Aún cuando el sudor frío ya perlaba las frentes y nucas de los espectadores en las oscuras salas cinematográficas de las décadas de los 10’s y 20’s gracias a los ominosos y lúgubres filmes expresionistas alemanes (“Nosferatu”, “El Golem”, “El Gabinete del Dr. Caligari”) y con las pavorosas creaciones del maestro Lon Chaney (conocido con el epopéyico y adecuado mote de “El Hombre de las Mil Caras”) en varias películas donde explotaba al máximo el poder de la caracterización a través del maquillaje como “El Jorobado de Nuestra Señora” (1923) y “El Fantasma de la Ópera” (1925), el género de horror como tal vería forma y moldeo con la llegada de Hollywood y su afán de explorar las posibilidades que lo sobrenatural brinda tanto sensorial como remunerativamente a través de una pléyade de cintas que encontrarían su principal crisol e inmortalidad en los Estudios Universal, la osada morada de los monstruos clásicos por antonomasia que desafió los estándares tanto argumentales como morales de la narración cinematográfica para entregarnos los primeros vampiros, zombis, momias y criaturas de celuloide en un grotesco carnaval de horrores en glorioso blanco y negro.
La experiencia comenzó su desarrollo con “Drácula” (1931), la primera adaptación oficial del clásico texto gótico de Bram Stoker protagonizada por el entonces desconocido actor de ascendencia húngara Bela Lugosi, quien brinda una icónica caracterización del famoso Conde -tal vez su mejor actuación en su extensa y desigual carrera- que, hasta la fecha, es la referencia del inconsciente colectivo masivo cuando se recuerda la antropometría del legendario vampiro (a saber: cabello engominado con pico de viuda, capa larga y enjoyada, acento europeo, mirada hipnótica y el nunca beber…vino), así como un trabajo excelso de atmósferas góticas y sombrías cortesía del dotado director Tod Browning. El éxito financiero fue arrollador e inesperado y las secuelas no se hicieron esperar: “La Hija de Drácula” (1936) y “El Hijo de Drácula” (1943) patentizaron la fascinación del público por el personaje y la manifestación de un fenómeno inédito hasta el momento: el insaciable apetito de los cinéfilos por escalofríos y sustos, lo que orilló a Universal a buscar otro texto qué adaptar que proveyera la misma intensidad tanto en audiencia como en taquilla. La solución: “Frankenstein o el Moderno Prometeo”, de Mary Shelley.
La versión fílmica corrió a cargo del visionario y talentoso director inglés James Whale, quien creo una de las cintas más iconográficas del panteón del terror gracias en gran medida a la creación histriónica que del monstruo hizo el ahora legendario Boris Karloff y la brillante caracterización del maquillista Jack Pierce, cuyo diseño de cráneo aplanado y enormes pernos sujetos al cuello es el referente cultural obligado de este ser cadavérico resucitado por el ego de Víctor Von Frankenstein. La película se enfrentó encarnizadamente con la censura de la época, pero terminó siendo uno de los proyectos más redituables de la camada monstruosa de Universal, brindando una serie que comenzaría con un punto álgido y terminaría con una burla: “La Novia de Frankenstein” (1935 – probablemente una de las mejores y más refrescantes cintas del género en toda su historia), “El Hijo de Frankenstein” (1939), “El Fantasma de Frankenstein” (1943) y… “Abbott y Costello Vs. Frankenstein” (1948).
Los ritos arcanos también estuvieron presentes en la forma de “La Momia” (1932), donde Karloff encarnaría a Im-Ho-Tep, faraón momificado que vuelve a la vida para reencontrarse con su amor perdido en la moderna Inglaterra y que se vería reanimado para cobrar venganza una y otra vez en la saga más longeva del estudio con “La Mano de la Momia” (1942), “La Tumba de la Momia” (1943), “El Fantasma de la Momia” (1944), “La Maldición de la Momia” (1945)y… “Abbott y Costello Vs. La Momia” (1955). Definitivamente uno de los ídolos de matinée más aplaudidos y añorados.
La licantropía completó el cuadro mitológico cuando Universal contrató a Lon Chaney Jr. para que encarnara a “El Hombre Lobo” (1941), tal vez la amenaza más singular del grupo al centrarse en el personaje de Larry Talbot (Chaney), un hombre común quien, al ser mordido por un extraño lobo, se transforma en una bestia humana cada luna llena sin importar su buen corazón o recitar sus oraciones por la noche. La cinta fue muy bien recibida por la audiencia y permitió su regreso a la pantalla en el primer emparejamiento de monstruos en la historia: “Frankenstein y el Hombre Lobo” (1943), así como en “Abbott y Costello Vs. El Hombre Lobo” (1945).
Universal se encontraba en su punto más boyante y experimentó exitosamente con otra creación literaria: “El Hombre Invisible” (1933), fantástica reimaginación del clásico texto de H.G. Wells con sorprendentes efectos visuales y magnífica ambientación. Capturó la imaginación del público a tal grado que se ganó su propia serie: “El Regreso del Hombre Invisible” (1940), “La Mujer Invisible” (1940), “La Venganza del Hombre Invisible” (1944) y “Abbott y Costello Vs. El Hombre Invisible” (1951 -probablemente todas las cintas estelarizadas por este par fueron el modelo para todos los cómicos mexicanos de la época, desde Viruta y Capulina hasta Tin Tan quien, curiosamente, estelarizó una comedia junto a Lon Chaney Jr. repitiendo su papel de licántropo titulada “La Casa del Terror” en 1960).
Al llegar la década de los 50’s, los horrores se tornarían nucleares ante el pavor producido en el público global por la bomba atómica, tornando el miedo a lo desconocido en algo más real y tangible. La ciencia ficción ganaba terreno en el gusto popular, por lo que la última gran creación de los Estudios Universal fue una amalgama de locura científica y cine de horror: “El Monstruo de la Laguna Negra” (1954), una criatura marina bípeda con hábitat en el Amazonas que aterroriza a un grupo expedicionario norteamericano donde se encuentra una bella científica que removerá la concupiscencia primitiva de este ser acuático.
El filme fue por demás redituable y marcaría el fin de una senda que cimbró a toda una generación con imágenes tenebrosas y oscuras en favor de proyectos más atractivos para el creciente y televisivo público juvenil. Pero a lo lejos, desde Inglaterra, ya se formaba una imponente nube tormentosa y renovadora que arrasaría todo lo que hasta entonces se entendía como horrendo: La Hammer.

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