Por Alejandro Hernández R.

Qué pena que el público de la capital del país demuestre su desinterés por asistir a los festejos de la Plaza México, no obstante el buen desempeño de la nueva empresa que conduce los destinos de esa plaza.

Y en lo que fue la cuarta corrida de la temporada, los tendidos de coso capitalino lucieron desolados, en una tarde fría, con algo de viento, lidiándose una corrida de la ganadería El Vergel, muy desigual de presentación, pelaje y juego, sobresaliendo el quinto toro, que al final acudió a los engaños, desplazándose y con buen estilo, siendo premiados sus despojos con palmas a la hora del arrastre. Los demás, dejaron mucho que desear, “colándose” un astado de presencia anovillado y sin culata ni remate.

Confirmó su alternativa el extremeño José Garrido, joven torero hispano que ha tenido una campaña interesante en su tierra, alternando con el elegante y clásico del toreo, el potosino Fermín Rivera (ovación tras aviso y oreja), cerrando el cartel el tlaxcalteca Sergio Flores (silencio y dos orejas con marcada división).

Confirmo su alternativa el diestro de Badajos, con el primero de la tarde, un toro muy tardo, dificultando el poder ligar los pases al español, además, como careció de fuerzas, supeditó la labor de torero, no quedando más remedio que poner de manifiesto su voluntad y valor. Su segundo, otro ejemplar sin ofrecer las más mínimas condiciones para la ejecución del toreo de reposo, de calidad, fue un hueso duro de roer, volviendo en las manos, viniéndose por los adentros, sin colocar la cara, menos rematar sus embestidas, estando Garrido empeñoso y siempre en la cara.

Mas quien realizó el torero con mayor pureza, con más clasicismo, con refinado estilo, con temple y longitud, de toda la tarde ha sido el potosino Fermín Rivera, que con el primero, un toro desentendido, falto de calidad, con la cabeza a media altura, yendo pero no acometiendo, a base de irlo sobrando, consintiendo, al final lo metió en el engaño, cuando nadie daba un céntimo por el toro, para torearle desentendiendo las precarias condiciones de buen fondo, obligando al respetable a meterse en la bien estructurada faena, que de no haber fallado con ambas espadas, tenía ya en la espuerta una oreja, y no un aviso, culminando por escuchar fuertes palmas.

Con su segundo, de nuevo volvió a rayar a gran nivel, cuando con esa sobriedad tan propia del vino bueno, hizo al público reaccionar a su favor, en una faena abirraigada, seria, sobria, elegante, con naturalidad deletreando el toreo en redondo con hondura, con profundidad, con verticalidad, emocionando gratamente al cónclave, dentro de una faena bien construida, donde el poder de su muleta y el recurso de una diáfana técnica, hizo posible que el toro acudiera a la muleta, desde muy adelante, para tirar de él, estando muy vertical y sin estridencias el torero, que haciendo la suerte suprema con entrega, cobró una estupenda estocada en lo alto, para que el torpe puntillero levantara a la res, tardando un poco en volver a doblar, enfriándose poco la gente, pero aun así, surgió una petición mayoritaria, llevándose Fermín una oreja bien ganada.

El primero de Sergio Flores, fue el toro más malo del encierro, además desarrollando sentido, al grado de poner en verdaderos aprietos a los banderilleros, al salirles adelante cuando intentaron adornarle el morrillo, acentuándose su querencia a los maderos de donde no fue posible sacarle de ahí. Flores le realizó una labor de aliño entre piernas. Con el quinto, el torero, paisano del siempre bien recordado Rodolfo Rodríguez “El Pana”, se dio gusto al aprovecharlo, trazando una faena si bien no con mucha ligazón, en cambio gozando siempre del agrado del cónclave, y como matara de eficaz entera en buen sitio, se ganó una oreja merecidamente, regalándole una segunda el dadivoso juez Chucho Morales, desatándose la controversia en los tendidos. Al final salió a hombros por la puerta grande, feliz de la vida, concluyendo así el cuarto festejo de la temporada grande.