Para El Heraldo de Aguascalientes en su 61º aniversario.

Luis Muñoz Fernández

Entre el saber y el poder, entre la fuerza y el conocimiento, ha existido siempre una dependencia mutua, pero también una enemistad profunda […] En Inglaterra, la aristocracia se opuso durante siglos a educar a su propio pueblo, ya no digamos a los pueblos colonizados. Según el doctor Johnson, la máxima figura de las letras inglesas a mediados del siglo XVIII, “un hombre queda disminuido cuando otro adquiere los mismos conocimientos que él”.

 

Enrique Serna. Genealogía de la soberbia intelectual, 2013.

Decir que los médicos debemos estudiar toda la vida es poco más que un lugar común. Tras haber terminado la carrera universitaria y los años de internado hospitalario y de servicio social, el continuar estudiando –la educación médica continua– se convierte, en el mejor de los casos, en una necesidad para acceder y mantenerse en el sector público o en la docencia universitaria de la profesión. Más allá de eso, lo habitual es que seguir estudiando se vuelva en un asunto de pura convicción personal.

La necesidad de la educación médica continua es evidente. Desde que la base del conocimiento biomédico es la investigación científica, los cambios en este campo se suceden con gran rapidez. Los datos obtenidos de las numerosas investigaciones que se llevan a cabo en todo el mundo se acumulan día a día, haciendo cada día más compleja –a veces no sabemos si para bien o para mal– la descripción de la realidad. La producción científica en medicina es tan cuantiosa que es imposible que cualquier médico lea todo lo que se publica cotidianamente en las revistas de su especialidad.

Se asume que seguir estudiando ayuda a que el médico sea más competente para poner al servicio de los pacientes los últimos avances de la ciencia médica. Eso en teoría, porque en la sanidad pública –e incluso en la privada– la llegada de los avances de la medicina es casi siempre lenta y está sujeta a la presencia de médicos actualizados y comprometidos que los conozcan, exijan y pongan en práctica y, además, se ve obstaculizada por los míseros recursos presupuestales que desde hace muchos años mantienen al sector salud en la obsolescencia.

En otros países del mundo el conocimiento no sólo tiene un valor intelectual, sino que también implica un valor económico. No es casualidad que los países más desarrollados sean aquellos que más invierten en la investigación científica. En esos países el que sabe más es apreciado como un valioso activo para impulsar el progreso. Si es capaz de aplicar con éxito esos conocimientos se le recompensa proporcionalmente en lo académico y en lo económico.

En México y en Aguascalientes, salvo algunas excepciones, el panorama es muy distinto. Estos dos valores del conocimiento casi nunca han sido cabalmente apreciados. El saber sigue siendo una empresa personal que poco o nada importa a la hora de acceder a la toma de las decisiones trascendentes. No es infrecuente que las grandes decisiones estén en manos de quienes poco saben del tema. Importan mucho más las relaciones y la fidelidad al grupo que tiene el poder. Esa sumisión es un bien muy apreciado y está muy por encima de cualquier otro en la escala de valores que rige el mundo laboral.

La superación académica a través de diversos cursos de posgrado recibe de parte de las instituciones del sector salud un incentivo mínimo o nulo. Claro que existen excepciones. Tal es el caso del Instituto Mexicano del Seguro Social, que da todo tipo de facilidades a aquellos entre sus médicos que desean estudiar alguna especialidad, subespecialidad o maestría.

Pero fuera de ahí, las aspiraciones académicas de los médicos del sector público despiertan muy poco eco a nivel directivo. Sólo aquellos que, tras años de trabajo institucional, todavía conservan los ideales juveniles, cuentan con suficientes medios económicos personales y han reservado para la madurez cierta dosis de energía física y mental, son capaces de lanzarse a la aventura incierta de una maestría o un doctorado. Especialmente cuando deben saber de antemano que sus afanes no serán ni apreciados ni reconocidos.

Y hablando de un entorno hostil, también llama poderosamente la atención el que algunas instituciones de educación superior no hayan comprendido que la educación médica continua debe ofrecerse bajo ciertas condiciones, dado que está dirigida a médicos en pleno ejercicio de su profesión, con horarios fijos –en especial los médicos del sector público–, amén de su trabajo privado. Por lógica, esta situación debería obligar a que las universidades adoptasen esquemas educativos flexibles que facilitasen las cosas, para brindar así cursos de posgrado con horarios razonables, adaptados a la situación laboral de los educandos.

Esto también vale para los propios hospitales del sector público, que sienten que el tiempo empleado en la educación de su personal es una falta intolerable a los rígidos esquemas burocrático-administrativos de la institución. Se ignora que la capacitación del personal no es un gasto, sino una gran inversión. Al final y como siempre, los más perjudicados son los pacientes que acuden a los hospitales públicos, a quienes se les defrauda por no ofrecerles el mejor nivel de atención médica posible. Atención que, por cierto, todos los mexicanos pagamos con nuestros impuestos.

El uso de las actuales tecnologías de la información y la comunicación permite ofrecer maestrías a través de plataformas informáticas para que el alumno lleve sus clases desde la conveniente comodidad de su casa o de su lugar de trabajo, accediendo a los contenidos del programa y a la asesoría académica con una simple computadora conectada a la Internet. Es una lástima saber de facciones anquilosadas en algunas instituciones de educación superior que se niegan a modernizarse y usar estas valiosas herramientas electrónicas, impidiendo con su ignorancia la superación académica de los médicos para quienes estos cursos están diseñados y dirigidos.

Hay en el fondo de todo ello un aspecto tal vez más inquietante. Se percibe cierto temor al conocimiento mismo y, sobre todo, a quien le gusta adquirirlo a través del estudio. Como si estudiar fuese una acción subversiva que desafía la estabilidad del sistema, el orden establecido. Desde luego que algo así no es nuevo. Los hombres y las instituciones que detentan el poder suelen desconfiar del estudioso. Basta recordar la difícil y tensa relación que mantuvo varios siglos la Iglesia Católica con los científicos y libre pensadores.

Dicen que el conocimiento es poder y al poderoso no le gusta la competencia, sobre todo cuando él mismo carece del saber y desconfía de quien lo posee o desea adquirirlo. Incluso si ese deseo del estudioso está desprovisto de cualquier ambición política o económica. Se aplica aquí el refrán popular que reza así: Piensa el ladrón que todos son de su condición.

Refiriéndose al deber del médico de mantenerse actualizado, el doctor Ruy Pérez Tamayo refiere lo siguiente en su libro Ética médica laica (Fondo de Cultura Económica, 2002):

La ausencia (o la mención pasajera) de este principio de ética médica en la mayoría de los códigos conocidos de la profesión es sorprendente. Que el médico debe tener la mejor preparación y que debe mantenerla a través de su educación continua parece obvio, pero no lo ha sido ni para muchos pensadores preocupados por la ética médica ni para ciertos administradores de la medicina. Como ilustración de lo último mencionaré que hace ya muchos años, cuando asumí la jefatura de un laboratorio de anatomía patológica en una institución de asistencia médica privada, y solicité a los directivos un presupuesto que incluía libros y suscripciones a revistas de la especialidad, la respuesta fue: “Pero si nosotros queremos médicos ya preparados, no médicos en preparación”.

 

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