Fernando López Gutiérrez
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En 2007, la revista Letras Libres presentó una serie de artículos del escritor Guillermo Sheridan, en los cuales se expone la cuestión de la lectura en México. Estos textos breves —una trilogía titulada “La Lectura en México”, con sus partes publicadas en tres ediciones consecutivas de la revista mensual— surgieron después de la revisión de los resultados de la Encuesta Nacional de Lectura del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, publicada en 2006, y de algunos otros datos sobre la materia que se habían dado a conocer por la OCDE y la UNESCO.

La reciente presentación de las conclusiones de la Primera Encuesta Nacional sobre Consumo de Medios Digitales y Lectura (PENCL), realizada por Banamex y la organización IBBY México/A leer, me recordó lo escrito por Sheridan en aquel año y me llevó a cuestionarme su actualidad. Aunque la información de esta encuesta se refiere tan sólo al segmento de la población mexicana con acceso a internet, en zonas urbanas y con edades que oscilan entre los 12 y 29 años (y no a la totalidad de la población, la cual es considerada en los estudios que el escritor tomó como referencia), resulta interesante analizar la visión del autor referido a la luz de los nuevos datos.

En el 2007, Guillermo Sheridan afirmó lo siguiente: “Las estadísticas avasallan. Demuestran con alevosía y ventaja, sin mostrar forma alguna de clemencia ni resquicio para el anhelado error metodológico, que al mexicano (el 99.99 por ciento) no le gusta leer.”[1] Al contrario de lo anterior, en la PENCL se señala, entre otras cosas, que 8 de cada 10 jóvenes gustan de la lectura y que alrededor del 70 por ciento del total leen más por iniciativa propia que por obligación.

Lo anterior nos lleva a preguntarnos si los hábitos de lectura para el segmento poblacional considerando en la PENCL, son tan diferentes de aquellos que mantiene la totalidad de la población (a la cual se refieren las estadísticas mencionadas por Sheridan) o si ha existido una variación radical en dichos hábitos entre los años 2006 y 2015. En lo que respecta al primero de los casos, mi opinión personal (no identifico datos desagregados que me permitan obtener conclusiones determinantes al respecto) es que la diferencia en la muestra no debería ser un factor que generara resultados tan distintos, considerando que algunos de los factores más importantes en las diferencias entre los perfiles de los lectores ya están incorporados en la muestra. En el segundo de los casos, existe evidencia que indica que esto no ha ocurrido; por ejemplo, la Encuesta Nacional de Lectura 2012 (ENL), realizada por la Fundación Mexicana para el Fomento de la Lectura (FunLectura) señala que tan sólo el 46.2% de los mexicanos lee libros y que, en promedio, el mexicano lee 2.94 al año.

En función de lo anterior, la información que presenta la PENCL sigue pareciendo contradictoria con otros reportes previos sobre hábitos de lectura, ya que en ella se afirma que alrededor del 75% de los jóvenes (66% de los jóvenes en general y 84% de los universitarios) lee libros impresos. Considero que esta aparente contradicción tiene su origen en el tipo de preguntas planteadas en las diferentes encuestas: por ejemplo, una persona puede responder de manera afirmativa que lee libros impresos, pero decir que no lo ha hecho en los últimos meses. Las preguntas de la PENCL no aportan soluciones a este tipo de inquietudes y, por lo tanto, no resulta correcto sacar conclusiones optimistas sobre los hábitos de lectura analizados a partir de ellas. Por desgracia, todavía no encuentro elementos suficientes para afirmar que lo que escribió Sheridan en 2007 ha dejado de tener sustento.

[1] Guillermo Sheridan. “La Lectura en México /1” Saltapatrás. Letras Libres. Abril 2007. Disponible en : http://www.letraslibres.com/revista/columnas/la-lectura-en-mexico1