Carlos Reyes Sahagún

Cronista del municipio de Aguascalientes

Está en marcha una temporada teatral que recuerda el paso del Padre de la Patria por la hacienda de San Blas, hoy Museo de la Insurgencia de Pabellón de Hidalgo, Rincón de Romos. Asisto a la representación del sábado 22 de agosto, a despecho del aguacero que cae en horas de la tarde, y que no hace sino incrementar la tensión dramática que se enseñorea de la representación. Llueve, y la directora de la institución, la maestra Yolanda Hernández, se disculpa con el respetable por no haber podido convencer a San Isidro labrador, para que quitara el agua y pusiera el sol.

Desde una de las dependencias del museo, en el lado sur, sale la comitiva, tres militares y don Miguel Hidalgo. Marchan imperturbables en medio de la lluvia, hacia la entrada del establecimiento. Al ruido del agua chocando con la piedra se suman los aplausos de unas 200 personas, principalmente ancianos.

Justo en el límite del zaguán, Hidalgo arenga a esta pequeña multitud: “¡Viva nuestra madre santísima de Guadalupe!” Y como no hay mexicano que se resista ante semejante grito, todos a una responden: ¡Viva! “¡Viva la América!”, prosigue el religioso, “¡Viva Fernando VII! ¡Muera el mal gobierno!”

Y sigue: “Aquí comienza la historia. La historia de fortaleza, de esperanza; de los que estamos de pie y de los que han caído. Los triunfos, desengaños, las traiciones; nuestra Historia…”

Hidalgo recuerda los primeros momentos de este movimiento, y entre tanto sus compañeros de armas, los militares Ignacio Allende, Ignacio Rayón y Rafael de Iriarte marchan a su alrededor. Lo hacen en cámara lenta, con pasos claros, contundentes y sonoros.

“¡En este momento de la Historia te hablo a ti; y me hablo a mí!” Clama Hidalgo posando sus ojos en las nubes, que no dejan de vaciarse sobre la Tierra. “¡A ti, Señor, que todo lo ves y lo escuchas! ¡A ti, que estás sentado a la diestra del Padre! ¡Tú, que creaste leyes en forma de mandamientos!…” Y entonces, por contraste, recuerda todos aquellos actos que a lo largo de la campaña han violentado los mandamientos divinos… “¡Mis manos están llenas de sangre!” confiesa el excomulgado. “¡Pero son manos que sostienen a otras, las de un pueblo golpeado y humillado!… “Guadalajara fue la cumbre… ¡La gloria y el poder éramos uno!” La voz se le ahoga en la desesperación al recordar la lucha y derrota en Aculco, las manos llenas de sangre en Guadalajara.

Y así como para enfatizar la alta tensión que domina la escena, el desgarramiento que acarrea la violación de los sagrados mandamientos y la lucha por la libertad, el cielo se hace eco del drama y retiembla en el ruido imponente de un trueno, grave y profundo. Finalmente Hidalgo guarda silencio y se aleja; se dirige a la puerta de la hacienda.

Es el momento en que intervienen los otros protagonistas, que se preguntan si el ex párroco de Dolores acudirá a la cita y enfrentará las acusaciones que piensan hacerle. Hidalgo regresa y saluda a los presentes no sin un dejo de desconfianza en la mirada, y sugiere descansar, aprovechando el cobijo que la hacienda les ofrece.

Sin embargo, ellos se niegan. “Tenemos que hablar”, dice uno. Hidalgo insiste en el descanso, pero ellos no ceden. Así que entonces se entabla la desigual discusión, el recuento de pérdidas, la adjudicación de responsabilidades, la explicación de los actos, hasta la decisión final: el despojo a Hidalgo del mando, y su conversión en figura puramente decorativa, y en el aire, todo el tiempo, la conseja popular, terrible, de que “quien se mete a redentor termina crucificado” o, en palabras de Hidalgo, escupidas a la cara de Allende con coraje y amargura: “Los que inician estos movimientos raramente ven sus frutos”…

Este próximo sábado Hidalgo volverá a la hacienda de San Blas de Pabellón, para reanudar su disputa con Allende y compañeros, por si usted gusta apersonarse y ser testigo de este pedacito de la Historia. La cita es en Museo de la Insurgencia, a las 18 horas. Hidalgo será encarnado por Fernando López, en tanto que Adrián Díaz le dará vida a Allende, Armando Martínez como Rayón, y Alejandro Juárez como Iriarte. Todos ellos dirigidos por Edgar Rizo, a partir de un texto de Lourdes Gámez.

La obra vale la pena; está bien planteada y desarrollada. La información que se aporta se apega a los hechos conocidos y es lo suficientemente sintética como para, en los 18 o 20 minutos que dura, el respetable se haga con una idea clara del movimiento insurgente desde su estallido hasta ese momento de sombras.

Uno puede encogerse de hombros; contemplar la historia con indiferencia, como si se tratara del patrimonio de los políticos que se la han apropiado en su beneficio y que utilizan para aleccionarnos, o con el hastío que provoca la sucesión de fracasos; de oportunidades fallidas que dan por resultado un país con logros dignos de mérito, pero también graves atrasos.

O puede, también, asumirse como miembro de esta gran comunidad que es México, que en cierta medida es resultado de aquellos y otros hechos, y permitir que este selecto cuadro de actores lo contagie con las pasiones que quizá devoraron las mentes y corazones de aquellos hombres; aceptar que Hidalgo le habla a usted; le pide que considere las razones que explican su actitud, o que Allende le solicita su apoyo para destituir al sacerdote devenido en soldado para, finalmente, evaluar lo realizado en aras de la libertad de México.

No puedo terminar con estas líneas sin manifestar mi desacuerdo con la arenga del padre de la Patria a Fernando VII, monarca mezquino, miope, reaccionario e hijo de su ya ni modo, cuya actitud no hizo sino prolongar el derramamiento de sangre… (Felicitaciones, ampliaciones para esta columna, sugerencias y hasta quejas, diríjalas a carlos.cronista.aguascalientes@gmail.com).