Por J. Jesús López García 

En una acuarela puede verse la trayectoria de la pintura y el punto de su secado de un modo transparente; es como si la pintura fijase, a través de este proceso, el congelamiento del tiempo en una gota de agua. En las calles de las ciudades del mundo pueden leerse como las gotas de una acuarela, las diferentes intervenciones que se han llevado a cabo en los diversos inmuebles, fincas, edificios, componen en su conjunto una impresión de un momento determinado. Acostumbrados al ritmo actual de presentar «productos» terminados, listos para su consumo, tendemos a desdeñar aquello que manifiesta múltiples cambios, modificaciones o cualquier acción posterior a su fábrica original.

Sin embargo, un sinfín de excelsa arquitectura da fe de los cuantiosos lapsos de su construcción. Las grandes catedrales fueron obras desarrolladas durante varios siglos, igualmente que los grandes conjuntos palaciales y monásticos; pero para la comunidad llana, ni aristocrática ni religiosa, las avenidas, calles, paseos, bulevares, arterias y callejones de las metrópolis también manifiestan el devenir de su tiempo, las marcas que van dejando sus eventos, sus anhelos y aspiraciones, sus fracasos y sus muy variadas experiencias, y con la diferencia de lo construido por las instituciones más fuertes –sean éstas religiosas o laicas–, las calles expresan en varias ocasiones la voluntad directa de un colectivo de personas.

Diversos edificios también de épocas diferentes, que se destinan indistintamente en su funcionamiento, muchas veces transformados parcialmente en su constitución propia; fincas con atractivos particulares, algunos que representan la manera de pensar y de ser de la población, otros de índole estrictamente privada. De fortunas varias, de buena factura, pero también de mala disposición, prácticos o incómodos, sobrios, pretenciosos, exagerados, tímidos, amables u hostiles, en fin, la arquitectura en su conjunto, y en cada uno de los inmuebles que encontramos en las calles, reflejan en buena medida la personalidad de sus ocupantes, invitados, y de sus pobladores.

Por otro lado, es importante mencionar que lo anterior, se dirige o aplica a algunos ejemplos de calles o avenidas. Hoy en día, con la estandarización manifiesta en los nuevos desarrollos inmobiliarios, toda esa diversidad está siendo desplazada por lo homogéneo. La calle tradicional se mantiene diversa y lo aleatorio de sus modos de habitabilidad le hacen susceptible al paulatino desorden, sin embargo a pesar de ello, esas arterias poseen los rasgos suficientes para aquello que nos es entrañable, íntimo, próximo, cordial: el rincón del recuerdo infantil, la banca donde se escribió un nombre, el sitio donde compramos un globo, la copa del árbol bajo la que se sostuvo una plática, el rellano que sirvió para protegerse de un aguacero.

Es en estos ámbitos ofrecidos por las calles en donde se observan particularidades, en distintas ocasiones de manera casual, ofreciendo una múltiple gama de posibles vivencias que difícilmente pueden ser experimentadas en las vías, repetidas una y otra vez en la mayoría de los múltiples desarrollos inmobiliarios actuales –sino es que en todos–, pendientes, por el contrario, de la generalidad conformada por habitantes vistos como sector de un mercado y no como en aquellas, dueños por derecho ciudadano del espacio público, mucho más plástico y moldeable.

Y esas particularidades sólo expresan lo meramente físico, sin embargo aún hay más: cada recuerdo, cada episodio particular o comunitario, va fijando en las calles una historia, una manera de ser de un grupo humano. La Calle del Codo, es de las más antiguas de nuestra ciudad aquicalidense, si bien sus fincas primigenias ya no existen ya que hoy lo que apreciamos va desde el siglo XIX hasta modelos muy recientes. Aun con ello el «codo» al que alude su nombre, aún es patente en su configuración urbana que conectaba hace más de cuatro siglos al presidio fortificado –detonador de la creación misma de Aguascalientes–, con la salida –o llegada– de la capital mexicana.

En sus paramentos destaca la Casa de Cultura, edificio de múltiples etapas constructivas –posiblemente desde el siglo XVII– aunque presente hoy, principalmente sus rasgos del XIX; residencias de los años cincuenta del siglo XX que sustituyeron a otras más antiguas, conviviendo con aquellas obras de años más recientes. Formas de todos esos tiempos coexistiendo con el eco de tiempos aún más distantes correspondientes al inicio mismo de nuestra historia local. Paso de caravanas con plata, reposo para peregrinos que acuden a la veneración de la Virgen de la Asunción, sonido de flautas y el atisbo de una exhibición de grabados, la algarabía de los cafés, la venta callejera de libros, todas sus actividades son parte de su personalidad.

La Calle del Codo es un diminuto ámbito, en donde el conjunto y la multiplicidad de sistemas arquitectónicos, funciones y desarrollo de trabajos varios, es lo que le hace reconocible para la mayoría de la población de Aguascalientes. Alternando su percepción con la de los árboles de sus alrededores, sus fincas presentan todas las modificaciones, que como en una acuarela, manifiestan el momento en que los detalles arquitectónicos congelaron en su particularidad, múltiples gotas de tiempo.