en la Dakota de 1820, liderada por John Fitzgerald (Tom Hardy), hombre déspota y calculador de habla gutural y en ocasiones ininteligible que antagoniza con frecuencia con Glass, quien se nos muestra además de étnica y ecológicamente consciente como un alma noble y tenaz. Sin embargo, el destino querrá que se vea cara a cara con un feroz oso Kodiak, quien lo arremete con furia dejándolo herido de muerte. Sus compañeros se ven obligados a dejarlo a su suerte debido a que el inclemente frío y la amenaza de una tormenta impiden llevarlo como lastre, situación que Fitzgerald aprovecha para ajustar despiadadamente cuentas con Glass asesinando a su hijo frente a sus moribundos ojos. Débil y en el umbral de la muerte, Glass logra recuperarse motivado por su sed de venganza contra Fitzgerald y aquellos que lo abandonaron. Análogamente atestiguamos las pesquisas de un avejentado indio Pawnee por encontrar el paradero de su hija desaparecida en una empresa que representa tanto un riesgo emocional como físico, pues el gélido ambiente representa un adversario que atenta con la vida de ambos personajes. El desarrollo de la cinta condensa dicha lucha mediante una sucesión de escenas donde se nos muestra a Glass gruñendo, jadeando, mordisqueando vísceras crudas como único alimento y destripando caballos para despojarlo de sus entrañas y guarecerse del frío brutal en su carcasa, mostrándonos a un Leonardo DiCaprio en condición de crudeza ante los elementos y a un Iñárritu canalizando a su Terrence Malick interno, encomendándole a Lubezki que los violentos y ásperos eventos sean retratados mediante un manejo de la plástica al natural demasiado cercana al que utiliza el maestro director de “El Arbol de la Vida”, algo que no debería representar problema si no fuera porque la belleza en las imágenes diseñadas en composición y encuadre por “El Chivo” distraen de lo que se supone sea la conflagración del hombre contra su entorno y sí mismo en una lucha simbólica por reencontrar su alma (aquí “El Negro” Alejandro lo trabaja mediante una construcción alegórica elemental como el que el personaje principal se vea sustentado y alentado por su amante e hijo muertos en delirios provocados por la ira, la soledad y el despojo), sin que afinen un supuesto ying y yang existencial, imagen en contrapunto a la visceralidad narrativa, dejando todo el potencial de una historia tan apasionante (por cierto, ya adaptada al cine en una película de 1971 más objetiva y menos petulante titulada “Furia Salvaje”, con el especialista en personajes caucásicos simpatizantes con las causas indígenas Richard Harris) a merced de los estropicios narcisistas de este director amante del ruido y muy pocas nueces. “EL Renacido” es, en efecto, un regalo, pero por todas las razones incorrectas.

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