Para todos aquellos colegas que cumplen con su deber en silencio

Luis Muñoz Fernández.

Parece que hoy y aquí la palabra humilde tiene mala prensa. Con frecuencia la asociamos con servilismo, sumisión abyecta, cierta pobreza de espíritu y conformismo con la propia vida. Humilde es el pobre que acepta su destino miserable. Pero humildad también es otra cosa. “Virtud que consiste en el conocimiento de las propias limitaciones y debilidades y en obrar de acuerdo con este conocimiento”, dice el diccionario.

No por casualidad humildad tiene sus orígenes en humus, tierra, que nos remite al hombre que está en contacto con sus raíces, “con los pies en la tierra” y que, por tanto, sabe lo que es. En este sentido, todos deberíamos ser humildes, particularmente los médicos. Con frecuencia nos enfrentamos la enorme complejidad del ser humano –otra palabra emparentada con humus– enfermo. Es una lástima que la humildad no esté de moda.

Por eso ha sido una sorpresa muy grata descubrir las memorias del doctor Henry Marsh, un destacado neurocirujano inglés. Por operar lo que la mayoría considera la parte más noble de la anatomía humana, la humildad alcanza con Henry Marsh una de sus cotas más altas.

El libro se titula Ante todo, no hagas daño (Salamandra, 2016), lo que hace referencia a la máxima hipocrática por excelencia, principio rector de la práctica médica. Aunque no se trata de algo intencional, siempre existe la posibilidad de que los médicos dañemos al paciente con nuestros recursos diagnósticos y terapéuticos. Por eso, siempre debemos anteponer el respeto al enfermo y extremar la cautela cuando nos disponemos a atenderlo. Toda precaución es poca.

El doctor Marsh nos habla en primera persona, pone a nuestra disposición su vasta experiencia médica y quirúrgica y, como pocos, nos comparte sus éxitos y sus fracasos. Asombra la facilidad y aparente desprendimiento con los que describe las causas y consecuencias de sus descalabros. Admite sin reparos que los fallos en el juicio y la percepción, un mal estado de ánimo o a veces un exceso de confianza ocasionaron desenlaces inesperados con secuelas irreversibles para sus pacientes: No pretendo minar la confianza de la gente en los neurocirujanos –ni en la profesión médica, ya puestos–, pero confío en que este libro ayude a comprender las dificultades, tan a menudo más de naturaleza humana que técnica, a las que se enfrentan los médicos… Los médicos son humanos, como el resto de nosotros. El médico pocas veces tiene control alguno sobre el éxito y el fracaso. Saber cuándo no hay que operar es tan importante como saber operar, y la experiencia en lo primero es más difícil de adquirir.

También muestra que sus sólidas bases científicas y su confeso materialismo no le impiden maravillarse ante el misterio de la mente humana: A menudo me veo obligado a hurgar en el cerebro… Observando a través del microscopio quirúrgico me abro paso poco a poco por la sustancia blanca de la masa cerebral, en busca del tumor. La idea de que mi aspirador avance a través del pensamiento en sí, de la emoción y la razón, de que los recuerdos, los sueños y las reflexiones puedan formar parte de esa gelatina, resulta demasiado extraña para comprenderla.

Sus comentarios, con frecuencia críticos, sobre el Sistema Nacional de Salud de Inglaterra, sus alcances y limitaciones, son muy ilustrativos. A pesar de sus fallas, Marsh ha trabajado en él toda su vida y también reconoce sus bondades. De igual manera, nos relata su relación profesional con Ucrania, en donde su colega Igor, formado en parte con el propio doctor Marsh, lleva a cabo una labor titánica en medio de las condiciones más difíciles. El propio Marsh ha viajado en numerosas ocasiones a Ucrania para operar varios de los pacientes de Igor, enfrentando incluso a la durísima burocracia médica de aquel rincón del mundo.

Ocupa un lugar destacado la descripción de su labor como profesor de neurocirugía, en contacto permanente con los médicos residentes, con quienes se reúne todas las mañanas para revisar con ellos los casos que han ingresado en las últimas horas. Son sesiones muy instructivas tanto para los alumnos como para el maestro, pues a él le permiten mantenerse al día y poner a prueba sus propios conocimientos. Un ejemplo patente de aquel refrán que dice: “La mejor forma de aprender es tener que enseñar”.

En algunos capítulos a lo largo del libro se hace evidente que Henry Marsh no comulga con la nueva estirpe administradores que hoy trabaja en los hospitales, muy afecta a organizar cursos sobre la calidad de la atención y temas relacionados. Cursos que en Inglaterra se llaman Capacitación Reglamentaria Obligatoria: ¿Eso qué es? –pregunté señalando el papel… Una total y absoluta pérdida de tiempo… Me contaron después que el conferencista sólo tenía experiencia en el campo de la hostelería… ¡Ni siquiera sabía de lo que estaba hablando! Simplemente lo habían formado para soltarnos todo aquel rollo.

A modo de conclusión, he aquí unas líneas de La filosofía de la cirugía (1951), del cirujano francés René Leriche, que el doctor Marsh cita al principio de sus memorias: Todo cirujano lleva en su interior un pequeño cementerio al que acude a rezar de vez en cuando, un lugar lleno de amargura y pesar, en el que debe buscar explicación a sus fracasos.

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