Luis Muñoz Fernández

En 1958, cuando yo era estudiante de medicina, el gran neuropsicólogo soviético A. R. Luria vino a Londres para impartir una conferencia sobre el desarrollo del lenguaje en un par de gemelos idénticos. La manera en la que combinó las facultades de la observación, la profundidad teórica y la calidez humana me pareció reveladora.

 

Oliver Sacks. On the move. A life, 2015.

 

El pasado domingo 30 de agosto de 2015, su muerte ocupó las primeras planas de buena parte de los periódicos más importantes del orbe. Fue un médico y un escritor muy apreciado, como bien lo señaló al día siguiente Jesús Silva-Herzog Márquez en su columna del periódico Reforma a la que tituló “El arte del médico”:

Pienso en el artista que hubo en Oliver Sacks, muerto hace unas horas. Artista por cuenta doble: primero como neurólogo, después como escritor. Tal vez haya sido una empatía literaria lo que le permitió imaginar la vida de los otros, sentir la experiencia interior de sus pacientes. Sacks se acercaba así a sus pacientes, simultáneamente buscando al tratamiento y la evocación: al dictamen y al relato. El diagnóstico del neurólogo es, necesariamente, un retrato. La enfermedad se disuelve como abstracción para ganar vida.

 

La suya fue una muerte anunciada. Un raro privilegio tal vez fruto del azar, pero indudablemente merecido. Al saberse aquejado de un cáncer avanzado e incurable, publicó en febrero de este año una carta que ha dado la vuelta al mundo. Inspirado por una breve autobiografía que el filósofo David Hume escribió en 1776 al saberse mortalmente enfermo, Sacks la tituló “De mi propia vida”:

Doy gracias por haber disfrutado de nueve años de buena salud y productividad desde el diagnóstico inicial, pero ha llegado el momento de enfrentarme cara a cara con la muerte. Las metástasis ocupan un tercio de mi hígado, y, aunque se puede retrasar su avance, son de un tipo de cáncer que no puede detenerse. De modo que debo decidir cómo vivir los meses que me quedan. Tengo que vivirlos de la manera más rica, intensa y productiva que pueda…

…Cuando una persona muere, es imposible reemplazarla. Deja un agujero que no se puede llenar, porque el destino de cada ser humano –el destino genético y neural– es ser un individuo único, trazar su propio camino, vivir su propia vida, morir su propia muerte…

 

El doctor Jerome Groopman, especialista en enfermedades de la sangre y tumores malignos, escritor como Sacks, publicó un ensayo en la revista norteamericana The New Yorker destacando la faceta médica de Oliver Sacks:

Fue un médico extraordinario y ejemplar.

A menudo, la neurología se describe como una disciplina en la que el médico cultiva cierto desapego con el enfermo. Sacks, que tenía 82 años cuando murió, se adiestró en esa especialidad antes de la llegada de la tomografía computarizada y la resonancia magnética nuclear. Aprendió a observar a sus pacientes minuciosamente, apelando a su destreza profesional y asombrosa percepción para hacer análisis meticulosos de la fuerza muscular, los reflejos, las sensaciones y el estado mental. Haciendo esto, llegaba a un diagnóstico que le permitía localizar la lesión en la anatomía del cerebro o la médula espinal.

 

A diferencia de la actitud un tanto fatalista de otros neurólogos, Oliver Sacks demostró que se podía superar esa visión de la profesión y cuestionó las bases de lo que se consideraba normal o anormal, sano o enfermo. No se conformó con diagnosticar el padecimiento, sino que buscó los potenciales ocultos que el propio paciente no había descubierto en sí mismo y que le pudiesen ayudar a adaptarse a su nueva condición.

Ejerció una de las formas más elevadas del arte médico, “la tradición de los relatos clínicos ricos en contenido humano conoció un gran auge en el siglo diecinueve y luego decayó, con la aparición de una ciencia neurológica impersonal”, según él mismo explicaba en el prefacio de El hombre que confundió a su mujer con un sombrero (Anagrama, segunda reimpresión 2012):

Para situar de nuevo en el centro al sujeto (el ser humano que se aflije y que lucha y padece) hemos de profundizar en un historial clínico hasta hacerlo narración o cuento; sólo así tendremos un “quién” además de un “qué”, un individuo real, un paciente, en relación con la enfermedad… en relación con el reconocimiento médico físico.

 

Hacia 1975, en la residencia para ancianos donde el doctor Sacks prestaba sus servicios, ingresó Jimmie G., un hombre de 49 años muy simpático, al que le gustaba conversar, que había sido enviado allí con una nota de traslado que decía: “Desvalido, demente, confuso y desorientado”. Jimmie creía encontrarse en 1947 e ignoraba lo que le había sucedido en los últimos 28 años. No podía recordar ni siquiera al propio Sacks una vez que este salió y volvió a entrar en el consultorio con una diferencia de minutos. El diagnóstico fue síndrome de Korsakov, un daño de cierta región cerebral conocida como los cuerpos mamilares del hipotálamo.

Al doctor Sacks le parecía que Jimmie se había quedado sin alma. Les preguntó a las monjas que atendían a los ancianos si creían que Jimmie tenía alma. Aquellas mujeres, un tanto escandalizadas, le contestaron: “Vaya a ver a Jimmie en la capilla y juzgue usted mismo”:

Lo hice y quedé conmovido, profundamente conmovido e impresionado, porque vi entonces una intensidad y una firmeza de atención y de concentración que no había visto nunca en él y de la que no lo había creído capaz. Lo observé un rato arrodillado, le vi comulgar y no pude dudar del carácter pleno y total de aquella comunión, la sincronización perfecta de su espíritu con el espíritu de la misa…

… Era evidente que Jimmie se encontraba a sí mismo, encontraba continuidad y realidad en el carácter absoluto del acto y de la atención espiritual. Las monjas tenían razón: allí hallaba su alma. Y la tenía Luria, cuyas palabras recordé entonces: “Un hombre no es sólo memoria. Tiene sentimiento, voluntad, sensibilidad, yo moral… Es ahí… donde puede usted conmoverlo y producir un cambio profundo”.

 

Su último libro es una autobiografía titulada En marcha. Una vida (On the move. A life. Alfred A. Knopf, 2015), que contiene interesantes revelaciones hasta ahora desconocidas de su vida. Como sus temores al presentarse frente a la Reina Isabel II de Inglaterra cuando lo nombró en 2008 Comandante de la Orden del Imperio Británico:

Fue como si ella –e Inglaterra– me estuviesen diciendo: “Has hecho un trabajo útil y honorable. Regresa a casa. Todo está perdonado”.

 

Me gustó la despedida que le dedicó Javier Sampedro en El País: “Hasta siempre, Oliver. Ha sido maravilloso”.

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