Por Jesús Álvarez Gutiérrez

ciudad-vivaSin empleos suficientes, productivos y de alta calidad, no habrá mercado doméstico fuerte, y sin mercado local nuestra economía seguirá sujeta a los vaivenes de la demanda internacional. Los empleos de alta calidad requieren, a su vez, de varias condiciones: políticas públicas de soporte y acompañamiento a empresas locales innovadoras, generadoras de conocimiento aplicado, diseño y valor agregado, así como un sistema educativo enfocado a la formación integral de personas emprendedoras, creativas, solidarias y competitivas.

Lamentablemente, el debate local sobre los salarios no ha superado los ya trillados prejuicios neoliberales. “Los salarios no deben subir, ni siquiera el mínimo, por decreto”, o bien, “los salarios subirán automáticamente cuando suba la productividad…”

La trampa radica en que la productividad está frenada porque los sectores dinámicos de la economía están encadenados a la maquila trasnacional que, por definición, se ha automatizado y requiere cada vez menos mano de obra calificada.

No debe sorprendernos que la productividad laboral mexicana –basada en el producto que se genera por hora trabajada– sea la más baja de la OCDE. De acuerdo con el Inegi, creció sólo 5.9 por ciento en la última década, es decir, una tasa anual promedio de 0.6 por ciento. Llama la atención que la productividad de las actividades agrícolas y ganaderas tuvo un crecimiento medio anual durante ese lapso de 2.1 por ciento, más del triple que el promedio general. En contraste, la productividad del sector manufacturero creció un escaso 0.9 por ciento anual.

Lo más grave es que la productividad conjunta de los principales factores de producción, trabajo y capital, no avanza, sigue estancada y hasta ha retrocedido en las últimas décadas. ¿A qué se debe? A los cuellos de botella en sectores clave de la economía: pésima infraestructura básica; monopolios y oligopolios en bancos, seguros, comunicaciones, telecomunicaciones, petróleo, diésel, electricidad, agua, transporte; contaminación ambiental; gasto público ineficiente y corrupto; sobrerregulación, informalidad, coyotaje; crimen organizado, impunidad, falta de Estado de Derecho… Y, por supuesto, en esta larga lista de frenos a la productividad ocupan un lugar muy destacado la baja calidad de la educación y la propia debilidad del mercado interno.

Transformar las ideas en innovaciones requiere un marco regulatorio y un ecosistema emprendedor compuesto por universidades, centros de investigación, empresas y trabajadores. En este sentido, la Organización Mundial de la Propiedad Intelectual (WIPO por sus siglas en inglés) advierte que, siendo México la economía número 15 del mundo, apenas el 0.14 por ciento de las solicitudes de patentes en 2015 provinieron de innovadores mexicanos. Estados Unidos participó con 26 por ciento.

Las empresas trasnacionales, y las locales que sobreviven, fincan su competitividad en los bajos salarios. En Aguascalientes, las empresas de la industria automotriz recientemente instaladas, pagan a sus obreros el salario mínimo o un poquito más (de 500 a 800 pesos a la semana), según denunció hace unos días el líder gremial, Rogelio Padilla.

La Comisión Nacional de Salarios Mínimos (Conasami) ha organizado interminables debates para evaluar si es oportuno o no incrementar el salario mínimo, objeto constitucional de su trabajo, a pesar de que ha perdido un 80 por ciento de su poder de compra en las últimas tres décadas (Unam). Aunque la inflación general parece controlada, el valor de la canasta básica alimentaria ha crecido entre dos y tres veces más rápido en 2014-2016 lo que deteriora el poder de compra, en especial, de las clases desprotegidas.

Algunos funcionarios siguen pensando en el trabajo como una mercancía cuyo precio está determinado por la oferta y la demanda, de tal suerte que poco debería hacer el gobierno, salvo ofrecer subsidios a los trabajadores, ante el deterioro salarial derivado de la sobreoferta de mano de obra. Sugieren controlar precios antes que aumentar los ingresos de los trabajadores: si los pobres no llegan a la línea de bienestar, entonces achaparrar la línea de bienestar; si Mahoma no sube a la montaña que la montaña venga a Mahoma.

Desconocen que los economistas más notables, dice el investigador Ricardo Becerra, “se han convencido de que la elevación del salario –moderado, pero significativo y sostenido en el tiempo– ayuda a la economía. ¿Cómo ocurre esto? Bueno, porque el mercado laboral no es un mercado de costales: los trabajadores son personas y cuando se les paga más, tienen la moral más alta, cambian menos de trabajo y son más productivas”.

México no puede y no debe continuar fincando su competitividad en el bajo costo de su mano de obra, sino abatir la corrupción, romper los cuellos de botella y motivar la innovación, el diseño y la creatividad.

Innovación y buenos salarios son los motores de la productividad, y no al revés.

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