Jesús Eduardo Martín Jáuregui

Va de cuento: La maestra pregunta a los alumnos el primer día de clase, como un ejercicio rompehielos, las ocupaciones de mamá y papá. Pepito, infaltable, al regreso a casa le platica a su mamá y le dice además que tuvo que decir que su papá era pianista de burdel. -¡Cómo Pepito!, sabes que tu papá es abogado- -Si mamá, yo lo se, pero me dio pena decirlo.

Eduardo J. Couture, el gran jurista uruguayo, nos legó además de una carrera ejemplar en la academia y en el foro su extraordinario Decálogo del Abogado, que remata en su item X con esta bella admonición: Ama tu profesión. Trata de considerar la Abogacía de tal manera que el día que tu hijo te pida consejo sobre su destino, consideres un honor para ti proponerle que sea Abogado.

Couture no lo dijo, pero su decálogo podría ser adicionado con una cualidad que hace llevadera la profesión, que si bien da para comer, como se dice frecuentemente entre abogados, quita el apetito: el sentido del humor. Porque la agudeza de ingenio, la rapidez en el raciocinio, la precisión en los conceptos, la percepción de la falta ajena, la disimulación de la propia, el juego de palabras y el malabarismo de los conceptos, son cualidades que se cultivan en el humor y se aplican ventajosamente en el ejercicio forense.

Lo anterior vino a colación porque el pasado viernes el Supremo Tribunal de Justicia del Estado conjuntamente con agrupaciones de abogados, algunas desconocidas para mí, convocaron anticipadamente a la celebración del Día del Abogado que se conmemoraría el domingo. Fue notoria la ausencia entre los invitados y, por consecuencia en el presidium, de las escuelas de Derecho de las múltiples universidades de Aguascalientes, algunas tan desconocidas para mí como las agrupaciones de marras. Extrañé también la presencia de algunos expresidentes del Supremo Tribunal que ojalá no haya sido por motivos de salud. No ví a Dn. Efrén González Cuellar y no ví tampoco a Dn. Roberto Macías Macías. En fin que con razón podría haberse dicho y lo dije, ni están todos los que son ni son todos los que están.

En el festejo que parecía festival de fin de cursos en el que todos quisieron intervenir, agobiados por la resolana (se hizo en el patio del Palacio de Justicia) con casi una hora de retraso, tuvimos el placer de tres intervenciones que destacaron, la muy cálida del Sr. Pte. del Tribunal Maestro Juan Manuel Ponce, la docta del licenciado Jesús Aguilar Sánchez que quizás sea el abogado con mas años en el litigio en el foro aguascalentense, aunque quizás ese decanato se lo dispute el licenciado Héctor Valdivia Carreón, al que tampoco ví por allí. La intervención del licenciado Aguilar tuvo, ni modo que no, como debe ser exordium, narratio, partitio, confirmatio, refutatio y peroratio como manda la retórica. Y remato con una sabia disertación que tuvo que acortar por la calor y el tiempo, el respetable abogado zacatecano Uriel Márquez Valero, toda una institución en su tierra y en donde tenga a bien plantarse.

En el festejo se hizo reconocimiento a tres señalados abogados aguascalentenses, a la licenciada Ana Leticia López Pérez que además de haberse desempeñado en varias funciones públicas ha sido fundadora de agrupaciones de mujeres profesionistas, al licenciado Humberto Aguilera que se ha caracterizado siempre por un acercamiento pulcro al ejercicio profesional y que ha hecho de la amistad también un ejercicio vocacional y el supradicho Jesús Aguilar Sánchez de estirpe abogadil y que cuenta en su palmarés el haber sido campeón nacional de oratoria. Su intervención resaltó la virtud de la gratitud y para beneplácito de los que ya tenemos un rato caminando en estas andaduras por los campos de Montiel, que es como debe ser el ejercicio de la profesión como Dios manda, recordó cuatro ilustres abogados, tres de ellos maestros destacados y para nuestra fortuna con sus noventa y tantos años bien vividos, pasando lista de presente, el licenciado Eutimio Serna Chávez, bondadoso, amable y generoso, que supo sembrar, lo dijo Jesús Aguilar, en sus alumnos la semilla de esas virtudes.

Aguilar se refirió también a un Señor que poseía en grado superlativo todas las virtudes de un juez, hombre probo, erudito, honrado, sabio, justo, equilibrado, y además como quería Douglas MacArthur a su hijo, con suficiente dosis de buen humor, sabía ser serio pero no se tomaba demasiado en serio: Don Agustín Basaldúa. Tuve la fortuna, ¡qué despropósito! pero rebus sic stantibus, de coincidir siendo jueces, el de lo penal y yo un novato juez civil, yo acudía frecuentemente en busca del saber y no pocas veces del calor de Don Agustín. Un sábado, entonces los juzgados trabajaban los sábados, ¡qué la Justicia no debiera descansar!, Don Agustín se retiraba un poco antes de la hora de salida y chanceándolo imprudentemente le dije: “ya terminó su jornada Su Señoría”, con su sonrisa pícara que era luminosa y cálida me dijo:

“Hoy no corto caña,

que la corte el viento,

que la corte Lola

con su movimiento”

En otra ocasión me platicó que su papá hubiera querido que estudiara medicina pero “yo, compañero, no tengo corazón para meterle un cuchillo a un cristiano acostado en su cama, en cambio parado y enojado…¿quién sabe?” y con su sonrisa de ángel viejo y escuálido, que no se por qué los ángeles han de ser todos infantes mofletudos, desmentía su afirmación.

Aguilar se refirió también a Don Manuel Varela Quesada y a Don Humberto Brand Sánchez, juristas, eruditos y bohemios, no se si en ese orden, y “conbarrianos” (como le gusta decir a Gabriel Villalobos), del mero Triana, y de los sabios del barrio (como lo afirma Gabriel Villalobos). Del primero dijo el segundo en divertido epigrama:

“Varela en la madrugada,

cuando le aprieta la cruda,

ya no es Varela Quesada,

sino ¡Varela que suda!.

Aguilar recordó que Varela presentó unos agravios tan abundosos y claros ante el Supremo Tribunal que tuvo el desplante, ¡muy trianero! de rematarlos diciendo: “¿Mas mezcla, maistro?”. Poco antes de morir le encontré en la calle Madero, le acompañaba un jovencito. Después del saludo le pregunté obligadamente por su salud. Para ese tiempo tenía que usar continuamente un parche de nitroglicerina para contener (así lo imagino) su desbocado corazón, porque a su mente no había poder humano que la limitara. “Pues ya ves Jesucito,- (así me llamaba y claro que me gustaba) – ya tengo que andar con lazarillo, porque si me da un patatús nadie va a decir: mira pobre viejito ¿qué le pasará?, sino que dirán: mira allí está el borrachote de Varela, agarrando esas papalinas a estas alturas”.

El día del Abogado fue una magnífica oportunidad para reflexionar sobre la profesión, su pertinencia y actualidad. Yo hubiera sido incapaz de proponerles alguna profesión a los hijos, pero me siento profundamente honrado de que uno de ellos haya elegido la abogacía cuyo recto ejercicio debiera ser todo un apostolado.

 

bullidero@outlook.com           bullidero.blogspot.com           twitter @jemartinj