Luis Muñoz Fernández

La retirada del anuncio espectacular con la fotografía de dos hombres besándose que acompaña al eslogan “Mil formas de amar, una sola de protegerse. ¡Usa condón!” y que forma parte de una campaña del Gobierno Federal para prevenir las enfermedades de transmisión sexual, nos ha mostrado una faceta de nuestra sociedad hidrocálida en la que tenemos que poner especial atención, trabajar en ella y corregirla. En pocas palabras, se trata de la intolerancia hacia la homosexualidad, aversión que ya no se justifica en los tiempos que corren.

Como tampoco se justifica considerar la homosexualidad como una enfermedad. Por eso en 1973 fue descartada del Manual Diagnóstico y Estadístico de las Enfermedades Mentales que edita la Asociación de Psiquiatría de los Estados Unidos. También se eliminó de la Clasificación Internacional de Enfermedades de la Organización Mundial de la Salud en 1990. Esos son los referentes por los que tenemos que empezar a la hora de analizar este tema que hoy es considerado un estilo de vida tan respetable como cualquier otro.

Adela Cortina, catedrática de Ética y Filosofía Política de la Universidad de Valencia, España, señala lo siguiente en un artículo reciente titulado  Somos un diálogo (El País, 1º de marzo de 2016):

Uno de los obstáculos para crear sociedades justas y convivencia pacífica es la intolerancia que se expresa en las palabras, y no sólo en las acciones. Algunos grupos se sienten autorizados para desacreditar a otros, porque estos últimos cuentan con una característica que los intolerantes consideran especialmente despreciable, digna del repudio generalizado y la exclusión. La actitud del intolerante suele reconocerse con el sufijo “fobia”, y es tan vieja como la humanidad.

La xenofobia, la aversión al extranjero, es, por desgracia, bien conocida, pero también la homofobia, el odio a las personas homosexuales, la fobia hacia gentes que practican una religión, como judíos, musulmanes o cristianos; y la gran desconocida, aunque universalmente practicada, es la aporofobia, el odio al pobre, y más si es indigente y vulnerable.

La discusión sobre la homosexualidad, como otros muchos temas trascendentes para la vida de nuestra comunidad y que en algunos casos representan verdaderos problemas de salud pública (el aborto, la eutanasia, el suicidio, el consumo de algunas drogas, los matrimonios entre personas del mismo sexo, el acceso a los servicios de salud, etc.) se pospone una y otra vez al amparo de intereses que no son los de la sociedad en su conjunto. Intereses personales o de grupo que se anteponen al bienestar, a la justicia social y a la autonomía moral de los aguascalentenses.

El debate público informado entre nosotros es escaso, casi inexistente, y es, sin embargo, uno de los rasgos distintivos de cualquier democracia madura. Y uno de sus ámbitos por excelencia es el Congreso del Estado. No es fácil deshacerse de la tradición autoritaria que ha dominado nuestra historia política antigua y reciente, pero es cada vez más evidente que la sociedad necesita educarse para intervenir directamente en los asuntos trascendentes que afectan su presente y su futuro. Lamentablemente, con cierta frecuencia nuestros “representantes populares” comprueban lo dicho por el extinto estadista alemán Konrad Adenauer: la política es demasiado importante como para dejarla en manos de los políticos.

Para eludir el análisis público de este tipo de asuntos se usa un argumento falaz: los aguascalentenses todavía  no estamos preparados para hablar abiertamente sobre estos temas, a lo que cabe cuestionarse: ¿y cuándo vamos a estarlo? ¿Y quién o quiénes nos van a señalar el momento? Mientras como ciudadanos se nos siga tratando como menores de edad, necesitados de tutela para ir por la vida, nunca podremos llegar a ser una verdadera sociedad democrática y no solamente una democracia electoral.

Debemos empezar por admitir que en la aguascalentense, como en cualquier otra sociedad de la cultura occidental contemporánea, existe una pluralidad moral, es decir, aunque una mayoría declare públicamente su adhesión a los principios morales de la religión católica, existen otros grupos sociales con principios morales distintos que no deben soslayarse. En razón de ello, los asuntos que afectan a los diversos grupos sociales y su convivencia deben analizarse y debatirse de manera pública, informada y, sobre todo, razonada. Temas como los señalados son objeto principal de la reflexión ética, especialmente de la bioética.

De acuerdo por lo expresado por el Observatorio de Bioética y Derecho de la Universidad de Barcelona:

Esta disciplina tiene como función brindar criterios fundados para orientar la acción humana ante ciertas cuestiones vitales [como las que hemos señalado aquí]. De su carácter racional y práctico deriva la necesidad de elaborar argumentos que constituyen las razones para la acción. La mera voluntad no justificada, las creencias religiosas o las intuiciones no constituyen “razones para la acción” (aunque las motiven; pero no lo hacen racionalmente) y por eso quedan fuera del campo de la bioética.

Hoy por hoy y ante la pregunta que encabeza este escrito no nos queda más remedio que admitir que en nuestra sociedad siguen existiendo grupos intolerantes con el suficiente poder para imponer su moral particular a todos los aguascalentenses.

 

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