Globalización vs. Nacionalismo

Por Jesús Álvarez Gutiérrez

Estas fechas —Día de Todos los Santos y Día de los Fieles Difuntos, según el calendario católico— mueven a la reflexión, incluso a aquellos que sin ser creyentes participan de las tradiciones cuando menos para disfrutar del correspondiente asueto. Y la reflexión incluye desde el sentido, la finitud y la fugacidad de la existencia, hasta la manera en cómo las diversas cosmovisiones enfrentan la realidad de la globalización.

Si bien el económico es el rostro más visible de ese proceso, dada su complejidad implica otros aspectos también de trascendencia para los hombres en lo singular y en tanto que son parte del género humano.

Según Octavio Paz, la cuestión del origen es central, lo mismo para los pueblos que para los individuos; a la interrogante de “quién soy”, le sigue la que busca dilucidar “de dónde vengo”. Aun podríamos añadir, para contribuir a la desazón, la pregunta de “a dónde voy”, si es que vamos hacia alguna parte. Pero quizá sea la pregunta del “porqué” o “para qué soy” la que más golpea las entrañas del hombre desde que tuvo consciencia de sí mismo.

El propio Premio Nobel de Literatura 1990 señala también que el mexicano se debate en la dialéctica de lo cerrado y lo abierto, entre la forma cerrada sobre sí misma y la energía interior que la hace estallar.

Creo que esa descripción alcanza a otros pueblos, en mayor o menor medida. Aferrados a sus tradiciones, arraigados en su cultura, con la mirada en sí mismos, pero obligados a sumarse al contingente de la aldea global. El corazón en un extremo y el estómago en el lado opuesto.

Las barreras se diluyen, sea en lo religioso, con el ecumenismo, o sea en lo cultural, con tantos intercambios. Ni qué decir en lo comercial. Y sin embargo no se mueven muchos pueblos, quizá porque en el fondo atisban un nuevo colonialismo y otras cuestiones que perciben como amenazas. Por lo menos así lo ven algunos países europeos, en donde a últimas fechas podemos observar un evidente y abierto rechazo popular (o sea, de una buena porción del pueblo) a recibir refugiados de Siria, por ejemplo. Y no sólo porque, según se quejan muchos españoles, a los extranjeros les dan mejor trato que a los nacionales, sino porque aquellos son vistos como un auténtico riesgo para la estabilidad interna.

En la propia España se registra una demanda catalana de autonomía, si bien no con la violencia de la ETA, sí con persistencia. Con casi ocho millones de habitantes, con un profundo orgullo de sus tradiciones e idioma, en la región de Cataluña late un sentimiento separatista.

Y si de romper bloques se trata, si de nacionalismos hablamos, ahí está el Brexit.

Más cerca tenemos al impresentable Trump, cuya suerte y la de millones de personas se decidirá el domingo próximo. Un Trump que está más en la xenofobia que en el nacionalismo, más en el aislacionismo que por el intercambio comercial, a pesar de ser beneficiario directo de la globalidad.

Así pues el mundo oscila entre estas dos posiciones, que son expresiones de la manera en cómo sus exponentes y sus respectivos detractores perciben y entienden la vida… y la muerte.

Hasta el Papa Francisco incursiona en este cuadro, aunque sabiamente busca conciliar ambas posturas cuando dice que necesitamos fortalecer la consciencia de que somos una sola familia humana, y sin embargo advierte y complementa diciendo que no debemos dejar espacio para la globalización de la indiferencia.

Ante tal escenario, ¿hacia dónde deberíamos encaminarnos, entonces, en busca del bien mayor para el gran número de habitantes de este planeta? ¿Cuál sería la solución para lograr la paz y el bienestar en el hoy que ya nos aplasta, pero sobre todo para el futuro con su guiño de esperanza? ¿Nos amurallamos o nos dejamos asimilar? ¿”Muertito” o “trick-or-treat”? ¿Es el todo o nada, o se puede conjugar, convivir?

Si todo acaba aquí, ¿para qué acumular tanta riqueza a costa de los demás? Si todo no termina aquí, ¿para qué acumular tanta riqueza a costa de los demás?

Si nuestra búsqueda de un mundo más justo es sincera, quizá valdría la pena en primer lugar reasumirnos como seres trascendentes, poner en alto el sentido de la existencia. Alejarnos de esa actitud pesimista con la que nos caracterizamos y nos caricaturizamos. Ser uno en el todo, ser parte de la suma sin perder la identidad, diversos en la unidad, unidos en la diversidad; encontrar el equilibrio individual y social; darle un valor renovado a la vida para no desembocar en la desolación, en el desahucio espiritual diciendo como el poeta español Miguel Hernández: “¡Cuánto penar para morirse uno!”.