Jesús Eduardo Martín Jáuregui

Conjuntamente, el Instituto Cultural de Aguascalientes y la Comisión Estatal de Derechos Humanos organizaron un foro denominado “Miradas a lo posible” con el objetivo de abrir un espacio de expresión, difusión y formación en temas concernientes a la equidad, inclusión, prevención de violencias y promover el respeto a los derechos humanos, con un enfoque artístico y cultural y de promoción social. Ayer dio comienzo con la intervención del Padre José Alejandro Solalinde con una conferencia magistral, y después se desarrollaron cinco talleres simultáneos. Hoy, a las 9.30, la conferencia magistral a cargo del Dr. en Derecho, maestro de la Universidad de Valladolid, España, Carlos Pérez Vaquero y el viernes el maestro Alberto Méndez López de la Comisión Nacional de los Derechos Humanos, a la misma hora.

En los talleres estarán la criminóloga Sanae Maricela Hinojosa Taomori, de Amnistía Internacional en Sonora, Mauricio López Aymes de Non Violence Project México, Laura Villalobos Nájera de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México, Melba Adriana Olvera Rodríguez, Presidenta de la Comisión de Derechos Humanos de Baja California, y el Dr. Pérez Vaquero. La entrada es absolutamente libre y solo tienen que presentarse en la Casa de la Cultura, atrás de Catedral. Ayer en el acto inaugural luego de la intervención de María Arcelia Martín Jáuregui, presentando el foro y de las palabras de la Directora del Instituto Cultural, maestra Dulce María Rivas Godoy, tuve una pequeña intervención que con el permiso de los amables lectores me permito transcribir:

Había una vez un país en que abordar temas como la igualdad de la mujer y del hombre resultaban ridículos cuando no, indignos de tomarse en cuenta con relativa seriedad. En que en los mismos templos se marcaban las distancias dejando un espacio para las mujeres y otro diferente para los hombres. En que el lenguaje (entre broma y veras se dicen las de a de veras) dejaba sentado la postura machista que las mismas mujeres se encargaban de dar permanencia, perpetuando formas, procesos e interacciones de sometimiento y explotación.

Había una vez un país en que los niños tenían un único y sólo derecho, con dos caras: escuchar y obedecer. En que la educación se concebía desde una estructura de poder para conservarla y su finalidad última era crear engranes fungibles para sustituir los desgastados en la maquinaria de la explotación, alienígena y degradante. Un país en que los niños no podían levantar la voz ni la mirada, en que los juegos infantiles con todo y entretener los ocios y llenar los espacios, reflejaban y reproducían las formas sociales estratificadas.

Había una vez un país en el que la dicotomía hombre y mujer era la única aceptada por determinación divina y que confundía la fe con las creencias, el determinismo con usos sociales, que confundía el castigo con expiación, la segregación con purificación, el cerrar los ojos con la ceguera, el desentendimiento con la estabilidad, la obediencia ciega con disciplina, el temor reverencial con respeto, y el respeto con tolerancia. Un país que pasaba por alto el consejo del Quijote a Sancho en la ínsula Barataria: Al que has de castigar con obras no trates mal con palabras. Las expresiones, los chistes, los albures, etc., iban a la par de las actitudes, en el mejor de los casos ignorando, a veces tolerando, pero no respetando, que es el principio del reconocimiento del valor del otro.

Había una vez un país en donde el precio de aspirar a un pequeño mejoramiento económico era el desarraigo, de la familia, de los amigos, de las costumbres, un precio que además solía adicionarse con la carga de las adicciones, de la defraudación, de la persecución y, no pocas veces de la muerte. Los braceros aliviaban la carga para la economía del país a un costo social exorbitante y muchas veces irremediable.

Había una vez un país en que los pobres, los enfermos, los ancianos, existían no para promoverlos, para aliviarlos, para cuidarlos, sino para dar la oportunidad de practicar un remedo de caridad con la limosna que se practica desprovista de un sentido de justicia de lo que se quejaba con razón S.S. Juan Pablo II. La dádiva alivia la conciencia y previene el remordimiento, pero pierde el sentido original evangélico de hacer participar a los otros de los propios bienes. Un país en el que las estructuras religiosas predominantes eran estratificadas y jerárquicas y que enseñaba la sumisión y el conformismo como camino de salvación.

Había una vez un país que hace poco más de un siglo se rebeló y plasmó en una declaración de principios, una visión nueva de un hombre de jubilosa llamarada, como quería nuestro poeta Salvador Gallardo Dávalos, con un destino que era una anábasis como dijera nuestro humanista Desiderio Macías Silva y la educación como instrumento, como arma, como camino partiendo de la formación de los menores, desde la dignidad esencial para lograr la ocasión del desarrollo personal, acotado sólo por el respeto al otro, como lo enseñaba desde su “escuela rupestre” nuestro mentor Ezequiel A. Chávez.

Había una vez un país, que digo, hay un país que a poco más de un siglo de distancia de su declaración de principios, libertaria y socializante, sigue reproduciendo las condiciones de desigualdad, de explotación, de sojuzgamiento, de discriminación, de pobreza, en una palabra de injusticia. Y porque atisbamos la posibilidad de que las cosas sean de un modo diferente, en estos tres días que serán de intenso trabajo, podremos compartir las visiones de especialistas, pensadores, luchadores, idealistas con los pies en la tierra, que nos ofrecen sus “Miradas a lo posible”.

Muchas gracias.

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