Josemaría León Lara

Hace cuarenta y cinco años México vivió uno de los episodios más atroces de su historia reciente. Fue precisamente el diez de junio de mil novecientos setenta y uno cuando quedó en evidencia una de las más terribles formas de represión por parte del sistema estatal en contra de sus estudiantes, acontecimiento que es conocido como “la matanza del Jueves de Corpus”.

No es casualidad que la efervescencia ideológica de la época a nivel mundial llegara a territorio mexicano; los movimientos estudiantiles que en general tenían orígenes y pretensiones nobles, buscaban entre muchas cosas la autonomía universitaria, la libertad de expresión y por supuesto una verdadera democracia.

La juventud mexicana tomó la decisión de alzar la voz y manifestarse de manera pacífica en contra de lo que consideraban que estaba mal en el gobierno del país. El movimiento fue creciendo y llegó a su cúspide en el año de mil novecientos sesenta y ocho, historia que ya conocemos cómo termina pero que sin embargo marcó con tinta indeleble al pueblo mexicano.

Tlatelolco puede ser entendido por varios ángulos, pero no quiere decir que sea justificable lo que hizo el gobierno de Díaz Ordaz en contra de sus estudiantes. El socialismo era un virus que se extendía a gran velocidad por el planeta contagiando a las mentes jóvenes con la doctrina de Marx y utilizando las figuras de Ernesto Guevara y Fidel Castro como el estandarte de la causa.

Las olimpiadas estaban a la vuelta de la esquina y la prensa internacional ya comenzaba a llegar a la Ciudad de México para cubrir la máxima justa deportiva a nivel mundial. El eco que comenzó a emitir el movimiento estudiantil mexicano terminó por lacerar los intereses políticos del país, puesto que no se podía vender esa imagen de un México a favor del comunismo.

La masacre fue tapada por el sistema, desviando toda la atención a los juegos olímpicos de ese mismo año. Los sobrevivientes tuvieron diferentes destinos después del dos de octubre, algunos fueron exiliados, otros encarcelados con la etiqueta de presos políticos y la inmensa mayoría optó por callar y agachar la cabeza.

Solamente los que fueron partícipes o testigos sabían la verdad, pero el miedo fundado en la población era suficiente para que el asunto quedara momentáneamente en el discreto olvido. Dos años más tarde llega otro distractor deportivo al país, la copa mundial de futbol, mismo que serviría una vez más al régimen pero ahora bajo el mando de Echeverría Álvarez para mantener al pueblo en paz.

Un año más tarde un nuevo grupo estudiantil pero ahora en el estado de Nuevo León, comienza a crear simpatizantes solidarios a nivel nacional, hasta llegar a la UNAM y al IPN dónde una vez más se planeó una marcha multitudinaria con el fin de manifestarse en contra del gobierno.

En esta ocasión fueron menos las bajas humanas, pero la manera tan ruin de confundir a los participantes de la marcha para después ser emboscados y por ende asesinados dejó una vez más al descubierto lo macabro del gobierno mexicano. Pero para no variar, claramente no se hizo justicia ni por el dos de octubre ni por el diez de junio.

En dos claros casos de genocidio, el Estado Mexicano fue capaz de matar a la juventud y exterminar toda posibilidad de alcanzar libertades básicas por años por venir. ¿Se hará justicia algún día? ¿Se sabrá la verdad de los hechos? ¿Pasará lo mismo con los recientes casos de Chiapas, Estado de México y Guerrero?

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@ChemaLeonLara