Jesús Eduardo Martín Jáuregui

Como hormiga pisada la gente va de un lado a otro, se revuelve, se acelera, se tensa, gruñe, calcula el tiempo que perderá en trasladarse, el que tardará en llegar a su trabajo, maldice a la autoridad que por quedar bien ante unos cuantos desquicia la ciudad, algunos gustan de los decorados navideños, otros piensan que son “chafas” y que no están a al altura del centro histriónico, quiero decir histérico, ¡no! ¡perdón! ¡histórico!. Citando a Ortega y Gasset en su imprescindible “La rebelión de las masas” uno constata que todo está lleno y que está ciudad entrañable, amable y aborrecible a la vez, por recordar al menos prescindible Efraín Huerta que estaría feliz este año que su hijo David recibió el Premio Nacional de las Artes, ya nos quedó chica. La ciudad nos aprieta. Su ya de por sí complicado tránsito se atora mas. Las angostas calles del centro, se enangostan mas por la decisión de permitir el estacionamiento en los lugares que no se permitía y los embotellamientos se enardecen porque se cierran vías primarias para convertirlas en tianguis, tragaderos sin un mínimo de higiene con instalaciones naturalmente provisionales e inseguras, puestos de todo lo imaginable desde falluca hasta libros usados, pasando por todas las gamas imaginables de la piratería.

Entre multitud de distractores la caída del peso que no ha logrado detener la inyección de dólares de una reserva que, más valía, lo había escrito hace años el antropólogo, economista y paisano, Juan Castaingts, que se hubiera invertido en la creación de fuentes de producción y de riqueza. El peso se desmorona y hay que gastarlo antes de que su poder adquisitivo se deteriore más y mañana: Dios dirá. Hoy es hoy y el aguinaldo quema y ¿cómo que no voy a comprar y comprar y comprar?.

Entre tantos estímulos navideños la navidad pasa casi inadvertida. El fenómeno hace recordar aquel soneto maravilloso de Don Francisco de Quevedo: “Buscas a Roma en Roma, ¡Oh peregrino!, y en Roma misma a Roma no la hayas…” El espíritu navideño, el espíritu de la celebración cristiana, el recuerdo del advenimiento del Niño Jesús, la concordia, la caridad, el renacimiento de la esperanza y la comunión en una creencia que hermana (¿hermanaría?) a la humanidad. Entre anuncios, magnavoces, vendimias, apreturas, incomodidades, como si de una programación hipnótica se tratara de tienda en tienda, de tianguis en tianguis, ¿qué digo? todo el centro convertido en tianguis, todo el sur convertido en tianguis, todo el norte transformado en tianguis.

La lectura es un remanso, el libro en proceso de suplantación por los lectores electrónicos, por las tabletas, por los teléfonos inteligentes. Uno que disfruta pasar las páginas, oler la tinta, sostenerlo en manos, regodearse en la tipografía, sucumbe a la modernidad. The conversation es un sitio que ofrece lecturas de contenido, para reflexionar, así lo anuncian. Llama la atención el título de un artículo: Weighing up the evidence for the ‘Historical Jesus’, que puede traducirse, supongo, como: Sopesando las evidencias del Jesús histórico. El tema no es nuevo. Quizás desde los tiempos remotos del cristianismo fue puesta en duda la realidad histórica del nazareno. Curiosamente, ¿casualmente?, el adviento trae además de la preparación para el recuerdo del nacimiento, los cuestionamientos que, de buena o mala fe, ponen en duda la creencia, esa sí histórica que ha marcado al mundo al extremo de fijar su calendario.

El artículo no aporta novedades. Recuerda que los evangelios no tienen datos de fechas que permitan establecer con precisión los hechos de la vida de Jesús relevantes para la cristiandad. Algunos como la datación del año 1 de nuestra era por Dionisio el Exiguo seguramente son errados. Aunque merece la pena recordar que los mismos romanos tan avanzados en ingeniería, administración y derecho, tenían un sistema precario de calendarización. Tomaban como referencia a un rey, emperador o cónsul, y se hablaba, por ejemplo, del año 4 de Craso. Señala también, lo que ya es sabido, que existieron otros evangelios y que la Iglesia en un concilio determinó que los cuatro que forman el nuevo testamento de la Biblia, son los que por inspiración fueron escritos. Abunda en el hecho de que los historiadores romanos no consignan los sucesos que narran los evangelios, aunque hacen referencia tardía, casi un siglo después a los cristianos. Flavio Josefo, historiador judío, que había sido esclavo y al ser manumitido adoptó el nombre de su ex-dueño, como muchos lo hacían como parte del “obsequium” que constituía los “iura patronatus” (las obligaciones que los manumitidos conservaban con respecto a su antiguo propietario), escribió la Historia de los Judíos, una descripción prolija de la época en que se sitúan los evangelios pero no menciona los hechos. Tito Livio sí alude a los cristianos, pero no abunda en su origen o en su fundamento: la vida de Jesús El Cristo.

Quizás se pierde de vista, o se pretende que se pierda de vista, que el Nuevo Testamento a diferencia de algunos de los libros del Antiguo Testamento, no es un relato histórico, sino la propagación de una doctrina de vida, que da testimonio de una religión, en el sentido primigenio de ser un lazo de unión. La doctrina cristiana es valiosa en sí misma. Al margen del hecho histórico. Al margen de las circunstancias de tiempo y de lugar. Al margen de que ha sido determinante en el desarrollo de la humanidad, que ha enriquecido la cultura, que ha “humanizado” la convivencia, que ha pregonado la igualdad esencial de los individuos, y el respeto y la tolerancia, como formas menores de la “caridad” (el amor) que es sin duda el fundamento último del cristianismo.

Entre el barullo de la navidad comercial se encubre el sentido auténtico de la celebración. La conmemoración que invita a ser vivencia de una enseñanza que hermana sin distinción de razas, de culturas, de tradiciones. Reconocer en el espejo del prójimo la dignidad del hombre y de su posibilidad real de asumir a la humanidad como una sola con un solo destino.

¡Feliz Navidad!

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