Evocaciones arquitectónicas

Por J. Jesús López García 

De manera paralela al desarrollo de la arquitectura utilitaria con la casa a la vanguardia, las construcciones destinadas a enterramientos han sido a lo largo de la historia humana -desde el neolítico hasta el día de hoy y en las múltiples civilizaciones que le han compuesto- una preocupación constante en el quehacer de la edificación.

La llamada es singular ya que a diferencia de la mencionada vivienda, el diseño de las tumbas concentra su atención en el detalle de la composición que resulta en una elaborada manufactura, que si se observa desde el punto de vista objetivo de la utilidad, es completamente gratuita. Gratuidad paradójicamente de gran costo que en algunos casos llegaba a ser parte de la economía de reinos completos, como ejemplo de ello las grandes pirámides egipcias que empleaban a considerables contingentes de habitantes del reino durante las fases periódicas de inundación del río Nilo, esto cuando no les era posible llevar a cabo labores agrícolas. El resultado de esa labor arquitectónica es parte sustancial a la imagen que tenemos del Egipto actual, lo mismo que de lo antiguo.

La naturaleza de las inhumaciones varía de acuerdo a la manera de los distintos grupos humanos de concebir a la muerte. Los hay escondidos en parajes remotos como los localizados en los Andes o también los encontramos completamente visibles. En todo caso, el grado de civilización de un grupo se ha medido con base en lo elaborado de sus rituales y espacios fúnebres pues ello implica una parte fundamental de su cosmovisión. Los enterramientos ejercen también un recordatorio vívido de episodios importantes para una comunidad como la Fosas Ardeatinas que rememora a las víctimas de una venganza nazi sobre los habitantes de un pueblo italiano o los sitios donde han sido sepultados héroes patrios, como el nacional <<Ángel de la Independencia>> en donde se encuentran los restos de Miguel Hidalgo y Costilla.

La arquitectura funeraria ha mostrado una propensión clara al monumento cuya raíz etimológica es monumentum, recuerdo y de ahí a lo monumental, pues el paso por la vida de algún personaje importante marca de alguna manera una forma de medir el transcurso del tiempo. El mausoleo de Halicarnaso continúa siendo un hito en la historia de su sociedad además de pertenecer al catálogo de las Siete Maravillas de el Mundo Antiguo con las citadas pirámides egipcias, particularmente las del conjunto de Giza. Otros monumentos fúnebres significativos para figuras importantes han sido realizados por grandes maestros de la arquitectura, como la de Lorenzo de Médici y el papa Julio II por Miguel Ángel, entre muchos otros más. Sin embargo conforme en las sociedades se va afianzando el sentido de la propia individualidad los enterramientos evidencian también una pulsión por diferenciarse de las tumbas contiguas, así ya no son sólo los monumentos funerarios que se dedican a los poderosos son los que muestran el esmero de diseño y construcción, sino los destinados a cualquier persona que quiera invertir en la fábrica de su propio mausoleo.

Más allá de rotondas para personajes ilustres, podemos encontrar cementerios que por sí solos tienen un interés artístico e histórico por el tiempo y la naturaleza de sus inquilinos, tal y como podemos admirar el parisino Père-Lachaise, en que coexisten los sepulcros del escritor Óscar Wilde, del compositor y virtuoso pianista Fréderic Chopin, del militar y presidente de México José de la Cruz Porfirio Díaz Mori o de James Douglas Morrison (Jim Morrison) cantante, compositor, poeta, vocalista y líder del mítico conjunto de rock The Doors.

En Aguascalientes los cementerios de Los Ángeles y el de La Cruz poseen un sinfín de excelentes e interesantes ejemplos de buena arquitectura funeraria. Sus estilos y su disposición dan cuenta del tiempo de su hechura y del lapso que tocó vivir a quien descansa en ellas, basta describir las características de un monumento analizado que se levantó en piedra con tres cuerpos organizados en escuadra; uno de ellos, el más grande con un coronamiento en pequeños frontones, funcionando como articulador entre los otros dos: uno con la forma de catafalco, y otro, un templete de disposición circular; la composición con expresiones clasicistas – existen varias tumbas neogóticas a los lados de la referida tumba- se desprende ligeramente de su basamento con esferas para dar la sensación de desprenderse del suelo, una manera de expresar trascendencia.

En esos vetustos panteones aguascalentenses pueden verse éste y otros muchos monumentos funerarios de esmerado diseño. Conforme el dinamismo de la vida contemporánea nos impone sus rígidos horarios y calendarios pareciese que las tumbas actuales deben preservar ese mismo rigor en su orden espacial y asepsia formal, pero aún con ello las tumbas, cualesquiera que sean, no son mudas, opuesto a lo que expresa el dicho con respecto de un ser humano: los muertos no hablan, aplicándolo en nuestro caso a los sepulcros, éstos son muy elocuentes. Narran de la persona a la que se quiere recordar; describen a la sociedad que procuró o pretende su recuerdo y exponen un episodio en la historia del que la tumba es testimonio.