Por Jesús Álvarez Gutiérrez

ciudad-vivaEspejismos. El INEGI informó que el Producto Interno Bruto del país avanzó en el primer trimestre de 2015 a una decepcionante tasa de 2.5%, con una contracción de actividades mineras y petroleras, así como un bajo dinamismo en la industria manufactura y de la construcción.

Ante estos datos duros, tanto el Banco de México como la Secretaría de Hacienda no tuvieron más remedio que disminuir, por segunda ocasión, su expectativa de crecimiento para este año. Despojados de triunfalismos, ambos organismos reconocen que creceremos entre 2 y 3 por ciento, similar a la tasa inercial desde hace décadas, según lo habían advertido los analistas privados.

Las reformas estructurales no están logrando su propósito de dinamizar la economía. ¿Por qué?

La razón esgrimida es que el motor externo de nuestra economía presenta problemas fuera de nuestro control, como el derrumbe del precio del petróleo, la desaceleración económica mundial y varias prácticas comerciales desleales: por ejemplo, en ganado y carne por parte de Estados Unidos, y en acero, calzado y ropa por parte de los países asiáticos.

Mientras tanto, los tomadores de decisiones parecen empeñados en ignorar la necesidad de reponer el motor interno de la economía, que sigue averiado por el debilitamiento del poder de compra de los mexicanos.

Espejismos. Es cierto que durante el primer trimestre de este año hubo un poco más de ocupación y un poco menos desempleo en México, pero los nuevos puestos tienen remuneraciones de hasta dos salarios mínimos, menos de 140 pesos al día, lo que evidencia la precariedad del mercado laboral, indican datos de la Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo (ENOE) del INEGI.

La población ocupada creció sólo 1.5 por ciento al cierre del primer trimestre de 2015, en comparación con el mismo periodo de 2014. A pesar de este pobre desempeño, la tasa de desempleo descendió al 4.2 por ciento como proporción de la población económicamente activa (PEA), siendo la tasa más baja desde 2008. Este dato, alentador en apariencia, se debió a que la PEA mostró sorpresivamente un aumento anual de apenas 0.9 por ciento (sumó 52 millones de personas).

Aunque la población mexicana en edad de trabajar (15 años y más) sigue creciendo rápidamente, el ritmo de expansión de la PEA (fuerza laboral) ha sido bastante lento porque mucha gente abandona el esfuerzo de buscar trabajo cuando cree que no vale la pena el costo en tiempo, esfuerzo y transporte; en este caso, prefiere cuidar el hogar o, simplemente, el ocio. Efectivamente, la ENOE de marzo de 2015 detecta, al margen de los 2.2 millones de desempleados, otros 6 millones de mexicanos desesperanzados, que confiesan haber dejado de buscar trabajo a pesar de tener necesidad, disposición y edad.

Y es que en México padecemos un salario mínimo de 70 pesos diarios, equivalente a 4.5 dólares, el más bajo entre las naciones afiliadas a la OCDE. Esa cantidad no alcanza siquiera para la alimentación básica y transporte de una persona al día.

No vale pretextar que es una cifra de “referencia”. Es definitivamente falso señalar que ya “nadie” gana el salario mínimo. El bloque de trabajadores de hasta un salario mínimo ascendió en el primer trimestre de 2015 a 6.7 millones de personas, un incremento de 4 por ciento respecto del año anterior; asimismo, el grupo de trabajadores que gana más de uno y hasta dos salarios mínimos se ubicó en 12.6 millones, un incremento de 5 por ciento. En cambio, en ese mismo período, se perdieron empleos en todos los rangos superiores a tres salarios mínimos.

Cuando el común denominador es una baja generalizada en las remuneraciones salariales, no deberíamos festejar como logro la inexistencia de huelgas, un derecho consagrado por la Constitución a los trabajadores para exigir mejoras laborales.

Espejismos. Hace años, cuando estudié mi maestría en economía en una prestigiada universidad estadounidense, me enseñaron que la mejora salarial de la mano de obra se generaba automáticamente por el repunte de la industria en una sociedad, pero, sobre todo, por el avance de la productividad derivada de la capacitación de los obreros. Hoy considero esta posición absolutamente ingenua. Basta revisar que cada una de la veintena de plantas automotrices a lo largo del territorio nacional paga de manera diferenciada a sus obreros, no en atención a productividad sino por mayor o menor temor a la rotación de personal.

Dadas las distorsiones presentes en el mercado laboral, el ámbito de los salarios requiere la tutela del gobierno, ya que no está funcionando la “mano invisible” de Adam Smith.

Si el gobierno no comprende que crear un mercado interno con empleos de calidad es la verdadera reforma estructural que requiere el país para garantizar un desarrollo incluyente y sustentable, entonces seguiremos engañándonos ofreciendo paliativos a los síntomas de la enfermedad a través de despensas, láminas, becas, subsidios, descuentos, devoluciones, etc.

Una política pública laboral integral debe arrancar respondiendo al reto de elevar el salario mínimo de manera planeada, consciente, voluntaria y constante hasta que en el corto plazo se cumpla con el mandato constitucional (Art.123) y el art. 90 de la Ley Federal del Trabajo que a la letra exige: “El salario mínimo deberá ser suficiente para satisfacer las necesidades normales de un jefe de familia en el orden material, social y cultural, y para proveer a la educación obligatoria de los hijos”.

Echemos cuentas y empecemos a hacer justicia. O, si somos egoístas, veámoslo también como una cuestión de supervivencia.

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