Bajo el microscopio de la lente de una cámara cinematográfica, las células sociales permanecen adheridas por la morfología del desconsuelo. Sus elementos estructurales y funcionales suelen estar supeditadas a la entropía de su entorno y éste a su vez parece alentado y provocado por el comportamiento errático de sus nucleoides humanos, los cuales procuran mutar sin adaptarse a su entorno, tan solo la devastación de recursos y cambio de ambiente. Este criterio funge de metáfora para la naturaleza tanto obsesiva como apocalíptica que el cine tiene para con la microscopía de la cotidianeidad, a la cual se le introduce un agente infeccioso para simplemente apreciar los resultados, los cuales suelen repeler la mera conductualidad y enfocarse a las implicaciones básicas: psique, pathos e ideología, exponiendo la virología del ser y su franca atracción hacia el contagio.
Las películas que exploran la contaminación corporal en base a un agente infeccioso parecen cumplir con los requerimientos básicos que han acompañado a la propagación de mensajes mediáticos desde la invención de la letra impresa: como una eficaz catarsis ante los cataclísmicos acontecimientos que produce la cultura económica contemporánea y férreo símbolo del estado de nuestros tiempos, donde la tendencia a la devastación cognitiva hace de sus componentes orgánicos temerosos corderos libadores de complacencia.
En el proceso, el discurso se literaliza y algunos de los primeros intentos por explotar el farmacothriller se localizan en producciones tipo “B” donde algún germen de variedad expansiva hace de las suyas con propósitos ulteriores, ya sea por alguna mente criminal que inocula alguna bacteria con propósitos chantajistas (“The Monster Maker”-1944) o como instrumento dramático con tintes paranoides propios de la generación Guerra Fría (“Pánico en las Calles”-1950 o “El Asesino de Nueva York”-1950). Mención aparte merecen aquellas producciones que utilizan el pretexto de la plaga para abordar algunas líneas de pensamiento existencialista y que trabaja con mayor capacidad en los corredores de la ciencia ficción, ya que la población mundial diezmada sólo se visualiza en el terreno de la especulación. Es así que diversas producciones rebasaron los aspectos meramente exponenciales y sociales de una pandemia y los colocaron en ambientes arruinados y desolados, como en “El Bicho de Satán”(Sturges, E.U., 1965), donde la guerra bacteriológica le hace ver su suerte a la comunidad norteamericana a la vez que pone al frente de su discurso su característico miedo a la otredad disfrazado de monomaníay aquellas adaptaciones al clásico texto de Richard Matheson titulado “Soy Leyenda”, el cual emplea solo como premisa la desolación mundial para crear una autopsia de la codependencia comunal una vez que ésta se ve truncada por gérmenes holocáusticos, erogando en “El Último Hombre Sobre la Tierra”(1964), con un Vincent Price potente tanto en su caracterización titular como en su proyección dramática ante tal condición; “El Hombre Omega”(1971), interpretado por aquel Macho Alfa de la fauna Hollywoodense llamado Charlton Heston y, por supuesto, la muy posterior “Soy Leyenda” (Lawrence, E.U., 2007), la cual despojaba de toda la sutileza narrativa del relato para convertirla en un espectáculo multicolor sin cuerpo o fondo, lo que ya es una marca registrada de cualquier proyecto estelarizado por Will Smith. En estas cintas, así como en el texto fuente, lo primordial radica no en la epidemia en sí, sino en sus repercusiones, modelo que se vería clonado en otras producciones más adentradas en el fin del milenio.
“The Crazies”(Romero, E.U., 1973), comenzó a romper los paradigmas de la amenaza microbiana tal y como su director ya lo hiciera con los agotados zombis tahitianos previos a “La Noche de los Muertos Vivientes” (1968), conteniendo el alcance de la amenaza corpuscular al reducirla a una pequeña comunidad rural del medio este norteamericano, escenario de un microapocalipsis que se produce a nivel físico y emocional, pues la bucólica existencia de sus pobladores encuentra ultraje y profanación ante la llegada de los agentes gubernamentales que pretenden exterminar un experimento bacterial salido de control (llamado lúdicamnte TRIXIE). Una vez más, las instituciones que suponen un cobijo y salvaguarda se tornan adversas en la fase Vietnam de la nación sajona. Una película de constitución sólida y vigorosa que supera a un tibio remake homónimo estrenado en el 2010 y que tan solo se limita a describir las salvajadas campesinas de otra comunidad rural afectada por las circunstancias ya descritas. La línea fatalista pretendió pasar por cine de acción en “Epidemia”(1995), proyecto que resultó triunfador en una competencia entre estudios que trataron de sacar sus proyectos casi de forma simultánea y donde triunfó este entretenido thriller estelarizado por Dustin Hoffman (si le intriga la identidad de la otra cinta, la cual nunca pudo filmarse, le comento que era una adaptación al best-seller periodístico titulado “Danger In The Hot Zone”, el cual sería protagonizado por Jodie Foster y Robert Redford. Solo la ucronía nos dirá si la decisión de los ejecutivos de la Fox sobre cancelarla fue la correcta). Aunque la idea de una plaga con las cualidades del ébola resulta intrínsicamente aterradora, la ejecución del director Wolfgang Peterson no superó el mero ejercicio hollywoodense, trabajado con eficacia pero sin mayores pretensiones que un simple escapismo. Habría que esperar hasta el siglo XXI para que una veta más seria y aterradora de una infestación detonara con fuerza en la cultura popular y la taquilla.
Cintas como “Exterminio”(Boyle, G.B., 2002) y secuela, la saga de “Resident Evil”, la jugarreta grindhouse de Robert Rodríguez titulada “Planet Terror” y diversos proyectos asiáticos, alemanes, franceses y españoles (“Parasite Eve”, “La Horda”, “Rec” entre muchos otros como para abarcarlos en tan poco tiempo) potencializan las cualidades terroríficas de una infección y ejemplifican la clásica batalla entre la carne y agentes externos que David Crfonenberg siempre vaticinó, pero con un remojo total de sangre y violencia, lo que las hace populares y tal vez perenne.  “Contagio” (2011), reciente producción de Steven Soderbergh, es de las pocas que ha aludido a todos estos elementos pero con un lirismo y sutileza tal que pareciera manifestar en su intertextualidad un discurso de naturaleza social y posmoderna que expresa una inconformidad ante los aspectos de globalización y unificación virtual de la aldea mundial contemporánea. Un recurso válido que se torna aún más aterrador cuando constatamos que, si un virus produce un colapso en la urbanidad con el simple roce táctil, qué más no logrará la frágil mente de un paranoico.

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