Prof. Flaviano Jiménez Jiménez
No tuviste la oportunidad de aprender a leer ni escribir, papá; porque en el lugar donde naciste no había escuela, como tampoco había en los alrededores de tu pueblito. Eran los tiempos en que las zonas rurales no tan sólo carecían de escuela, sino también de luz eléctrica, agua potable, carretera y demás servicios propios del medio urbano. Tu vida la desarrollaste totalmente en el campo, sembrando maíz, frijol, trigo, cebada y otros productos agrícolas necesarios para alimentar a la familia. Platicaba mi abuelo que de joven, después de hacer las labores de rigor, te gustaba cantar por las tardes con tus amigos y que en algunos fines de semana ibas a las rancherías cercanas a entonar tus pirecuas (canciones tarascas). En una de esas visitas a Capacuaro (un pueblito indígena) conociste a una hermosa joven de larga cabellera, de ojos color café claro y de sonrisa encantadora. Pasado algún tiempo, mi abuelo pidió la mano de esa joven y te casaste con ella; de este matrimonio nací yo. A partir de tu casamiento, según pláticas, guardaste la guitarra y se acabaron las visitas a las rancherías para dedicarte íntegramente a las labores del campo y a la manutención de tu nueva familia.
No dudo que hayas sido cariñoso conmigo cuando fui pequeño; sin embargo, el primer recuerdo consciente que guardo en mi memoria de ti, papá, fue el día en que me diste la orden de ir a pastorear a los animales y, enfatizando, me dijiste: “Ten mucho cuidado para que no se metan a las milpas y hagan destrozos”. Por mi edad no resultó sencillo cuidar a los animales ese día (pues tendría yo 4 o 5 años), pero pude evitar que hicieran daño en los sembradíos. Esta ocupación, con el paso de los días, se hizo rutinaria y fui adquiriendo confianza y también fui desarrollando habilidades para dominar a los animales. Después de pastorearlos durante el día y cuando los animales ya descansaban en su corral, por las tardes, papá, me dabas permiso para jugar con mis amigos; eran momentos muy felices los que pasaba con ellos, momentos que los consideraba como una recompensa por el trajín de todo el día. Pero tanto va el cántaro al agua hasta que un día… sí, un día me descuidé y las vacas reventaron el alambrado de un potrero, se metieron a una milpa y causaron serios destrozos en el sembradío; cuando me di cuenta y vi el daño que habían hecho, rápidamente saqué a los animales del potrero y ese día los encerré en su corral más temprano de lo acostumbrado. Tenía, no miedo, sino pavor, papá, por lo que había pasado; pensé en algún castigo riguroso y casi llorando te conté lo sucedido. ¡Ah papá!, cómo recuerdo de tu rostro esa tranquilidad con la que escuchaste lo que con tanta angustia y miedo te contaba; también recuerdo que con tu mano derecha me acariciaste la cabeza y con voz mesurada me consolaste: “No llores mi hijo, ven, acompáñame”. Agarraste una pala, el hacha, unas tenazas y fuimos caminando rumbo al potrero dañado. Al llegar a éste, con la mirada calculaste los daños y luego empezaste a reparar los alambres destrozados, e hiciste que te ayudara en pequeñas cosas. Cuando terminaste la reparación me comentaste con voz serena: “Mañana hablo con Don Chema para pagarle por los daños a su milpa”; y agregaste con cierta ternura “y no vuelvas a distraerte hijo”. Pusiste tu mano derecha sobre uno de mis hombros y así, juntos, regresamos a la casa ya pardeando.
Poco tiempo después (tal vez cuando tenía 6 años), me asignaste la tarea de cuidar y pastorear borregos. Esto implicó que durante el día los cuidaba mientras pastaban y por las noches me quedaba allá en la majada del campo en compañía de tres enormes perros, los cuales ahuyentaban a los coyotes y lobos que merodeaban. Por las tardes me llevabas la comida, apartando parte de ésta para la cena y el almuerzo del día siguiente. En el campo había otros niños que también pastoreaban animales, con quienes platicaba y jugaba en ratos mientras los animales pastaban. Cuando me llevabas de comer y te dabas cuenta que los familiares de mis amigos aún no llegaban con la comida, me decías: “Invita a tus amiguitos y comparte la comida con ellos, hijo, mientras llegan sus papás”, y eso hacía con mucho gusto. Así estuve en el campo varios meses, hasta que una mañana llegaste por mí, llevando a un pastor ya entrado en años. Aún suenan tus palabras en mis oídos cuando me dijiste: “Vámonos hijo para que vayas a la escuela”. Regresé a la casa pensando, ¿cómo sería la escuela?
Cuando tenía 5 o 6 meses asistiendo a la escuela, un sábado de madrugada me mandaste a Nahuatzen (la cabecera municipal que está a 38 kilómetros de nuestro ranchito). Mientras cargabas dos costales con maíz al burro, me ibas diciendo: “Ya me acompañaste una vez; ya sabes cómo llegar a la tienda de Don Rosendo; que alguien te ayude a bajar los costales; ahí los van pesar; y según los kilos que pesen te van a pagar 35 centavos por cada kilo de maíz. Tú ya puedes sacar la cuenta, ya estás en la escuela; que no te hagan tonto mi hijo. Con el dinero que te den, de ahí tomas para que te compres una pieza de pan y una taza de atole para tu desayuno. Luego regresas”. Durante el camino fui pensando en cómo hacer la cuenta una vez sabiendo el total de kilos. Por cierto fueron 70; frente a la tienda de Don Rosendo me puse a hacer la cuenta en el piso con la ayuda de una vara. Tardé un poco, pero al fin pude multiplicar. Don Rosendo me pagó 25 pesos. Reaccioné y le dije: “Señor, pero a mí me salen 24 pesos con cincuenta centavos”. Sonriendo me dijo él: “Así es muchacho, te vi el empeño que pusiste para sacar tu cuenta. Lo que sobra es para ti”. “Gracias, señor”, le dije, y me fui a desayunar. Cuando llegué a la casa, te platiqué todo con detalles, ¿te acuerdas, papá? Bueno, ya sólo quiero rememorar que a los 11 años de edad me hiciste un hombre capaz de domar potros, uncir toros, barbechar la tierra, cruzarla, sembrar y cosechar; ya podía producir lo necesario para alimentar a la familia.
¡Gracias, papá! Ciertamente no supiste leer ni escribir; pero supiste formarme desde muy pequeño, me enseñaste a ser un niño feliz; y también me enseñaste a ser responsable, respetuoso, comprensivo, paciente, perseverante, solidario, honesto y capaz de enfrentar los retos más difíciles. Estas enseñanzas perduran en mí hasta hoy, papá.