Una caminata por los residuos radiactivos de la Tierra
El polvo cubre cada paso de nuestro solitario protagonista, abriendo senda en el inhóspito territorio desolado cuya conformación ambiental se distingue por arquitectura ruinosa, otrora tecnología de punta ahora en condición de herrumbre y claro, esos hambrientos mutantes caníbales que no cesan en su intento por perjudicarlo. Esta yerma tierra baldía que antiguamente componía un factor de esencia orgánica en la geografía de un indefinido territorio enclavado en la futurista imaginería que propone la ficción cinematográfica plantea un manifiesto riguroso sobre la diagonal naturaleza humana, ya que la omnipresente tentación del sacrificio de nuestra opípara existencia en el altar de la demencia psicobiológica respaldada por una paranoia absoluta asoma su contrahecha faz generación tras generación, tomando ventaja del debilitamiento sociocultural ante las poses deificadas de los líderes globales que jamás desisten de sus enervantes duelos a mediodía con su dedo colocado firmemente en algún botón detonador como si de un western holocáustico se tratara. Tales posturas arrogantes que desdeñan la integridad física de un planeta sólo pueden purgarse a través del ejercicio especulativo que puede brindar el cine, exprimiendo las posibilidades temáticas latentes en estas bravatas diplomáticas al exponer sus horrendos resultados. Y estos, invariablemente, han desembocado en un subgénero de hermética condición, donde la audiencia, impotente ante dichos acontecimientos, emancipa colectivamente sus temores en una experiencia cuasi lúdica de probabilidades, posibilidades y pavorosos factibles pero venerando los ingredientes básicos de la quinesia fílmica. Es así que el cine de catadura postapocalíptica llegó para quedarse.
Como mencioné previamente, las circunstancias históricas juegan un papel preponderante en el desarrollo de cada etapa de las hecatombes ficticias cinematográficas, por lo que su génesis puede rastrearse justo después de la 2ª. Guerra Mundial, donde los gritos de furia se fusionaron con los gritos de miedo ante esa seta atómica que devastó a Hiroshima con atronadora modernidad. Pero más allá de los espeluznantes alcances en la entereza física de las víctimas, fue la psique ecuménica la que despertó a una realidad donde la destrucción intensiva y la incertidumbre sobre un futuro utópico formaban ya parte de los procesos de pensamiento cotidianos. Conforme el cine logró un afianzamiento pleno en el proceder escapista de las atónitas audiencias posguerra, la demolición de esperanzadoras sociedades a posteriori comenzó su gradual procesión a través de dos vertientes muy claras: aquellas que exploraron las inherentes cualidades existenciales ante un sombrío panorama de desolación nuclear y este mismo fenómeno pero bajo la óptica de la metáfora y la parábola. En la primera destaca la primera producción que abordó seriamente la aterradora posibilidad de un conflicto bélico dominado por ojivas: “La Hora Final” (1959), un pesimista atisbo a dicho cuadro desde la perspectiva de unos marineros varados en Australia que destaca por un reparto de primera línea con nombres como Gregory Peck, Ava Gardner y Anthony Hopkins dirigidos con sobriedad y mesura por Stanley Kramer, quien con firmeza logra una cinta dramática sin demasiado efectismo y relativa crudeza que contrasta con sus opuestas manifestaciones fílmicas que lidiaron muy a su manera con la fobia a la aniquilación: las cintas de ciencia ficción. De esta vereda surgieron incontables proyectos tanto de los grandes estudios como de las factorías “B”, “C” e incluso “Z” que transfiguraron la incertidumbre global en invasores espaciales para darle un rostro y forma más cómodos a la creciente impotencia social sobre sus dirigentes y la quebradiza política exterior. Títulos clave al respecto son “Cuando Los Mundos Chocan” (1951), “La Guerra de los Mundos” (1953), “El Día Que Paralizaron La Tierra” (1951) o “El 27º Día” (1957), los cuales tradujeron el temor al exterminio en avasallantes amenazas siderales, las cuales siempre culminaron en gratificantes victorias para la raza humana arrancando suspiros de alivio entre los cinéfilos de la época, pues obsequiaban la idea subconsciente de la prevalencia.
Mas al transcurrir los años, los laxos mecanismos culturales no tardaron en verse nuevamente alterados una vez que la furia del átomo parecía desatarse conforme la Guerra Fría envolvía las relaciones entre los países con capacidad armamentista de alcance global, desde los incidentes en Bahía de Cochinos durante los 60’s hasta las poses neurofascistas y amedrentadoras de Reagan en el alba de los 80’s, detonando una nueva camada de producciones cinematográficas que afrontaron directamente las posibilidades de un estilo de vida radioactivo y, curiosamente, replicando la tónica narrativa de los 50’s, con una marcada frontera entre las cintas que se empeñaron en vaticinar desde una perspectiva realista las consecuencias de un enfrentamiento a esta escala y aquellas que juguetearon con la idea para acomodarlas a las estructuras ideológicas en ciernes. “Al Día Siguiente” (1983), una escalofriante especulación sobre un ataque nuclear en territorio norteamericano que zozobró las conciencias tanto de ciudadanos como de cabezas gubernamentales debido a su excelente manufactura o “Juegos de Guerra”(1983), más circunscrita en la vena juvenil cultivada en aquella época pero que no le restaba veracidad a los hechos, ciertamente encajan en la primera línea, mientras que la segunda encontró no sólo el éxito de crítica y de público, sino además un nombre con el que por siempre se medirá todo tipo de producciones similares: “Mad” Max Rockatansky (con el rostro de un imberbe Mel Gibson pre-demencia) y su perenne éxodo en un mundo que se ha vuelto una Tierra de Nadie después de que los misiles nucleares hicieron su labor. La tetralogía de “Mad Max” sentó las bases argumentales y plásticas para los proyectos compatibles que emanaron de tan estridente década, degradando la calidad en los niveles de producción conforme el oportunismo y un ingreso raudo tomaron el control, proveyendo títulos que hicieron las delicias de las antediluvianas reproductoras Betamax como “Escape de Nueva York” (1981), legadora de un ícono de culto como lo es su protagonista tuerto “Snake” Plissken (Kurt Russell) o Def-Con 4 (1985) más circunscrita en una vena terrorífica y angustiante mostrando los esfuerzos de unos astronautas por sobrevivir en un planeta orillado al canibalismo y la barbarie cuando el átomo dividido hace lo suyo y las exquisitas sobras que nos obsequiaron los italianos de eterno arribismo con infrafilmes de culto como “1990: Los Guerreros del Bronx” (1982), “Exterminadores del Año 3000” (1983), “Los Nuevos Bárbaros” (1983), “Fuga del Bronx” (1983) y “2020: Gladiadores del futuro” (1984), entre muchas, pero muchas más delirantes producciones de hilarante oportunismo cortesía de adorables dementes Enzo G. Castellari, Sergio Martino, Ruggero Deodato o Lucio Fulci.
En la actualidad, todo indica que la ruina de la humanidad provendrá de una revancha ambiental y ecológica y no necesariamente de índole isotópica, así que lo mejor será cerrar las puertas con llave, reclinarse en el asiento de su elección y disfrutar en DVD los hipotéticos escenarios de desamparo y devastación que suministra la conjetura fílmica para pasarla megatónicamente bien mientras los tsunamis hacen de las suyas.

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