Josemaría León Lara Díaz Torre

Siempre me he considerado como una persona con un razonamiento ciertamente bastante escéptico; suelo poner en duda la mayoría de las cosas que me rodean, pero en general trato de buscar el trasfondo de todo.

Al vivir en esta sociedad “posmoderna”, donde la tendencia es ser políticamente correcto y el diálogo ha pasado a un segundo término, en ocasiones me siento perdido puesto que el poner en duda algún tema, puede resultar contraproducente y caer en la tan mal vista: intolerancia.

Desde la antigüedad clásica, en el mundo occidental hemos considerado a la familia como la célula básica de toda sociedad; y es por ello que siendo cual fuese el sistema de gobierno vigente en el momento, se ha pretendido darle protección a la familia a través de la institución matrimonial.

En otras palabras, siempre ha sido el Estado quien ha procurado garantizar la subsistencia del núcleo familiar, por medio del matrimonio, siendo esto una tradición tanto de carácter jurídico como cultural e histórico.

Es decir, que el matrimonio como institución social más allá de cualquier credo, sobrepasa cualquier movimiento ideológico progresista, por el simple hecho de su tradición milenaria intrínseca en la historia de la humanidad misma.

Sin pretender caer en una absurda intolerancia, creo que todo individuo es libre de actuar en conciencia y de elegir sobre sus propias preferencias, eso nunca lo he puesto, ni lo pondré en tela de juicio; pero desvirtuar arbitrariamente el concepto de matrimonio, por promover el derecho de una minoría prende un foco rojo en mi escepticismo, puesto que de algún modo el equilibrio racional entre las minorías y las mayorías se pierde.

Claro es, que el matrimonio no tiene como único fin el de preservar la especie (a pesar de lo que la absurda ultra derecha opine), también existe la ayuda mutua, el respeto entre pareja, pero sobre todo el cariño. También es cierto, que es retrógrada pensar hoy en día que solo es familia aquella que se conforma de la manera tradicional, también las familias monoparentales son hasta en muchas ocasiones más funcionales que las de carácter “convencional”.

Pero regresando al tema, no dudo en la existencia de la ayuda mutua, el respeto o el cariño de una pareja del mismo sexo; pero es cierto que antropológicamente por su propia anatomía no le es posible la procreación.

Desde el punto de vista jurídico, yo aplaudo la figura de las llamadas “sociedades de convivencia”, que sin ser un matrimonio pueden hacer vida en común y la ley les otorga protección muy similar a la que se les da a los que viven en concubinato, como es el caso de los alimentos o la situación sucesoria, según sea el caso o la legislación aplicable.

Redefinir una institución milenaria por ser “políticamente correcto” no es la manera de ser progresistas ni tolerantes. Quisiera saber tu opinión: jleonlaradiaztorre@gmail.com / Twiiter: @ChemaLeonLara