Luis Muñoz Fernández

La realidad nacional no resulta, que digamos, muy estimulante. Las cosas van de mal en peor. La mayoría de la gente dedica sus días a engañar el hambre, y, sus noches, a enmascarar la depre. Hay tremendos pozos en la economía familar, y el salario no tapa ni el agujero de una muela…

…Pero la participación popular desencadena poderosas energías, que ni se sabe que están, y los fervores colectivos pueden ser más capaces de prodigio que cualquier mago de alto vuelo. A pesar de que está como está, maltratada, sucia, oscura y pobre, Montevideo bien podría dar una asombrosa respuesta de alegría a la tristeza nacional; y así esa tristeza se enteraría de que no es inevitable.

Eduardo Galeano. El derecho a la alegría, 1990.

Todos los médicos sabemos que la capacidad de observación es muy importante para llegar al diagnóstico correcto, aunque, a decir verdad, la utilizamos cada vez menos. En esa mezcla tan de nuestro tiempo en la que combinamos la pereza de hacer las cosas por nosotros mismos con una fe ciega en los instrumentos tecnológicos en detrimento del uso de nuestros sentidos naturales, hemos ido achatando nuestra sensibilidad y casi sin darnos cuenta, andamos a ciegas.

Y al paciente, supuesto objeto de nuestros desvelos, lo observamos pesonalmente cada vez menos. A principios del siglo XIX, merced al ingenio de un adusto médico francés, pasamos de la auscultación inmediata a la mediata. La escena ocurrió en París, en 1816, tal como nos la cuenta Karin Johannisson (Los signos. El médico y el arte de la lectura del cuerpo. Melusina, 2006):

Para identificar la enfermedad, en primer lugar intenta auscultar y palpar el tórax de la paciente. Pero ella es corpulenta; sus carnes y grandes pechos se lo impiden. Entonces considera apoyar su oreja directamente sobre el tórax de la enferma para así escuchar los latidos del corazón. Sin embargo, no se atreve a hacerlo porque la enferma es una muchacha. En un rapto inspirado de asociación acústica (recuerda que los sonidos se intensifican en el interior de un cuerpo cerrado), coge un cuaderno de papel que casualmente se encuentra en la mesilla de noche, lo enrolla hasta formar un tubo, coloca un extremo contra el pecho de la paciente y apoya su oreja contra el otro.

Oye los sonidos del corazón de un modo claro y distinto.

En cambio ahora, en los albores del siglo XXI, llegamos a prescindir de la auscultación, distraídos con el brillo de una tecnología en la que hemos ido delegando el ejercicio de nuestras facultades, incluyendo las funciones cerebrales superiores. Hoy se dan casos en los que el estetoscopio y el microscopio son más un objeto de ornato que instrumentos de trabajo. Ante esta situación y antes de que la atrofia acabe con nosotros, urge que recuperemos y desarrollemos nuestras habilidades. Empecemos por observar con detenimiento.

Los tiempos electorales que corren nos brindan una oportunidad inigualable. Desde hace semanas que nos vemos sometidos a un bombardeo inclemente a través de los medios de comunicación masiva. Salimos a la calle y nos topamos con anuncios espectaculares desde los que los rostros de los candidatos nos inquieren con su mirada y vigilan impertérritos el discurrir de los automóviles cuyos conductores, pese a los “radares de velocidad” colocados en algunas avenidas, hacen caso omiso de los “cinco hábitos al volante” y pisan a fondo el acelerador.

Ni siquiera en la sagrada intimidad de nuestros hogares estamos a salvo. A diario se cuelan por debajo de la puerta varias misivas membretadas con los mismos rostros de los candidatos, enmarcados con los emblemas y los colores de los partidos que los postulan. Hasta el partido que hace de sus multas un sayo suelta en nuestras cocheras, cual letales cargas de profundidad, vistosos paquetes escolares de un verdor casi fosforescente. Vivimos un verdero estado de sitio, un asedio inmisericorde.

