Encuestas fallidas y una esperanza

Jesús Álvarez Gutiérrez

El desenlace de las elecciones celebradas en Estados Unidos hace justo una semana, sigue siendo, y lo será por mucho tiempo, el tema sobre el que centran sus comentarios analistas y politólogos, tanto los profesionales como los de ocasión, quienes abordan el asunto desde diferentes perspectivas, pero con lo sorpresivo del resultado y sus temidas consecuencias como puntos en común.

Entre la abundancia de subtemas derivados de estos comicios, históricos en más de un sentido, está el que se refiere a las encuestas, que una vez más fallaron.

Los comentaristas, y sobre todo los encuestadores, se han apresurado a intentar explicar las razones por las cuales los estudios demoscópicos no acertaron con el resultado de esta elección que tanta expectación y preocupación provocó en todos los rincones del planeta.

En general, el “voto oculto” es señalado como el factor determinante para este resonante  yerro, que se suma a los que se vivieron con el Brexit en Gran Bretaña y los acuerdos de paz en Colombia, por citar un par de ejemplos recientes y de gran impacto internacional, aunque no menos espectaculares han sido los equívocos registrados en nuestro país.

Infinidad de voces se han levantado para señalar que los norteamericanos no supieron lo que hacían cuando votaron por Donald Trump, y dieron un salto al vacío en el que arrastraron al mundo. El periodista británico John Carvin resume tal visión en el diario El País: “Ocurrió lo impensable. Visto desde el resto del planeta Tierra, los estadounidenses han sucumbido al suicidio político colectivo. Estaban ahí en lo alto de Trump Tower mirando para abajo, contemplando tirarse. Oyeron a los que les rogaban que no lo hicieran pero no les hicieron caso. La locura se impuso a la razón”.

De alguna manera Carvin acepta que la llegada de Trump era, no ya una posibilidad lejana y bufonesca sino una probabilidad más real e inminente de lo que decían las encuestas. Si no hubiera sido así, tal vez no se hubiera formado un frente tan amplio en su contra ni el ahora presidente electo hubiera declarado contundente que la gente votaría por él aun si le disparaba a alguien en la Quinta Avenida neoyorkina.

Y aquí el punto es si las encuestas no acertaron a ver esa realidad, o simplemente la negaron, la ocultaron a conveniencia. José Antonio Crespo escribe que muchos analistas y medios dieron por seguro el triunfo de Clinton “porque vieron en las encuestas lo que quisieron ver; proyectaron a partir de ellas lo que deseaban que ocurriera”.

De acuerdo a los resultados, podríamos englobar en tales afirmaciones a los propios encuestadores… ¿O sería más exacto en su caso afirmar que vieron lo que les dijeron que vieran, proyectaron lo que les dijeron que proyectaran? Algo así como lo que narra don Juan Manuel en el cuento XXXII de El Conde Lucanor, retomado cinco siglos más tarde por Christian Andersen en El traje nuevo del emperador. En tal sentido, los encuestadores se sumaron una vez más al coro de aduladores que dicen a sus patrocinadores lo que éstos quieren escuchar, y luego culpan a los encuestados y sus emociones.

Para comprender un poco más el tema de las encuestas vale la pena echar un vistazo a diez tesis que plantea la presidenta del Centro de Investigaciones Sociológicas de España, Belén Barreiro (2010), mediante las cuales busca “convencer de que los sondeos de opinión tienen más virtudes que defectos”, aunque podría ocurrir que luego de leer el texto produzca el efecto inverso.

En contraste con lo afirmado por Carvin acerca de que “la locura se impuso a la razón”, Barreiro expone en su primera tesis que a la hora de hablar de política son muchas las personas que tienen un severo desconocimiento de las instituciones, las reglas y los protagonistas de la política, sin embargo ello no impide que tengan bastante claro qué es lo que quieren y hacia dónde desean ir.  Esto nos indicaría que quienes le dieron las llaves de la Casa Blanca a Trump lo hicieron con plena conciencia, y habría que aceptar su decisión por mucho que no se coincida con ella.

Cuatro tesis más de Barreiro: Tercera: Los ciudadanos no son caprichosos: son las circunstancias cambiantes las que les provocan cambios de humor; Cuarta: El público no siempre es infalible; las respuestas incorrectas a veces nos informan del estado de ánimo de la ciudadanía; Quinta tesis. Las mentiras o la ocultación de la verdad son, en sí mismas, señales; Novena: Las estimaciones de voto añaden información: ni la cambian, ni la restan.

Pues parece que los encuestadores no han considerado tales tesis ni las variables que enuncian, y sólo se ocuparon en recoger dividendos y luego en buscar razones de su nuevo fracaso.

Así que ahora en lo que tenemos que poner las esperanzas es en que los vaticinios apocalípticos respecto a la gestión de Donald Trump resulten fallidos como las encuestas, y que las profecías de Nostradamus o Baba Vanga también se esfumen como las aspiraciones de Clinton.

Barreiro, Belén. 2010. Diez verdades sobre las encuestas demoscópicas. Madrid. Foro de la Nueva Sociedad. Disponible en Nueva Economía Forum.

http://www.nuevaeconomiaforum.org/_upload/ponencias/FNS_Belen_Barreiro_23.06.10.pdf Consultado el 14 noviembre 2016