Por J. Jesús López García

Las maneras de habitar una casa han presentado pautas de uso y concepción de la domesticidad más o menos homogénea en las diferentes comunidades humanas. Las circunstancias geográficas, climáticas y estacionales son una condición rotunda para la definición de modos productivos y de celebraciones sociales que marcadas por el calendario, se alzan de forma importante para fortalecer los lazos de identidad de un individuo particular con su entorno humano.
Al ser el espacio más cercano al hombre, su hogar es un reflejo de sus anhelos, deseos, su forma de ser y de pensar de formas diversas, y curiosamente, si bien es un ámbito personal muy particular, lo cierto es que se parece a la generalidad de las viviendas de su comunidad. Ya lo dice así la canción infantil tradicional: “El patio de mi casa es particular cuando llueve se moja como los demás.” Los modos de vivir en una sociedad en un tiempo determinado están sujetos a un proceso de estandarización, por lo menos parcial, que se refleja necesariamente en la edificación de sus ambientes arquitectónicos.
A mediados del siglo XVIII, muchas convenciones de la habitabilidad doméstica tradicional empezaron a ser paulatinamente descartadas, cuando no drásticamente descalificadas. Por milenios los domicilios, estuviesen en un medio rural o urbano, combinaban las tareas y los usos de la habitación con los del sustento económico de la familia o de la colectividad. Lo mismo huertas y establos que talleres de carpintería o cerámica, se disponían de forma vinculada a los cuartos destinados a dormitorios, comedores, cocinas y demás alojamientos. Las residencias de los principales personajes de la población se destacaban, y parte de su manera de desprenderse del común de los otros conjuntos de viviendas era precisamente prescindir de los lugares para elaborar los productos comercializables. De esta forma, al irse desarrollando sociedades más complejas, la diferencia entre las casas de los poderosos y las del colectivo de sus congéneres fue ahondándose cada vez más en dimensiones y sofisticación.
Ya para la Ilustración en el Siglo de las Luces y la Revolución Industrial, la representación social de los niveles a través de la morada comenzó a ser controversial a tal punto de desdibujarla fuertemente. Los conjuntos habitacionales de John Nash enfrente del Regent’s Park sobre la calle Park Cres, estaban destinados a alojar a la nueva burguesía londinense en edificios –hoy los llamaríamos <<multifamiliares>>- que por su masa y dignidad constructiva bien parecían palacios. Se forjaba así una identidad de una nueva clase social que por cierto, ya no tenía al lado el espacio de trabajo pues éste se había retirado a centros laborales industriales, financieros, comerciales o educativos. La casa empezó a considerarse digna, más por su funcionalidad y situación urbana, que por su capacidad de representar el viejo orden estamental, en ese momento duramente puesto en entredicho.
Así se apreció a fines del siglo XIX e inicios del XX como se consolidó el mundo contemporáneo afianzándose el ideal de casa para lo que se consideraba el Hombre Moderno, igualitario, educado, democrático en su filiación política, sobrio en sus aficiones, en suma, racional. La <<máquina para vivir>> de Le Corbusier expresa en buena medida la vivienda óptima para ése hombre -como especie pues la equidad de género inició también su tortuoso camino en aquellos tiempos-. La confianza en la tecnología y en la racionalidad de los procesos domésticos modernos impulsó un sinfín de innovaciones tal como la cocina integral denominada cocina Frankfurt – diseñada en 1926 por la arquitecta vienesa Margarete Schütte-Lihotzky por encargo del arquitecto Ernst May para su conjunto habitacional de índole social llamado Römerstadt en Fráncfort del Meno, Alemania- y la incorporación de espacios inéditos al programa habitacional como el garaje para automóviles. La inclusión de áreas ajardinadas dentro del predio son un eco de las preocupaciones ecologistas tempranas de arquitectos decimonónicos como Frederick Law Olmsted, con lo que el tradicional patio de corte mediterráneo perdió terreno frente al chalet nor-europeo. Esa idea de residencia moderna fue cultivada hasta fines de los años setenta de manera más o menos consistente, sin embargo la tentación del mundo capitalista fue agregando repertorios de formas al mercado inmobiliario doméstico propiciando en ocasiones una sobre ornamentación en espacios estándar que con decoración o sin ella funcionan igual.
A partir de los años cincuenta, nuestra ciudad acalitana fue un caldero en donde se dio una ebullición de múltiples residencias innovadoras acordes a esos años, tal como la obra que se ubica en la esquina formada por las calles Juan de Montoro e Hidalgo, diseñada y construida por el arquitecto Ramón Ortiz Bernadac que muestra los rasgos propios de una modernidad arquitectónica, exhibiendo parcialmente la composición de la casa con base en líneas horizontales desprendidas del diseño de los cuerpos del inmueble; paramentos con cristales pautados por lienzos macizos, sin mayor pretensión ornamental que el uso de piedra en recubrimientos. Una realización sin complejidades formales pero de elaborada estructura que no pretende remedar los <<estilos>> pasados cercanos, sino entablar con ellos un diálogo amable, dando testimonio de lo que se concebía como la casa moderna, realizada para habitantes igualmente modernos.