España acaba de pasar por una situación similar. Allá fueron elecciones municipales y autonómicas que han propiciado la presencia de nuevos actores en el mapa político español. Aunque el bipartidismo sigue predominando, tras el pasado domingo 24 de mayo de 2015 y ante la mirada de azoro de unos y de esperanza de otros, han emergido otras agrupaciones políticas que tal vez representen nuevas y reales opciones de vida en sociedad para los ciudadanos españoles.

Justo un domingo antes, Manuel Vicent, escritor y articulista del periódico español El País, publicó una columna titulada “Las palabras”, en la que propone que antes de creer en lo que dicen los políticos en campaña, les miremos a la cara. Transcribo lo escrito por Manuel Vicent:

“Mentir es un vicio terrible. Lo único que nos une y nos hace humanos son las palabras”, dice Montaigne. Tal vez sea cierto, pero los animales también hablan, aunque lo hacen a través de códigos más puros, que no permiten ningún engaño. El ladrido del perro, el canto del gallo e incluso el gruñido del cerdo expresan una verdad y a veces aventajan en sutileza a las expresiones de algunos políticos, que suelen utilizar el lenguaje para ocultar el pensamiento. Sólo una mínima parte de las relaciones entre personas se establece con palabras; el resto lo hacemos con actos, gestos, miradas y silencios. La mejor palabra es la que no se pronuncia, dicen en Palermo. En plena campaña electoral he aquí un consejo para protegerse de la turbia corriente verbal que generan los políticos. Antes de creer en lo que dicen, míralos a la cara. Verás rostros de cemento armado, que están de mierda hasta el cuello y es como si la corrupción no fuera con ellos; los hay cuya ambición se nota en los ojos muy juntos a semejanza de los predadores; en cambio, otros tienen la mirada de rumiante y son capaces de mover las orejas hacia atrás para avizorar al enemigo que llega por la espalda. Pero ante todo, guárdate de ese espécimen que se llama animal político. Suele ser alguien que conoce por instinto las reglas del circo mediático; en la pista unas veces usa las palabras del domador y otras las del payaso; puede dar un salto mortal en el trapecio siempre con red y tal vez te asombre su empatía con los monos cuyo lenguaje entiende a la perfección a la hora de pedirles el voto. Hay políticos con sonrisa de arroz con leche que apacientan las palabras como ovejas, mientras que otros las usan como balas. A la hora de votar fíate sólo de su cara. En ella está todo escrito. Basta un gesto, un tic, una mirada o un silencio para adivinar su pensamiento.

 

Por eso decía yo líneas arriba que ahora tenemos una oportunidad inigualable para ejercitar nuestros sentidos. Gracias a los enormes anuncios que coronan los edificios de nuestras calles más transitadas y a despecho de lo retocado por el Photoshop, nosotros también podemos mirarles a la cara para intentar adivinar sus verdaderas intenciones. Un ejercicio sencillo y sin costo que, además, nos permitirá desarrollar nuestra casi olvidada capacidad de observación.

Lo primero que hacemos o deberíamos hacer los médicos cuando recibimos a un paciente y antes de iniciar la conversación –incluso instantes antes de incidir con el bisturí el cadáver que yace en la mesa de autopsias– es registrar con una mirada atenta eso que llamamos el “habitus exterior”, es decir, el conjunto de rasgos corporales, de movimientos y posturas, que nos permiten dar inicio al conocimiento profundo del enfermo.

Esos minutos escasos de observación concentrada nos revelan preciosos secretos que no podríamos obtener ni con el interrogatorio, ni con la exploración física, por detallados que ambos sean. Son esos indicios cuya detección se logra tras la experiencia que se cultiva con muchas horas de observación minuciosa. Es el afamado “ojo clínico”.

¿Por qué no hacer lo mismo con los que hoy se promueven con tanto bombo y platillo? Hagámosle caso a Manuel Vicent. Antes de votar, hay que mirarlos a la cara.

 

 

http://elpatologoinquieto.wordpress.com