Juan Sergio Villalobos Cárdenas
 Maestro en Derecho

“La historia me absolverá”; ¿cómo olvidar esta frase con que termina el alegato de autodefensa de Fidel Castro en el juicio que se le siguió tras el asalto al cuartel Moncada en el lejano año de 1953?, con esas cuatro sencillas palabras el hombre se autodefine y se enfrenta a su destino. Los principios y las convicciones marcan su senda que no tiene jamás doble sentido.

Ave de las tempestades, revolucionario y estadista, camarada y dictador, héroe y villano. Fidel Castro Ruz es un referente obligado del siglo XX. No dejará de sorprendernos jamás la historia -digna de un guión cinematográfico-, de un abogado, un médico y un puñado de rebeldes internados en la sierra maestra cubana logrando lo que pareciera imposible: deponer al gobierno sátrapa y títere de Fulgencio Batista y desafiar a un imperio. Durante décadas Norteamérica buscó por todos los medios borrar tal afrenta: ejecutar al líder máximo de la revolución, invadir la isla caribeña, bloquear económicamente su comercio y un largo etcétera. Todo fue inútil; la revolución cubana triunfó y se consolidó. Recordar aquella hazaña obliga irremediablemente evocar a México. Fue en nuestro país donde el abogado Fidel Castro y el médico Ernesto “Che” Guevara se conocieron y fue de Tuxpan de donde zarparon aquellos idealistas en la embarcación Granma. Triunfante su revolución y adoptado un modelo socialista para el nuevo régimen político y económico, todos los países del continente americano rompieron relaciones diplomáticas con Cuba por presiones norteamericanas; todos excepto uno: México.

De la innumerable lista de discursos que dio durante su vida Fidel Castro, siempre he tenido presente uno. Era 1991 y México fue sede de la primera cumbre iberoamericana celebrada en Guadalajara. Todos los jefes de Estado invitados coincidían en hacer llamados a la unidad, a la integración y a la cooperación. Pero el discurso de Castro fue un latigazo para todos: “…pudimos haber sido todo y no somos nada…” dijo; todos los invitados estaban molestos, incómodos; Patricio Aylwin de Chile, en su discurso negó enfático aquella frase lapidaria. Pero la alocución del líder cubano tenía el amargo sabor de esas verdades incómodas; no estaba negando los logros de nuestros pueblos, sino enfatizando nuestros ancestrales temores y limitaciones. El mensaje fue claro: Nosotros somos nuestras propias cadenas.

Y nadie mejor que él sabía esto. Líder de una isla con limitados recursos naturales mostró al mundo lo que una sociedad ordenada y educada puede lograr. Los logros de sus políticas en materia de salud, educación y en el ámbito deportivo son indiscutibles, como indiscutible es el rezago en políticas de respeto a los derechos humanos y de apertura democrática. Purgas políticas y exiliados en racimos son las sombras del camarada comandante, Fidel rompió las cadenas ancestrales del pueblo cubano…y forjó nuevas.

Poseedor de una impecable oratoria, inspiró a millones, y muchos lo odiaron. El mismo John F. Kennedy quien afirmaba que el muro construido por los soviéticos en Alemania del Este era una tragedia humanitaria, apoyó y auspició a un grupo de exiliados cubanos para invadir Cuba. Bahía de Cochinos ha sido el gran desastre de la política exterior del tío Sam, y el gran triunfo del régimen revolucionario. Fue esa misma isla el escenario en que la humanidad vivió al filo de un encuentro atómico entre las dos superpotencias del siglo XX.

Fidel Castro es luz para unos y sombras para otros; pero hay algo que no podemos escatimarle: demostró que la grandeza de un país no radica en su extensión territorial, sino en su determinación en defender su dignidad como nación y su inalienable derecho a decidir su futuro. Viene ahora el juicio de la historia, y por fin Fidel sabrá si ha sido absuelto.