Fernando López Gutiérrez

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Hace algunos meses encontré la referencia a un artículo que escribió Agustín Yáñez en el año de 1930, en el cual se hace una fuerte crítica a los concursos de oratoria. El texto, titulado “Contra los concursos de oratoria y otros vejámenes” —publicado en el mes de abril en la revista Bandera de Provincias—, me hizo reflexionar en torno a esta clase de eventos. En su artículo, el escritor tapatío señala, entre otras cosas, lo siguiente:

Cada año es más bochornosa la asistencia a esas pruebas parlantes que han venido  a ser un serio problema para nuestros adolescentes. Desfile de cacatúas románticas, que dicen tonterías sin tasa, exhibición de una infame pobreza espiritual, tiradas patrióticas y cursis fuera de ponderación; nulidad de pensamiento, suficiencia pendeja y en el saldo final una vanidad intolerable.

A pesar de haber sido escritas hace tantos años y aunque podrían resultar radicales y ofensivas para muchos, quienes hemos participado y observado de manera continua esta clase de eventos tendríamos que reconocer con honestidad que las palabras de Yáñez conservan vigencia y describen la realidad de múltiples concursos, que su crítica es equivalente a la que muchos realizan actualmente y que debe ser considerada con seriedad.

Tomando en cuenta lo anterior, habría que pensar si las condiciones mencionadas por el autor de Al filo del agua son inherentes a los certámenes y si el valor que éstos tienen debe ser juzgado solamente a partir de lo que él observa, con la finalidad de identificar con claridad si la oratoria de concurso debería permanecer y ser promovida en las escuelas mexicanas y otros espacios formativos.

Desde mi punto de vista, la importancia que los concursos de oratoria tienen trasciende las banales demostraciones que muchos participantes realizan en los concursos, la ostentación de los que —sin poseer verdaderas cualidades— presumen sin cesar sus logros o de aquellos que, sin merecerlo, han hecho de este campo un frívolo espacio de reconocimiento a su persona. Me parece incorrecto evaluar las aportaciones de una práctica educativa y cultural en función del desempeño y las actitudes que observamos en sólo algunos de los que participan ésta, sin identificar el valor que, en el fondo, tiene para la juventud de nuestro país.

La relevancia de la oratoria de concurso no puede cuestionarse a partir del pobre desempeño que muchos de sus exponentes muestran al llevar a cabo sus intervenciones. La finalidad de estos certámenes es formativa y su impacto se expresa con fuerza en los incentivos que genera para que los concursantes lean, para que se informen de temas diversos y adquieran una cultura general, para que logren superar la barrera que representa hablar ante un público numeroso, para que fraternalicen y conozcan a otros cuyas inquietudes políticas, intelectuales y sociales son similares.

Sería ideal para nuestra sociedad que los concursos de oratoria hicieran de cada joven que participa en ellos un líder y permitieran asegurar su desarrollo como persona culta, honesta y responsable; sin embargo, como cualquier otra actividad formativa, esta disciplina es tan sólo un medio. Es necesario decir que, como medio, uno sumamente valioso para permitirle, a quien lo asuma como tal, alcanzar sus más grandes objetivos.