Gabriel Guerra del Valle. Arquitecto

Por J. Jesús López García 

La 3ª Ley de Newton establece que <<A toda acción corresponde una reacción en igual magnitud y dirección pero de sentido opuesto>>. Al movimiento arquitectónico Moderno, subversivo, experimental y propenso a la ruptura con el pasado y la tradición, le siguieron una lista de preferencias opuestas o, al menos, no tan contundentes en esas situaciones. El vocablo <<posmoderno>> no fue acuñado para definir una posición arquitectónica, sino un conjunto de circunstancias políticas, económicas e históricas, que al final de la Segunda Guerra Mundial, produjeron una crisis en la confianza optimista de la modernidad como vehículo de progreso irrestricto, inclinado a renovar de forma sustantiva la vida del género humano.

El desencanto que la misma innovación produjo y que continúa hoy en día -basta mencionar que en los últimos tiempos encontramos el dramático daño ecológico consecuencia de la industrialización global-, auspició una suerte de viraje en sentido contrario: el rescate de las añejas tradiciones, la revaloración del ayer y la apreciación de la bondad del entorno inmediato.

En el arte y en la arquitectura ese fenómeno ya se había desarrollado en épocas remotas: a la racionalidad del neoclásico del siglo XVIII le siguió el romanticismo del XIX, que volvió a la aplicación de las formas y tendencias pre modernas. El neogótico en Aguascalientes -como el que se puede admirar en los templos del <<Conventito>> o en el de La Purísima- es consecuencia de ese proceso, lo mismo que la adaptación de formas y preferencias <<exóticas>> provenientes del lejano Oriente o del remoto prehispánico de nuestro país.

A la asepsia arquitectónica de la Escuela Moderna le acompañó en los inicios de la segunda mitad del siglo XX, una triada de respuestas: la prolongación obstinada de la modernidad, el acondicionamiento de ese cambio cosmopolita a unas circunstancias particulares y la refutación de la modernidad en grados diversos. A ésta última opción se le ha dado en llamar <<posmodernismo>>, si bien la expresión engloba desde el neo historicismo abstracto de Louis  Isadore Kahn hasta el deconstructivismo de profesionales como la recién fallecida Zaha Hadid o Peter Eisenman. En medio de los polos hay una profusión considerable de conceptos y tipos que incluso pueden pugnar entre sí.

Ejemplo de lo anterior podemos citar a la arquitectura del entretenimiento y del placer -<<Aprendiendo de Las Vegas>> de Robert Venturi y Denise Scott Brown, fue un texto seminal de la arquitectura posmoderna-, de aire desenfadado, ligereza intelectual y propuestas críticas de vasta calidad abstracta, gran impacto espacial y formal a manera de Kahn o los enunciados de Aldo Rossi que insuflaron un hálito a las formas del pasado grecolatino para ensamblarlas en organizaciones arquitectónicas presentes, manejando los significados culturales que la tradición tardó miles de años en construir, dándoles un fresco vigor a finales del siglo XX.

En nuestro caso, la ciudad aguascalentense exhibe obras arquitectónicas con meritos y repercusiones diversas, tal como en el primigenio restaurante Villa Andrea -hoy la Sede del Poder Legislativo- diseñado por el arquitecto Gabriel Guerra del Valle en 1984. La finca se encuentra enclavada en el lado oriente de la Plaza de la Patria, exponiendo una evidente separación de dos cuerpos a la manera  academicista de la arquitectura clásica, con una columnata de orden toscano que antecede a sus actuales lienzos de cristal, sintetizando en un solo elemento la dualidad moderno–pre moderno en un sencillo sistema.

Parte de su perfil contemporáneo, además del vidrio de la fachada, es la estructuralidad del edificio, pues la piedra únicamente se dispone en la fachada. El interior se torna extenso, ofreciendo generosos claros que lo mismo sirven para una gran superficie de comedor, a la vez que en la disposición de las oficinas de los legisladores; un concepto propio de los postulados lecorbuserianos: el de la planta libre.

Esta orientación historicista del posmodernismo, hace gala de formas del pasado sin mostrar la abstracción de otros esquemas -como los del mencionado Kahn-, consiguiendo con ello el entendimiento y aceptación más abundantes entre los pobladores acalitanos, pues recurre de manera analógica a la composición con elementos plenamente identificados por varias centurias. Es cierto que durante algún tiempo la posmodernidad arquitectónica gozó de gran aceptación, sin embargo, en los últimos años del siglo XX y primeros del XXI fue duramente criticada. Posiblemente fue un proceso invertido que el mismo posmoderno emprendió en contra de la modernidad.

El cuestionamiento a ese tipo de arquitectura ha venido moderándose. Finalmente es el tiempo el que concede la permanencia de las ideas, gustos o preferencias de los múltiples pensamientos profesionales. Modernidad y posmodernidad encuentran, en nuestro tiempo, marcado por lo diverso y lo heterogéneo, un espacio común para el contraste de sus principios; tal vez no se trate de emprender una batalla con ganadores y perdedores, el campo de experimentación arquitectónica desde ese ángulo es muy subjetivo y escurridizo. Es probable se trate de suscitar un diálogo entre objetos contrastantes donde las fracciones reclamen un lugar propio y concedan al diferente el suyo también.