Jesús Eduardo Martín Jáuregui

 “De nuestra generación han muerto muchos jóvenes brillantes, y la torpe muerte segadora no ha entendido que para el equilibrio del mundo, quizá fuera mejor que se llevase a los mediocres que quizás alcancen una venerable senectud”. Mariano Picón Salas.

Pero, ¡no!… tu misión no está acabada,

que ni es la nada el punto en que nacemos

ni el punto en que morimos es la nada.”

Ante un cadáver, Manuel Acuña.

El pasado fin de semana la comunidad lésbico gay llevó a cabo lo que se ha venido denominando la “Marcha del orgullo”, que lamentablemente tuvo un dramático tono luctuoso, por un accidente mortal que empañó lo que era un acto reivindicatorio. La marcha, como seguramente otras manifestaciones de propósitos similares, ha sido cuestionada por sectores conservadores de la sociedad, ¿De qué están orgullosos?, ¿Por qué están orgullosos?, ¿Para qué hacer estas manifestaciones? Expresiones como éstas encuentran si no respaldo, sí justificación a partir de las manifestaciones realizadas en nuestra ciudad por autoridades de diversos tipos, que, en lugar de expresar el respeto, el derecho y, una virtud que habría de sacudir a la mayoría de la población que dice profesar un credo: la caridad.

Una suma de negligencias ocasionó el accidente que provocó la torpe prisa de un joven que segó la vida de otro, que sumaba su voluntad a la del grupo de manifestantes para expresar su orgullo. En un libro que seguramente resultará ilegible a estas alturas, porque no podría reducirse a 140 caracteres, ni podría ilustrarse de manera que alcanzase la hospitalidad de “Face”, y que desde luego no podría ser “trend topic”, José Ingenieros, el humanista argentino desarrollaba en un capítulo la idea del orgullo contrapuesto a la vanidad. En “El Hombre Mediocre” que así se llama el libro y que junto con “La simulación en la lucha por la vida” y su obra póstuma “Las fuerzas morales (sermones laicos)”, forman una trilogía de enseñanza axiológica para la juventud, señala que la vanidad se encuentra en el extremo negativo de un continuo en el que el extremo positivo lo constituye el orgullo: la conciencia y conocimiento del propio valer y el actuar en consecuencia. En sus palabras: “El orgullo es una arrogancia originaria por nobles motivos por nobles motivos y quiere aquilatar el mérito; la soberbia es una desmedida presunción y busca alargar la sombra catecismos y diccionarios han colaborado a la mediocrización moral, subvirtiendo los términos que designan lo eximio y lo vulgar”.

No es el lugar ni el momento para formular un juicio respecto de los comportamientos de la autoridad y de los particulares que dieron por consecuencia la tragedia. Queda siempre la corroyente sensación de que se pudo haber evitado, cuando no la impresión de vivir una pesadilla de la cual habrá de despertarse a una realidad sin el desenlace fatal que todos lamentamos. La policía reaccionó rápido aunque sin duda a destiempo, la fiscalía ha realizado prontamente su labor y el poder judicial habrá de emitir su resolución que nada cambiará. Nada de lo que el sistema de justicia pueda hacer expiará las responsabilidades. La ausencia seguirá y la presencia ominosa de los “hubieras” no se esfumará.

De la desgracia podría intentarse alguna reflexión constructiva. Las omisiones, las negligencias, las impericias, se sumaron. Decía el trágico Agatón “El pasado ni Dios lo puede cambiar”. Las primeras expresiones que circularon en los medios de comunicación y en las llamadas redes sociales, fueron alimentadas por la sorpresa, el estupor y la falta de información. Solo un puñado estaba en el lugar de la tragedia y de ellos, unos cuantos se percataron de su desarrollo. La mayoría voltearon al escuchar el impacto, sin embargo, hubo expresiones lamentables, que se explican por el azoro del momento. No faltó quien la calificara como un acto de odio, con una intencionalidad hacia una comunidad que ha sido mucho tiempo objeto de burlas, de escarnio, de ataques sin sentido. Nada en los hechos podría sostener una visión tan desmesurada.

Sin embargo, también en redes sociales se vertieron expresiones inadmisibles que provienen de una visión distorsionada, ignorante y maniquea de la preferencia sexual y de género de los seres humanos. No merece la pena repetirlas, pero sí señalar que esas expresiones que denostan al “alter” muestran una misantropía enfermiza a la manera de Kizt: “Nadie es mi semejante, mi carne no es su carne, mi sangre no es su sangre”. No es exagerado atribuir muchas de esas expresiones al respaldo que encuentran en actitudes de la autoridad religiosa y civil que cuestionan la elección, la preferencia, la decisión en la elección de pareja o de comportamiento genérico, con una carga que tiende a descalificar. Es inadmisible que los representantes populares, aduciendo conceptos de oportunidad baladíes, no realicen los cambios obligados al Código Civil cuando el máximo órgano judicial, la Suprema Corte ya señaló que son inconstitucionales las reglas jurídicas que señalen que el fin principal del matrimonio es la procreación y son inconstitucionales las reglas que señalen que el matrimonio es un contrato entre un hombre y una mujer, también la prohibición de que una pareja homosexual pueda adoptar un menor. Su tardanza injustificada propicia confusiones en la sociedad y expresiones discriminatorias.

Hace unos días a su regreso de un viaje por Armenia, Su Santidad Francisco realizó su acostumbrada rueda de prensa, en la que respondió las preguntas de los corresponsales acreditados ante el Vaticano. Entre otras cosas llama la atención sus expresiones respecto de Martín Lutero a quien señala como el gran reformador y dice que sus intuiciones no eran equivocadas, que la Iglesia no es realmente un modelo a imitar. Cindy Wooden de la Agencia Católica de EE.UU le recuerda que en Dublín el cardenal alemán Marx, hace poco señaló que la Iglesia Católica debe pedir perdón a la comunidad gay por haberle marginado. Su Santidad respondió: “Yo repetiré lo que dije el primer viaje y repetiré lo que dice el Catecismo de la Iglesia Católica: que no deben ser discriminados, que deben ser respetados, acompañados pastoralmente… si la cuestión es una persona que tiene esa condición, que tiene buena voluntad y que busca a Dios, ¿quiénes somos nosotros para juzgarla?…Yo creo que la Iglesia no solo debe pedir perdón a esa persona que es gay, a la que ha ofendido, sino que debe pedir excusas a los pobres, a las mujeres y a los niños explotados en el trabajo. Debe pedir excusas por haber bendecido tantas armas…No sé si he respondido. ¡No solo excusas perdón!”.

Lo dice la Suprema Corte de Justicia, lo dice Su Santidad Francisco.

¿Entonces?

bullidero@outlook.com | @jemartinj | bullidero.blogspot.com