Por J. Jesús López García 

Por medio de un recorrido analítico a través de nuestras calles aguascalentenses, y con un poco de curiosidad, así como de evocación, es posible obtener una intensa percepción de múltiples espacios comerciales en que prácticamente jamás habrá algún sitio desocupado. Este fenómeno parece ser por la inmediatez y el incontenible consumismo que se presentan en los tiempos que corren.

En el lado norte de la Plaza de Armas -¿Madero?- se localiza una finca que ha pasado desapercibida por decenas de años a causa, posiblemente, porque no es un ejemplar arquitectónico sobresaliente, tanto por sus características de diseño así como por su fábrica; sin embargo hay que hacer hincapié que mucho del éxito de estos inmuebles -al menos en la parte concerniente al peatón de manera directa- se debe a que son bloques que se destinan a funciones múltiples -de esquema simple pero efectivo- para la compraventa de artículos y mercancías diversas.

En el centro acalitano aún advertimos un sinnúmero de inmuebles alineados al paramento de la calle en donde establecimientos mercantiles se muestran de forma inmediata a quienes deambulan frente de ellos, y al mismo tiempo poseyendo un segundo o tercer niveles a los que se accede indirectamente a través de una discreta escalera interna que atiende a ocupaciones dispares que las exteriorizadas a nivel banqueta; incluso en edificios de sólo una planta, pertenecientes a periodos más distantes en el tiempo, aún se  distingue que los ámbitos relacionados directamente con la avenida muestran fines comerciales y de prestaciones, opuestos a los establecidos en el fondo del inmueble.

Con una diferencia en la disposición urbana de los fraccionamientos y condominios actuales, la configuración expuesta, no se dirige a edificios especializados -tal el caso de una casa unifamiliar, por ejemplo-, si no a favorecer en un mismo terreno la diversidad de funciones que la experiencia metropolitana habitual puede proporcionar a los habitadores de una ciudad, desde los comercios más disímbolos y públicos, hasta la habitación familiar hogareña.

Es por medio del procedimiento expuesto lo que deja una sensación citadina en los núcleos de la urbe donde el auto cede su posición primordial con el propósito de entregar la estafeta al caminante, trayendo consigo un disfrute del día a día más pausado en contraposición al ensimismamiento y obsesivo circular en automóvil, que de forma irónica es de carácter más capitalino que el presentado en la periferia motorizada.

Solamente es menester deambular por algunas de las vías o paseos de nuestra ciudad para darse cuenta que las fincas como la que nos ocupa, tienen la capacidad de estimular sensaciones diversas en un mismo lapso, ofreciendo numerosas opciones para los múltiples marchantes. Es innegable que hay ambientes que cautivan y encantan, si bien la misma fascinación comercial <<hipnotiza>> a los compradores con la posibilidad de mitigar sus <<necesidades>> consumistas, pero también es cierto que se requiere  para ejercer el simple derecho de <<vivir>> la ciudad.

Lo anterior nos es útil para aludir determinadas pautas de habitar el espacio público y privado de nuestra capital, donde el azar es un complemento para levantar inmuebles con el objetivo de favorecer las cualidades del sitio en aras de producir un buen negocio, sin regatear a quien frecuenta o transita por el edificio, las posibilidades de vivir emociones múltiples.

Cierto es que hay zonas altamente comerciales en que la disposición concatenada de espacios ofrece productos de manera más o menos cómoda al comprador en donde las añejas casonas no solamente articulan un contexto en el cual colindan con fincas excelsas, sino también expresan un sistema de habitabilidad urbana donde el habitar interno del inmueble se desborda al exterior, no sólo por las mesas y sillas obviamente dispuestas en frente de la fachada, pues el sólo hecho de caminar y dirigir la mirada en las escenas que se suscitan en el paisaje, son medios de involucrar a más gente.

Edificios sobrios, moderados y austeros, tal vez en su elocuencia formal; sin embargo en lo referente a sus cualidades de su partido arquitectónico, escala, texturas y su variedad de habitaciones, se ensalzan como conjuntos atractivos para la convivencia cotidiana, seguramente  por ello no se localizan espacios disponibles para la instauración de un comercio en la zona central de Aguascalientes.

Es conveniente constatar que no sólo la mercadotecnia garantiza una útil ocasión de rentabilidad, ya que en este caso una arquitectura sobria con una favorable disposición a no dar la espalda a la esfera pública circundante, sino claramente involucrada en ella; será un aliciente que mantiene una vigencia de utilización continua, así como el auspicio de un flujo de gente por sus inmediaciones, generando múltiples posibilidades de ocupaciones, fines, funciones y experimentación urbana, no obstante lo simple que ésta se pueda presentar.

Ya en ocasiones anteriores hemos enfatizado que Aguascalientes se entroniza como una ciudad para caminar, para el disfrute, es por ello la invitación para, en la medida de lo posible, dejar el automóvil, deambular por la calle y admirar nuestra arquitectura accediendo a sus espacios. ¡Aventurémonos y  deleitemos nuestra villa!