Luis Muñoz Fernández

Pero la historia de la leucemia –la historia del cáncer– no es la historia de los médicos que luchan y sobreviven, yendo de un hospital a otro. Es la historia de los pacientes que luchan y sobreviven, pasando de una enfermedad a otra. Capacidad de adaptación, inventiva y supervivencia –cualidades que se atribuyen a los grandes médicos–, son cualidades reflejadas, que emanan primero de quienes padecen y luchan contra la enfermedad y que sólo entonces se proyectan en aquellos que los tratan. Si la historia de la medicina se cuenta a través de las experiencias de los médicos, es gracias a que sus contribuciones ocupan el lugar del verdadero heroísmo de sus pacientes

 

Siddhartha Mukjerhee. The emperor of all maladies. A biography of cancer, 2010.

 

En medio del pesimismo y el descontento que abruman a la mayor parte de los mexicanos –sólo los responsables que los causan son optimistas por cinismo o ignorancia, se puede conservar la esperanza gracias a la existencia de seres humanos que, contra viento y marea, mantienen en alto los más caros ideales y trabajan comprometidos con el bienestar de la comunidad en la que viven. Esos seres humanos son la esencia y la mística de las instituciones a las que pertenecen. Organismos que, sin ellos, serían solamente las palabras huecas con las que los políticos en turno se llenan la boca cada vez que nos recuerdan que “México es un país de instituciones”.

Hace poco más de seis años que nació el Centro Estatal de Oncología de Campeche. Su Jefa de Enseñanza, la Dra. Celia Beatriz Flores de la Torre, me cuenta los detalles de su fundación mientras vamos recorriendo sus instalaciones. Motivado por la necesidad de un familiar con cáncer que no tenía dónde atenderse en Campeche, el C.P. Jorge Carlos Hurtado Valdez, Gobernador del Estado en aquellos años, decidió impulsar la creación de un centro oncológico en el que los campechanos con tumores malignos pudiesen ser estudiados, tratados y vigilados sin tener que salir de su estado.

Desde su fundación fue concebido como un centro de atención ambulatoria, para que los pacientes permaneciesen en él sólo el tiempo necesario para recibir la radioterapia o la quimioterapia. Como era previsible, se hizo impostergable la necesidad de contar con un área de hospitalización en la que que los pacientes fuesen internados para ser operados o para recibir la atención que sólo puede ofrecerse en un entorno hospitalario. Así, desde hace un tiempo, lo que era el “área de quemados” del Hospital General de Especialidades se ha convertido en el área de hospitalización que necesitaba el Centro Estatal de Oncología de Campeche. Podría decirse que, aunque ubicada en el Hospital General de Especialidades, esa área es un anexo del Centro Estatal de Oncología de Campeche que se encarga de su operación y suministro.

Lo primero que llama la atención del Centro Estatal de Oncología es su diseño arquitectónico. Es un edificio moderno, sus espacios interiores son amplios y están iluminados con una luz natural que entra a raudales por sus amplias ventanas. Da gusto verlo.

En la sala de espera y recibidor, salpicado con sillones de alegres colores, capta la atención una gran pecera tras el gabinete de las secretarias. Los numerosos pacientes que allí se concentran son acompañados personalmente a los diversos servicios en donde van a recibir atención por un personal femenino –no logro recordar su nombre– cuya función específica es servir de enlace y orientación para los enfermos y sus familiares. Esta figura, distinta de la conocida trabajadora social a la que estamos acostumbrados, es uno de los varios aspectos que hacen del Centro una institución tan singular.

A lo largo de los pasillos uno puede leer en las paredes frases de reflexión y motivación. Fotografío una de ellas: “En el silencio y la esperanza estará tu fuerza”. Resulta ser una de las reglas de la Orden del Carmelo. En varios puntos penden de las paredes unas jarras de vidrio con flores de vivos colores. Estos detalles ornamentales, tan importantes por su efecto benéfico en la psique de los enfermos y del personal que los atiende, fueron idea de una decoradora de hoteles expresamente contratada durante la construcción del Centro. Otro punto poco común en una institución pública de salud.

El doctor Nicolás Briceño Ancona, cirujano oncólogo y Director General del Centro tuvo la gentileza de comentarme varias cosas muy interesantes. En primer lugar, su estrategia de contratar personal médico joven, recién egresado de su formación como especialista. Sus palabras exactas fueron: “la idea es contratar personas que tengan el perfil requerido pero sin experiencia, para que nosotros las formemos aquí con la orientación que deseamos”. Además, casualidad o no, se ha contratado a parejas casadas de especialistas, lo que al parecer armoniza los propósitos de su unión marital con su desempeño profesional. Un buen ejemplo son el matrimonio de patólogos constituido por la doctora Verónica Macedo Reyes y el doctor David Morán Portela.

Y en relación con los recursos económicos que permiten la manutención del Centro, el doctor Briceño me habló de las bondades que en este sentido han obtenido del Seguro Popular. Como en algunos otros lugares del país en los que se ha administrado con honradez –pocos, habrá que decirlo–, el Seguro Popular se ha convertido en una oportunidad de crecimiento para aquellas instituciones de salud en donde son atendidos sus afiliados. Otra fuente importante de recursos para el Centro la constituye la venta de diversos servicios a otras instituciones públicas y privadas. Este es un ejemplo de una sinergia productiva y mutuamente benéfica –no parasitaria, que es lo que solemos ver– entre la medicina privada y la pública.

Admirables instalaciones y servicios, que incluyen una educadora que cuida y entretiene en los bellos jardines del Centro a los hijos del personal en esta temporada vacacional para que sus padres puedan dedicarse a su quehacer profesional sin esa preocupación. Las salas de administración de quimioterapia para niños y adultos son hermosas y se mantienen en perfecto estado de conservación y funcionamiento.

Los equipos son también magníficos, como todo lo relativo a los estudios de imagen (ultrasonido, tomografía computarizada, gammacámara, etc.) que, además de su papel diagnóstico, sirven también de base para la planeación precisa del tratamiento con radiaciones. Precisamente en relación con la radioterapia, desde luego que el Centro cuenta con un acelerador lineal de electrones. La bomba de cobalto es cosa del pasado.

Mediante un convenio, la Universidad Nacional Autónoma de México manda a manera de rotación a odontólogos que se están especializando en la fabricación de prótesis. Gracias a su entusiasmo y pericia profesional, los pacientes que sufren extirpaciones por tumores malignos de la región bucal pueden volver a hablar y comer con normalidad. Notables son también sus clínicas de catéteres y estomas, el servicio que brindan los profesionales de psicología, así como su central de mezclas para preparar las quimioterapias y el equipo que se encarga de elaborar los radiofármacos. Desde luego que visité el laboratorio de patología, del que debo señalar su orden, limpieza, modernidad y, particularmente, el espléndido trabajo que realizan tanto los patólogos como el personal técnico a su cargo.

Al ver todo lo anterior lo primero que uno recupera es su fe en el género humano. No todo está perdido. Siguen habiendo en nuestro país grupos de profesionales que prestan un servicio esmerado y profesional, con los espacios y los equipos adecuados, a quienes los necesitan.

Y, después, como médico que ejerce la medicina pública y privada en Aguascalientes, es inevitable preguntarse: ¿por qué nosotros no? ¿Qué es lo que nos impide contar con instalaciones hospitalarias públicas acordes con los tiempos y los estándares nacionales e internacionales del más alto nivel? ¿Por qué en el ámbito de la salud no nos hemos puesto al día? Esas y otras preguntas que se quedan en el tintero siguen esperando una respuesta sincera, frontal y decidida que todavía no ha llegado.

 

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