Jesús Eduardo Martín Jáuregui
A estas horas, cuando yo pergeño estas deshilvanadas líneas, ya usted, amable lector debe haber tomado su decisión, ir o no ir a dar “el grito”, o por mejor decir, ir o no ir a escuchar gritar al Presidente municipal, Gobernador, Presidente de la República, Capitán de Embarcación con bandera mexicana, o Embajador, que salvo el de Egipto que dio el grito anticipado, recordarán a las 11 de la noche más o menos la gesta del Cura de Dolores, un tanto anticipada a partir de Don Porfirio Díaz, que como festejaba su cumpleaños el 15 de septiembre, tuvo a bien, según se cuenta, anticipar unas horas la celebración del amanecer del 16 a la noche del 15 para coincidir en la celebración del grito de Dolores con el del grito de Oaxaca que seguramente pegó la señora madre del futuro dictador José de la Cruz Porfirio Díaz Mori. A la hora que usted, amable y más desocupado que por lo común, amigo lector, lea estas líneas debe haber transcurrido, espero que en calma la rememoración tradicional del inicio de la independencia. En las redes sociales, que lo mismo sirven para idolatrar a los efímeros héroes juveniles que para defenestrar a villanos, a veces tan efímeros como los héroes, se convocó a mostrar el repudio al gobierno del Presidente Enrique Peña Nieto, en un acto simbólico que iría mas allá de lo que sus convocantes dejan percibir.
“El grito” no es, aunque también lo es, solo el recuerdo del anciano cura (no tan anciano y sí muy cura, ya que en septiembre de 1810 recién había cumplido 57 años), que fue durante varios meses la cabeza visible de la insurrección contra la metrópoli España, sino también, y especialmente lo es, un símbolo de la nacionalidad mexicana, tan vívido, tan real, tan coherente, como el joven abuelo Cuauhtémoc, derrotado sin gloria, o como las apariciones de la Virgen de Guadalupe, pese al abad Shulemberg u otros cuestionadores del aparicionismo. La nacionalidad es más que un alarde patriotero de reivindicación frente a las oscuras fuerzas africanas que mataron una decena de compatriotas en un mal calculado hecho bélico, la nacionalidad, explicaba con una figura no exenta de romanticismo Manuel García Morente, es la conciencia de un pasado común que se actualiza en el presente y se proyecta hacia el futuro. Por cierto, que si el tono enérgico de la nota diplomática que demanda el esclarecimiento del homicidio en Egipto y los recursos que se están empleando para trasladar a la Secretaría de Relaciones Exteriores y a los familiares de los turistas mexicanos, se hubieran aplicado a tantas investigaciones pendientes de compatriotas asesinados proditoriamente en nuestro propio territorio nacional, quizás a estas alturas muchos de ellos estarían resueltos.
Apostar a la división, minar los símbolos nacionales, quebrantar los lazos de unión entre los mexicanos, equivale a pretender hundir el barco para combatir a los corsarios. Es cierto que arrastramos muchas lacras y que soportamos muchos males, pero es cierto también, que de alguna manera, son “nuestras” lacras y “nuestros” males, y es “nuestra” tarea y responsabilidad combatirlas.
Decía Don Miguel de Unamuno que la historia es maestra de la vida. A cien años de su muerte se han replanteado muchas facetas de Don Porfirio, a quien se puede achacar muchos males, pero a quien se tiene que reconocer, qué remedio, una visión sagaz y un espíritu nacionalista. En septiembre de 1910, México mostraba al mundo, particularmente a Europa en vísperas de la Primera Guerra Mundial, una cara de unidad, de fortaleza, de progreso, de desarrollo, que no venía bien a nuestros vecinos, que habían visto frenado su ímpetu expansionista con la política porfirista de colonización de las tierras fronterizas, con la comunicación por ferrocarril y a través del telégrafo, y con las alianzas con países y empresas de Europa, que fortalecían a México frente a los Estados Unidos. La administración de Don Porfirio sucumbió junto con su fortaleza, su gran pecado, sin duda, es no haber sabido instrumentar la transición a un régimen democrático. Cosa, que, bien visto, no ha de ser fácil, porque más de 200 años después de la Independencia y más de 100 años después de la Revolución seguimos luchando por lograr un régimen democrático sustentable.
Quizás vendría la pena recordar que, como el andar en bicicleta, los procesos sociales requieren que se siga pedaleando en un mismo sentido, un cambio no se da de una vez y para siempre, por decreto o por mandato divino. En alguna parte leí un texto de gran ironía y mordacidad, que asegura que para los problemas del país podría haber dos soluciones, una técnica y otra milagrosa. La técnica sería que la Guadalupana descendiera del Tepeyac, ocupara el Palacio Nacional, se hiciera cargo del Gobierno y tomara las determinaciones para de una vez por todas transformar este país con orden y progreso. La milagrosa sería que los mexicanos olvidáramos las diferencias y como un sólo hombre trabajáramos por el orden y el progreso de la casa común.
La Independencia no se inició el 15 de septiembre de 1810 ni terminó el 27 de septiembre de 1821. En muchos sentidos es un proceso aún no terminado. Un reto inacabado es, precisamente, convertir este país en una nación. Todavía tenemos muchos, millones quizás de mexicanos que no tienen conciencia de la nacionalidad. En un excelente libro llamado “Revolución y contrarrevolución en la Independencia de México 1767-1867”, Romeo Flores Caballero hace un análisis profundo de las causas últimas de la Independencia, remontándolas a las reformas borbónicas. Cuando en España se acaban los Habsburgo, llegó la casa de los Borbones a gobernar. Carlos III, mediando el siglo XVIII determinó emprender una reestructuración administrativa que afectó gravemente a las colonias y particularmente a la Nueva España. Las disposiciones para desamortizar los bienes eclesiásticos provocaron el descontento de las órdenes religiosas llegando incluso a la expulsión de los jesuitas de todo el reino. La creación de las intendencias provocó la molestia de los alcaldes que vieron disminuidos sus poderes y sus ingresos. La centralización de la administración y la mayor supervisión por la metrópoli acabaron de completar los ingredientes del caldo de cultivo en que los peninsulares asentados en la Nueva España y los criollos, más que los mestizos, buscaron una independencia que se inició más como una rebelión contra José Bonaparte, el dipsómano hermano de Napoleón puesto como regente en España mientras retenía al rey legítimo Fernando VII. La Independencia, opina Flores Caballero, se consumó con un acto simbólico que fue el fusilamiento de Maximiliano de Habsburgo, el rompimiento definitivo con Europa.
La independencia, conviene tener presente, es un proceso, como la democracia no es un punto de llegada, sino un camino, o, quizás es mejor decir, una forma de recorrer el camino. El Grito es la oportunidad para hacer profesión de fe nacionalista y compromiso de trabajo por México, que es tanto como decir, trabajo por nosotros y por nuestros hijos.

bullidero@outlook.com bullidero.blogspot.com twitter @jemartinj